viernes, 25 de diciembre de 2009

PARA TI, AMIGO...


Grité a los cuatro vientos y el silencio me devolvió sólo un eco de estrellas. Con el infinito a cuestas quise recostarme en el olvido, pero mis recuerdos abrieron una brecha de sangre entre las venas desiertas de los días y las esperas.

Y allí me di cuenta que no existía ni el silencio, ni el olvido. Que el silencio habita las palabras y el olvido apenas es un borrón de la vida. Que los ecos trascienden las estrellas y que el infinito me trae la magia de las distancias sin barreras.

Porque mis versos son como el agua cayendo desde el cielo, besan la tierra, recorren senderos, riegan el alma y te dejan abrevar en sus riberas.

¡Por ti escribo, para ti son mis poemas!

domingo, 13 de diciembre de 2009

ESPERANZA ES EL NOMBRE DE LA NOCHE


Para él, la Navidad no era más que una utopía lejana que lo arrastraba como un torbellino sin control hacia los límites inimaginables de su soledad. Apenas se permitía soñar, apenas se permitía el placer de acunar ilusiones más allá del vano de su puerta, esa que siempre llevaba el cerrojo echado como si del otro lado no viviera nada más que el desconsuelo.

A diez minutos de la Nochebuena, el silencio señoreaba entre las paredes alumbradas por el fuego de la chimenea, la misma que podía calentar su cuerpo pero la que no podía entibiar siquiera los rincones de su alma… Sus propios fantasmas comenzaron a acosarlo como quien acosa la sombra furtiva de los deseos inconclusos. El reloj se había convertido en el hacha vengadora del tiempo, que sin piedad agitaba su péndulo para segar la mínima esperanza que aún albergaba en lo más recóndito de su corazón herido de muerte.

A cinco minutos de la medianoche, sentado frente al solitario árbol de Navidad que no albergaba ni un regalo a sus plantas, se sintió tan miserable, tan pequeño y tan endiabladamente solo, que se dispuso a morir con la última campanada, como tristemente mueren los pájaros bajo el yugo de la tormenta.

Ding dong… ding dong… ding dong… Cerró los ojos dispuesto a irse con sus penas al hombro como un Santa Claus de papel maché deshecho por la nevada de la vida… ding dong... ding dong...

Y en el último segundo, como obedeciendo a un espíritu invisible, se detuvieron péndulo y hacha, tiempo y soledad, para devolverle la vida a través de las lágrimas que corrieron por sus mejillas cuando escuchó que alguien llamaba a la puerta, esa que siempre llevaba cerrojo, pero que esta vez se abriría para siempre a un mundo de amor.


Queridos amigos, los dejo por unos días, pues debo viajar muy al sur de mi país, muy al sur del mundo… Les traeré los vientos fríos y puros de Río Gallegos, provincia de Santa Cruz, Argentina… ¡Hasta pronto!

lunes, 7 de diciembre de 2009

QUISE SER...

El alba me esperaba para contarme tus penas, ésas que lloraban rocío sobre los rosales de tu alma. Entonces, porque te amo, quise ser sueño para meterme en tu cama y quise ser brisa para acariciarte a escondidas entre el resplandor del sol y las sombras de tus sábanas.

Quise ser paloma para comer de tu mano, y sólo labios para besar tus ojos cerrados de despertares y de esperanzas.
Quise ser mariposa para rozarte con la suavidad de mis alas, y risa para alegrarte con el sonido de mil campanas.

Quise ser tantas cosas para que no dejaras de amarme, que al final fui sólo una: sólo mujer, sólo tuya…

lunes, 30 de noviembre de 2009

UNA VOZ EN LA NOCHE

Era casi la medianoche, Cristina estaba tras el escritorio verde, delante tenía dos teléfonos negros, y uno blanco a su izquierda. La lámpara alumbraba solamente su entorno, un poco más allá las sombras de la noche y el silencio de la nada eran fantasmas que ya no la asustaban. Mientras no sonara el teléfono llenaba fichas y planillas, de vez en cuando se tomaba un descanso para ir hasta la cocina a prepararse un té. La guardia nocturna era dura, pero en su corazón resultaba querible, acogedora y cómplice. A decir verdad eran pocos los que tomaban esta franja horaria, ella era consciente que sus compañeros la trataban de evitar, y justamente por eso, se sentía complacida de haberla aceptado.
El sonido del teléfono blanco la sobresaltó. Levantó el tubo con celeridad:

-Buenas noches, en qué puedo ayudarle. –Dijo con vos suave y tranquila. Del otro lado sólo se escuchaba un llanto desesperado, visceral, incontenible. Cristina esperó unos segundos pacientemente-. Todo mi tiempo es tuyo, tratá de tranquilizarte para que me puedas contar qué es lo que te pasa. –No sabía si era una persona mayor, o joven, tampoco interesaba, el tuteo tendía a acercar a la persona, a contenerla.

-No estás sola, estoy con vos, acompañándote en tu dolor… -Continuó. Del otro lado, el sollozo había cedido y en su lugar se escuchaba un suspiro lánguido y penoso.

-No aguanto más, quiero terminar con todo, -dijo con un hilo de voz aquella mujer desconocida-, mi vida es un desastre…

-¿Cómo te llamás? –Preguntó Cristina.

-Alejandra… pero eso no importa, ya no me importa nada… estoy decidida a matarme, tengo un revólver en la mano. –Cristina estaba esperando esta frase, la de siempre, la de la persona en crisis, la frase que la convocaba a ella como a una diosa pagana.

-Si ya estás decidida a hacerlo, te pido que charlemos un rato, no tenés nada que perder ¿te parece? –Del otro lado de la línea presintió el desconcierto, ¿no debían decirle acaso que era una locura, que no hiciera ese disparate? Cristina captó la duda de su interlocutora y aprovechó la circunstancia-. Te propongo lo siguiente, guardá el arma mientras charlamos, de otro modo te voy a tener que cortar… Te puedo acompañar en tu dolor, pero no te puedo acompañar en tu muerte…

Hubo un acceso de llanto primero, silencio después y enseguida un casi inaudible –Está bien, ya voy, pero por favor, no me cortés-.

Allí se presentó el segundo round que Cristina debía ganar, el decisivo, el que salvaría una vida o el que la dejaría escapar sin remedio. No tenía miedo, ni angustia, tenía la serenidad de saber que hacía todo lo que podía, no sabía si era suficiente, pero era todo lo que podía. Alejandra escuchó en silencio el monólogo que Cristina le ofrecía con el énfasis del amor, de la entrega… Allí tocaba las fibras más íntimas de ese ser desesperado como quien arranca una melodía majestuosa a un piano imaginario, más acá, hacía silbar el viento de la esperanza donde pronunciar esta palabra era casi una utopía. La atmósfera se perfumó con el aroma de la Vida cuando Alejandra comenzó a asentir, primero tímidamente, luego con el ánimo confortado.

Al colgar el teléfono, una hora después, Cristina no supo nunca qué había hecho Alejandra, sólo lo presentía. Alejandra no supo nunca que Cristina llevaba ese nombre y que le había salvado la vida a cambio de la inmensa satisfacción del deber cumplido… y que eso era lo único que iba a recibir, lo único y más valioso que alguien puede recibir…

Gracias a vos, sigo viva. Cristina era voluntaria en un centro de ayuda a personas en crisis, ésa era su paga, fabulosa.

lunes, 23 de noviembre de 2009

ENCUENTRO

La noche cómplice acalló sus pasos que se durmieron entre un colchón de hojas. La luna le prestó la luz y la magia, la brisa lo acarició como una amante rodeándolo con sus manos ávidas de encantos.

Finalmente, el hombre se detuvo a un costado del sendero y esperó pacientemente hasta que una silueta de mujer llegó, como una estrella fugaz, a su encuentro.

Cuando la lírica de su amor clamó por besos, la luz se convirtió en fuego y consumió al hombre en un mar de deseos. Dos se hicieron uno, bajo la luna de enero.

lunes, 16 de noviembre de 2009

LAS DEUDAS DEL PASADO - Salvador Robles Miras


Se detuvo a contemplar el camino recorrido, y, después de otear el horizonte, cuando quiso reanudar la marcha, le fue imposible levantar los pies del suelo; el ayer le había dado alcance. El futuro y el presente habían sido engullidos por un pasado repleto de cuentas pendientes. Y el hombre no podía saldarlas. El capital de su vida había sido invertido en un pasado que apenas producía dividendos. ¿Qué hacer? A la derecha, discurría el río, impetuoso tras las intensas lluvias caídas en la región. Un salto por encima de la baranda, y adiós deudas. Pero no se atrevió o, para ser más preciso, no quiso atreverse. En el último instante, en un ramalazo de dignidad, el hombre, sosteniendo la mirada deudora del pasado, se dispuso a pagar con creces todo lo que debía. Y, en ese momento, como por arte de gracia, el presente y el futuro insuflaron vida a su vida. Y dio un paso hacia delante.

lunes, 9 de noviembre de 2009

CAPÍTULO VIII: ROMANCE DE ISOLDA A DON ALFONSO


Así don Alfonso, mi señor, que me hubisteis amado
sobre el lecho impoluto de virgen en un tiempo robado,
junto a la castidad perdida, tesoro que os he entregado
por el amor que os profeso y por el amor
que os he dado.

¡Válgame Dios, Señor, que mi alma habéis mudado!
¡Válgame el Cielo que con su sol nos ha alumbrado!
Que si morir debiera en este día templado
moriría feliz en vuestros brazos por haberme entregado
a caballero que en su gloria mi corazón ha atrapado
mensajero de la mía gloria que en ella, gozosa,
me habéis dejado.

No conocí hombre que en mi morada hubiera entrado
ni lides en amores que conociera mi pobre enfado,
más don Alfonso, Rey de mi alma, os habéis quedado
con mi corazón sediento de amor que espera
cual un tornado

vuestros besos y vuestras caricias… ¡Mi bienamado!
Las intrigas que se urden detrás de los cortinados
no son sino fantasmas volviendo del impío pasado,
no son más que un trago de viejo vino agriado
en boca del infante infame que yo he despreciado.
Ahora que la vida es vuestra espada y mi cayado,
ahora que mis sueños fueron por bien soñados
y en la boca del deseo han quedado aprisionados,
ahora he dejado de ser doncella sólo para ser luna
en vuestro cielo estrellado.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

VIDA


Necesitó escuchar el canto de los pájaros para saberse libre. Y sentir el viento en el rostro, para sentirse ave.

Necesitó ser libre como las aves, para sentirse vivo. Y una vez que se sintió vivo, necesitó amar para seguir siéndolo.

miércoles, 21 de octubre de 2009

ALBA TRAICIONERA

Me duele el alba sólo porque la noche se duerme en otra cama privándome de caricias e ilusiones. Y allí te quedas, entre los pliegues de las estrellas y sus luces, esperando como yo, que el día no despunte y quede atrapado entre el velo de su bruma.

Porque tus sábanas son mares de eternos horizontes, y tus manos, barcazas que recorren la plenitud de mis distancias.

Porque tus ojos son espejos que reflejan los destellos de mi alma cuando el infinito se cansa de beber en tu mirada. Y tus besos… tus besos tienen la fragancia húmeda de los bosques donde me pierdo gustosa de pasiones encontradas.

La noche vive en tu lecho, por eso me duele el alba.

jueves, 15 de octubre de 2009

EL DISFRAZ DEL AMOR - Un relato de Salvador Robles Miras

Hastiado de la vida que llevaba, el hombre solitario, antes de perder la razón, o quizá después de haberla perdido del todo, decidió ponerse un disfraz distinto cada día de la semana y actuar en consecuencia. Así, el lunes se disfrazó de payaso; el martes, de cura; el miércoles, de vendedor ambulante; el jueves, de titiritero; el viernes, de ejecutivo; el sábado, de torero, y el domingo, de novio. Con este último disfraz, el segundo domingo, en el pórtico de una iglesia, conoció a una novia que acababa de ser abandonada al pie del altar. El hombre y la mujer caminaron mientras se miraban a hurtadillas, conversaron utilizando palabras que nunca antes habían pronunciado, callaron mientras se admiraban, y, entre palabras y silencios elocuentes, las horas pasaron deprisa, ya había anochecido. Se despidieron con un beso largo en la mejilla.

De vuelta a casa, el hombre, cuando se desvistió, colgó el traje de novio en la percha del vestíbulo, y no en el armario donde guardaba los otros disfraces; entretanto, a cuatro manzanas de distancia, en un apartamento, la mujer extendía su vestido de novia en el sofá-cama del salón. El hombre y la mujer presentían que pronto acudirían a una boda.

jueves, 8 de octubre de 2009

OTOÑO EN MÍ


Vi caer las hojas en otoño y pinté de ocre la tela del horizonte. Un viento traicionero robaba sus mariposas al árbol y elevaba al cielo los secos despojos de un verde perdido para siempre. Todo fue color del tiempo, menos la lírica del verso que se negaba a volar junto a las hojas y se quedaba aquí abajo en el dulce remanso de la tierra parda.

Como una maga de estaciones desiertas elevé mi mirada hacia las alturas póstumas, encontrando entre el cielo y el mar, un canto de faunos olvidados. Aquí y allá morían las hojas como pájaros sin mañanas, pero en la mirada soñadora que mi corazón le obsequiaba al otoño, encontré finalmente el beso de la aurora. Y con el beso desanduve las distancias de macilentos pasados en pos de inciertos inviernos. Me amarré como un marinero a su barco en medio de la tempestad mientras el estruendo de las olas ahogaba el dulce canto del mar.

Hurgué como una niña en un horizonte sin penas entre las hojas de los árboles que se arremolinaban con el viento y regresando de mi viaje toqué suelo dejando para siempre mis pisadas en el lecho mágico de este día de otoño.

sábado, 3 de octubre de 2009

SÓLO LO QUE IMPORTA...


Pude sentir, casi sin proponérmelo, la tormenta que se desataba en el interior de su pecho herido. Era como un huracán que no encontraba espacio para remontar su vuelo y arrasaba en su descontrolada marcha, todos los sentimientos que albergaba. La angustia que le oprimía el pecho se canalizaba por la necesidad de hablar exorcizando los demonios que yacían en su altar pagano. Y lo escuché…

Escuché que buscando un amor había encontrado un fantasma, escuché que buscando un futuro, había encontrado hilachas de su pasado y que buscando el amanecer había equivocado el camino, perdiéndose en una noche sin fin y sin estrellas. Fui oídos y corazón al mismo tiempo, por eso pude comprender. Pero ¿Qué hacer desde los límites de su vida, del lado de afuera como yo me encontraba? ¿Cómo llegar sin entrometerme aunque me lo estuviera pidiendo a los gritos? Estas preguntas martillaban en mi razón aferrándose a la inmaterial esencia de mi ser, asumiéndome como el intruso que inesperadamente irrumpe en una casa que no es la suya.

Hasta que me di cuenta que yo no era un espectador, era parte de esa vida, era, o así se me reveló, un afecto dentro de sus desafectos más tenaces, apenas un punto de luz, pero una luz al fin. Fue entonces que me atreví a hablar, quizás hablé más de lo que hubiera querido hablar y dije más de lo que hubiera querido decir, lo cierto es que la noche cegada que cubría su vida, dejó entrever un mínimo rayo de sol. ¿Sería solamente el ojo del huracán?

También me di cuenta que no hacía falta que desmenuzara cada actitud, mía o suya, sólo hacía falta que quien me necesitaba me abriera el corazón y yo, que escuchaba, abriera el mío. Fue cuando pude ver con toda claridad que sólo de la mano del otro podemos seguir avanzando, no importa de qué parte estemos, no importa que seamos boca u oreja, sólo importa estar acompañados.


lunes, 28 de septiembre de 2009

CAPÍTULO VII: PLEGARIA DE DON ALFONSO A LOS CIELOS...

¡Oh, qué dulce saben vuestros húmedos labios! ¡La levedad de vuestro cuerpo se hace música en mi boca! Sois, mi señora, la magia que en mi corazón anida estallando en gozos y alboradas.
Vuestra piel es terciopelo acariciando mis manos y mis manos son mariposas aleteando entre la calidez de un campo poblado con las flores de mi pasión arrebatada que ya se hace hoguera sólo con tocaros...

¡Oh, bienaventurados sean los cielos que me han colmado con la dádiva de teneros entre mis brazos! Perpetuad este momento de gloria que atesoraré hasta el día de mi eterno descanso. Haced que el jadear de mi señora junto a este pecho palpitante se inmortalice para siempre en el reino sublime de nuestro amor y de él emerjan los frutos almibarados que nos alimenten en el desierto de las intrigas que se urden a nuestras espaldas.

¡Cielos, atended mi súplica!

¡Cielos, no abandonéis a este servidor! Os prometo que haré honor a este momento y defenderé a Isolda con la fuerza de cien leones, que no habrá Infante don Juan Miguel ni esbirros que le sigan y que se interpongan entre ambos, que no pagaren con su sangre la afrenta de traicionarnos. Desde hoy esta torre donde yace Isolda junto a mí, entre finos mantos de lino, será el altar que veneraré en silencio…

¡Cielos, os lo juro! ¡Mi espada pongo por testigo y mi alma por honor!

jueves, 24 de septiembre de 2009

DECIR AMISTAD


Tanta distancia los separaba que cambiaron el océano por estrellas, y se acercaron sin saberlo hasta que se acariciaron el alma como ángeles sin alas o vientos de quimeras.

Ni siquiera se dieron cuenta cuando finalmente se encontraron y no se reconocieron. Sin embargo algo les decía a cada uno, que el otro estaba tan cerca, que con sólo estirar la mano se reunirían en el mágico mundo de la espera, un mundo que muy pocos conocían porque en él se había plasmado el nacimiento de una amistad absolutamente incondicional donde los kilómetros eran versos jalonando caminos de poemas.

Y entre el oleaje de emociones desatadas, acampó la vida sin darles tregua, el viento les trajo las palabras y las palabras les trajeron mares que no eran de agua, ni de penas. Eran de personajes plasmados en una excelsa novela, eran mares de ilusiones donde se dormían los renglones entre guitarras criollas y españolas castañuelas.

viernes, 18 de septiembre de 2009

PASO EN FALSO

Salió de trabajar molido de cansancio.
Estaba transpirado, con la corbata en la mano y el saco desabotonado.

Ni bien transpuso el umbral del edificio, una marea humana lo arrastró como una hoja recién caída del árbol, una ilusión sin sustento, un pájaro herido de muerte. Y era justamente así como él se sentía.

Navegando en ese mar de piernas y brazos, de caras serias y rictus amargados, llegó casi sin saber cómo hasta las escaleras del subte, Estación Bolívar de la línea E. Era la hora pico, la peor hora, la hora de los robots de carbono.

Tenía hambre, pero sabía que al llegar a su casa, las ausencias no le habían preparado la cena ni el baño caliente, ni las pantuflas cerca de la cama, ni la ropa limpia alineada en una pila perfecta. ¿Cuánto hacía? Se dio cuenta que medir el tiempo le hacía daño y evitó pensar en ello. Un letrero luminoso anunciaba: “Hacia Plaza de los Virreyes”, su destino, aunque él no sólo no se sentía un virrey sino que ni siquiera se sentía un hombre.

La muchedumbre se agolpaba, compacta, hasta el borde mismo del andén, por lo que tuvo que abrirse paso para llegar hasta la primera fila y abrigar la posibilidad de subir al tren. ¿Subir…? Ya delante del abismo de rieles se quedó mirando fijamente el vacío acerado que le devolvía la ironía de su futuro. No pensaba. No sentía. Ni siquiera escuchaba su respiración. Vio venir el tren en su arrollador transitar subterráneo y al mismo tiempo dio un paso hacia delante tratando de aunarse con el frío de las vías o el calor de las ruedas. Cerró los ojos.

Un instante, sólo un instante en que una mano lo tomó del brazo cambiando su destino. Cuando abrió los ojos, otros, del color de la avellana, le estaban confiando una historia nueva, una historia que todavía estaba por escribirse y donde el infinito sólo era una utopía...

sábado, 12 de septiembre de 2009

CAPÍTULO VI: DOS CORAZONES Y UN SECRETO

Acercaos don Alfonso, tomad mi mano y con ella mi alma, que no hay bien más preciado sobre la tierra que vuestro amor. Haced vuestros mis labios y mi cuerpo todo que ya clama a gritos por vos, incapaz de resistirse un ápice a tan gentil caballero.

Más no os olvidéis que nuestro amor está sellado por el secreto a causa de este reino infame, que de sólo descubrirse, seremos dos en una tumba.
Mil intrigas se urden en castillo, mi señor, que no se quedará el infante don Juan Miguel sin su presa.

Más ¡Ay de mí! Que el destino del reino me empuja sin remedio a sus brazos viles y lujuriosos sin que mi corazón se atreva siquiera a imaginarme entre ellos. No seré yo, mi bienamado don Alfonso, quien alimente los fantasmas de tan ruin cortesano. No lo seré ni aún si me fuera la vida en ello, que muerta prefiero estar que sucumbir a sus apetitos.

Sólo vuestro amor me alienta y tensa mi lira con las dulces melodías de la vida. Esta vida que es vuestra porque yo os la he ofrecido, esta vida que ya no me pertenece y que pongo en vuestras manos y en vuestro corazón.

Mi señor, ¡Os pertenezco! ¡Tomadme! ¡Pues ardo en vuestra hoguera!

domingo, 6 de septiembre de 2009

LA CHISPA



No recuerdo cuándo comenzó a brillar. Quizás su esencia siempre estuvo mucho más allá del tiempo y del espacio y sólo una circunstancia entre miles hizo que se adhiriera a mi vida. Llamaba la atención, no lo niego. La gente se admiraba cuando me escuchaba hablar, cuando recitaba mis poemas, cuando escribía un cuento…, en todos y cada uno de mis movimientos la chispa fulguraba con el ímpetu de un caballo desbocado y maravilloso.

Tuve que acostumbrarme a ella de a poco. En un principio, confieso que me asustaba en un grado considerable ya que se había manifestado exigente hasta el límite, de manera tal que por las noches no me dejaba dormir y me obligaba a escribir sin descanso hasta que el alba me encontraba exhausta y muchas veces perdida en mis propias cavilaciones. Hasta que aprendí a dominarla. Descendí voluntariamente del pedestal que ella me había construido y pude seguir caminando entre la gente llevándola oculta bajo el digno manto de la humildad.

Supe por intuición que ella y yo conformábamos una unidad indivisible y que así continuaríamos para siempre en una comunión fantástica. En algunos momentos la chispa quedaba reducida a una simple imagen mental y parecía que iba a desaparecer en cualquier instante. Era entonces cuando yo, que la había adoptado, me desesperaba hasta el límite tratando de avivar aquel pequeño punto, y justo en el momento en que mis plegarias llegaban al cielo, un chisporroteo de vida la ponía nuevamente en movimiento y juntas continuábamos trazando destinos de Letras. Otras veces sus destellos me encandilaban peligrosamente y perdía el control de mis actos. Era entonces cuando debía cerrar muy fuerte los ojos, hasta interponer mi corazón como pantalla, para que atenuara su luz y yo pudiera volver a sopesar mis intenciones en el equilibrio tenue y sutil de aquella partícula inesperada.

Hasta que un día me desperté y no la vi. La busqué en cada rincón de mi habitación, en cada resquicio de la casa, en cada macetero del patio e incluso, entre los pliegues maravillosos de mis sueños. Pero no la encontré. Era absurdo, ella no podía abandonarme ni yo a ella, así que supuse erróneamente que se había escondido para jugarme una mala pasada, pero ante la inutilidad de mis razonamientos di por sentado que la había perdido y comencé la verdadera búsqueda, aquélla que me elevó hasta el éter y la que me sumergió hasta los infiernos, y aún así no la encontré.

¿Qué iba a ser de mi vida sin la chispa?
¿Mi vida? ¡Qué absurdo!
Mi vida era la verdadera chispa que siempre habitó mi interior, allí en el mágico laberinto de las musas que ofrecen a las almas el regalo de la creación…

miércoles, 2 de septiembre de 2009

CAPÍTULO V: MONÓLOGO DE DON ALFONSO

Mi Señora, no digáis tal cosa que mi corazón se escuece a los rayos del sol que destilan vuestros ojos. No he de beber vuestras lágrimas porque no permitiré que afloren desde el manantial cristalino que se esconde entre vuestras pupilas.

Más sí he de beber vuestros besos, ambrosía que ni los dioses conocen. Dulces brevas del alma vuestra que en mi boca se hacen miel y canto.

¡Sí, Isolda! ¡Os amo, mi Señora y mi Vida! No debéis suplicar por lo que mi corazón grita a los cuatro vientos, no dejéis que vuestro amor por este humilde caballero os nuble la razón. Pues antes moriría ahogado en el caudaloso mar de la incertidumbre que veros presa de la súplica traicionera.

A vos os digo mi amada Isolda que no existen los avernos estando a vuestro lado, los huracanes cambian de rumbo y las marejadas me elevan hacia lo eterno. ¡Os amo con la pasión de un volcán!
Vuestras son las estrellas y mis labios que os besan perdiéndose en el tierno remanso de vuestra boca.

sábado, 29 de agosto de 2009

CAPÍTULO IV: EL GRITO DE UN CORAZÓN

¡Cómo no aceptarla, mi señor, si antes que filo tiene pétalos de rosa y antes que sangre tiene amor! ¿Es que no veis el sol que mis mejillas arroba ante vuestra presencia y valor?

¿O creéis acaso que vuestra espada sólo acalla los ecos de una garganta cortada?

¡No! Yo os digo que si este sol dejara de brillar, el rojo de sus rayos viviría por siempre en mis mejillas solamente por nombraros…

¡Levantaos! ¡Vive Dios! No hinquéis en tierra vuestra rodilla, porque al veros yo hincaré las dos. Decidme os lo pido, la palabra santa, la que trueque el abismo de mi vida en pos de los sueños que por vos atesoro.

¡No calléis! Las barbacanas se poblarán de saeteros pero mi alma os traerá hacia mí con las límpidas alas de la vida.

¡No calléis! ¡Decidme que me amáis! Y se alzarán los puentes levadizos que os darán paso al castillo de mi gloria. Bebed de mis lágrimas si queréis, pero también bebed de mis besos…

lunes, 24 de agosto de 2009

UN DÍA, EN UN PARQUE...


Me había sentado plácidamente a leer un libro en un banco del soleado parque. De lejos me llegaba la algarabía de los niños jugando en el arenero y hamacándose despreocupadamente, mientras algunos gritos maternos llamaban la atención de alguno que otro diablito.

En la zona donde me encontraba la arboleda había formado un techo de ramas y era una delicia poder disfrutar de la lectura bajo esa bóveda natural ya que a esa hora había muy poca gente. Pasó un tiempo que no puedo determinar, pues me había abstraído tanto con mi libro que el tiempo se hizo astillas entre mis manos, lo cierto es que cuando volví al mundo circundante me di cuenta que un anciano se había sentado a mi lado y me miraba con atención. Le sonreí por cortesía, pues su edad avanzada merecía esa sonrisa y muchas más.

El hombre me devolvió la atención de la misma manera, y como si me conociera desde siempre me preguntó:
-¿Qué tal van sus escritos? –Confieso que quedé descolocada y tal vez mi expresión fue la que a modo de contestación percibió el anciano, pues sin más, continuó diciendo: -No se asombre, aún con un libro en la mano cualquiera se da cuenta que usted puede escribir uno, sus ojos se pierden entre los renglones como yo me pierdo cuando salgo a la calle. –Y con una nueva sonrisa festejó él mismo su propia humorada.

Dirigí la vista al libro que estaba leyendo sólo para cerrarlo, fue una fracción de segundo, cuando volví a levantarla para entablar conversación con el anciano, comprobé con asombro que ya no estaba a mi lado. Lo busqué con la mirada, pues no podía estar muy lejos. No lo encontré, ni a él ni a nadie en los alrededores, pero cuando iba a recoger mi bolso que había quedado sobre el banco de piedra, ya dispuesta a marcharme, encontré un papel amarillento con la siguiente leyenda: “Los ojos del alma son los ojos con los que se siente la presencia de la Inspiración. Nunca los cierres”.

Me levanté despacio, cavilante, aquí no se podía hablar de un sueño. Aún hoy, después de veinte años, conservo el papel amarillento entre las hojas de uno de mis libros de poemas.

miércoles, 19 de agosto de 2009

LE CONTÉ AL ALBA...


Como cera entre mis manos el alba se convirtió en pájaro de fuego y agazapada en el horizonte se dispuso a escucharme. Y yo, que no sabía otra cosa más que hablarle a la vida, le conté de mis desvelos y de mis esperanzas.

Así supo de mi caminar sediento arrastrándome por la arena del desierto mientras el espejismo de un oasis me alentaba a transitar hacia la nada, dejándome el alma seca y cicatrices abiertas que laceraban mi cuerpo como látigos. También supo del salitre de mis lágrimas que se vaciaban una y mil veces en los mares de mis penas empapando los recuerdos de otros tiempos y ahogando entre sollozos la nostalgia traicionera. No dejé de contarle del palpitar de mi corazón cuando él me hablaba, ni del color del tiempo que anidaba en su mirada, espejos que no podían mentir porque reflejaban la pureza de su alma.

Y qué decir de mi soledad entre millones, si el alba no comprendía la esencia de las noches ni la bruma que se escapaba de su boca, sólo sabía del rocío que perlaba los capullos desparramando soles sobre la hierba diamantina. Tanto le conté de mis sueños y de mis cantares, que sin querer se fue durmiendo mientras yo me despertaba saboreando mi presente que no era otra cosa que la magia de vivir soñando.

viernes, 14 de agosto de 2009

CAPÍTULO III: EL REGRESO DE DON ALFONSO

Yo he sido mi señora… don Alfonso Güiraldez de Castilla y León, para serviros…

Tiempo ha que no os veo, pero ese mismo tiempo en lugar de traicionar vuestro recuerdo se ha hecho cómplice de mi sorpresa, pues ayer he dejado a una niña y hoy encuentro en vos la más bella mujer que haya visto en mi transitar peregrino por esos caminos de Dios.

¿No recordáis acaso la rosa púrpura que entre vuestras manos deposité antes de emprender la marcha en nombre de nuestro Rey? Recordad Isolda, recordad, os lo pido… Tenía la rosa el mismo carmín que vuestras mejillas aquella vez y el mismo que tiene ahora.

Que no os asombre mi presencia señora, pues fue vuestra propia criada quién me envió recado para ayudaros en castillo. Presto me puse en marcha con las primeras luces del alba y aquí me tenéis, listo para defender vuestro honor.

¡Voto a los Santos del Cielo que no dejaré que nadie mancille la lozanía de vuestra frente que en alto debe continuar para que vuestros ojos sigan siendo los faros que me guíen en medio de la tempestad!

Decidme señora, os lo suplico, que aceptáis como vuestra guardiana al filo de mi espada…


sábado, 8 de agosto de 2009

CIUDAD FEROZ




La ciudad lo recibió con la inquietante niebla del invierno. A duras penas se divisaban las siluetas de las casas cercanas.

El hombre trató de horadar el espeso manto que lo rodeaba ahogándole hasta los propios pensamientos, cuando casi sin darse cuenta, él mismo se convirtió en niebla y la ciudad acabó devorándolo para siempre.

Desde entonces vaga en el vientre mancillado de aquel monstruo de cemento, dejando para la nostalgia el recuerdo de su pueblo.

miércoles, 5 de agosto de 2009

CAPITULO II: ISOLDA Y LAS VOCES


¡Virgen Santísima! ¿Acaso es la voz de don Alfonso la que escucho?
No, no debo ilusionar mi alma por el loco desvarío que la conciencia me juega. Es seguro que el eco de otras voces retumban dentro mío con el engañoso sonido de la distancia embozada en el sentimiento que me corroe las entrañas cuando en mi caballero pienso.

¡Ay de mí! Prisionera soy de mis recuerdos, más los barrotes de mi celda claman por el carcelero de capa y espada, mi Señor…
Tiempo ha que no le veo y tiempo ha que sufro y peno. ¿Puede el amor cegar la razón y obnubilar mis sentidos? ¿Amor…? ¿Qué digo? Mi boca habla a través de mi corazón traicionando mi secreto… ¡Callad insensata! Los muros escuchan y en el aire se escapan mis murmullos hacia oídos que están esperando ávidos para dar la estocada. ¡Callad boca mía! Dejad que los rosales escondan sus espinas cuando mi corazón late con la fuerza de un huracán, no sea que desgarren mis sentimientos y ahoguen en sangre mi clamor…


Pero ¿Qué revuelo es el que se ha desatado en el Patio de Armas? Los soldados vienen escoltando una noble figura apeándose de su corcel negro, tan negro como la larga noche que me acompaña en mi desdichado pasar.

¿No es acaso don Alfonso quien caminando con bravura hacia los almenares se dirige? Tal vez sea la magia negra que el infante don Juan Miguel me envía por su agorera creyendo que cederé a sus apetitos sin librar lucha… ¡Válganme los cielos que seré hierba de camposanto antes que doblegar mi honor bajo las garras del infame!

¿Quién viene a estorbar mis pensamientos en momentos tan desolados?
¿Sois vos Isabella?
¡Podéis pasar mi doncella! ¿Quién os ha enviado? ¡Decidme!

viernes, 31 de julio de 2009

Y FUI TIERRA





Desde adentro de las casas escuché en silencio el llanto desesperado de los trigales que se ahogaban entre las nubes de tierra seca que ya no alimentaban las raíces mustias en sus entrañas. Escuché a los árboles desprenderse de sus hojas y a los pájaros huir de los polvorientos nidos. Escuché a las flores silvestres cuando se marchitaban en los bordes del camino y a la hierba que se calcinaba tapizando de ocre el campo triste, que de a poco, estaba muriendo.

Quise compartir la esperanza de los ciegos y salí a caminar entre aquellos senderos que se habían borrado cansados de esperar que alguna huella marcara sus sinuosas curvas minerales y ahora recibían mis pasos con la dureza del que no se da por vencido. Caminé en línea recta casi dos horas al cabo de las cuales me encontré nada más que entre el cielo y la tierra. Allí alcé los brazos en un primigenio gesto de plegaria y el viento se llevó mis oraciones a los confines del horizonte, allí donde el alambrado de púas le arrancaba un ramillete de sangre al magistral ocaso, susurrándole al sol que el hombre le pedía una tregua que le permitiera salvar su cosecha.

Al fin alguien escuchó mis lamentos. ¿Dios? ¿El viento? ¿Los espíritus antiguos de la Madre Tierra, o simplemente eran los ecos de mi corazón palpitante que atronaban el espacio desierto? Un silbido agudo rompió la calma elevando el polvo hacia las alturas mientras los trigales, mis trigales, comenzaban la danza desenfrenada de las tormentas justo cuando las primeras gotas espesas arrancaban al suelo el acre vaho de la tierra húmeda.

¡Oh, la delicia de los sueños platinados con los espejos de la lluvia! ¡La nutriente salvadora de los fecundos vergeles de mi patria! El gris plomizo del cielo resultó la cuna de los anhelos más profundos de mis trigales que recibían, como un elixir de gloria, el agua que se escurría de a poco hacia sus raíces sedientas, aquellas raíces que casi habían perdido sus esperanzas. Y allí, en medio del prodigio divino, salpicada de barro, con las briznas de hierba pegadas al cuerpo, lloré... y mis lágrimas se unieron a aquel universo de gotas, arrastrando la gratitud de mis ancestros hasta el vientre palpitante de mi tierra.

domingo, 26 de julio de 2009

LA REBELIÓN DE LOS RELOJES


Vi un mundo acelerado donde sus habitantes apenas tenían oportunidad de beberse las nostalgias observando las mil normas que regían sus días y obedeciendo al único tirano al cual nunca pudieron derrotar. Y para mejor honrarlo no tuvieron otra idea que la de haber inventado el aparato que les sirviera para medir la fuerza de su poderío aplastando en su desmesurada carrera lo poco que iba quedando de los hombres. El reloj les sirvió entonces para determinar el paso de las horas marcando una sucesión de días, años, décadas y milenios que vieron cómo iban quedando en el camino las tumbas abiertas de las generaciones aniquiladas.

Pero un día, nadie supo cuándo, los relojes de todo el mundo, los automáticos, los mecánicos, de pilas, de lithium, de péndulo, los de los campanarios y torres que había sobre la Tierra detuvieron al unísono sus máquinas infernales. Inmediatamente la gente se sintió liberada de aquella cárcel con barrotes de manecillas circundantes y se estancó en un mundo rígido que desafiaba a las leyes naturales.

El hormigueo incesante de las grandes ciudades se convirtió solamente en objeto de recuerdos. Cada ser humano, cada planta, cada animal se perpetuó para siempre en frías estatuas de viento. Las hojas de los árboles no cayeron, las flores se quedaron con sus capullos cerrados, los ríos detuvieron el arrullo mágico de las aguas y en el mar, las crestas de las olas quedaron estáticas en insólitas alturas.

Los jueces no pudieron dejar caer sus martillos para dictar sentencia y más de un millón de convictos quedaron atrapados en una realidad vacía como en una cárcel-trampa peligrosa y hostil. Las fuentes de las plazas murieron de nostalgia cuando ya no hubo nadie que se acercara para ver su reflejo en el agua dormida. Qué decir del sol que alumbraba sin llegar a calentar los corazones, y del otro lado del mundo, la noche estanca de estrellas que repartía soledades a los ojos ciegos del tiempo.

Ese día no hubo muertos. Allí quedaron los que ya estaban condenados, suspendidos del delgado sedal de su destino esperando que la muerte tampoco pudiera mover su propio péndulo. Y la muerte no pasó… Aquéllos que lloraban, inundaron su alma con un llanto infinito, aquéllos que estaban felices llevaron en su rostro la sonrisa dibujada para siempre como máscaras de antiguos y trágicos teatros.

Ya no existía ningún punto de referencia que anudara pasado, presente y futuro, estando todo situado en el mismo lugar y en el mismo y único momento.
Cuando parecía que la Tierra se había convertido en una carcasa vacía de ilusiones y miserias, despojada y solitaria, un brillo místico horadó aquel espacio muerto llegando hasta el alma de los recuerdos e inundando con su luz la cúspide del tiempo.

Fue entonces cuando se escuchó un tímido “tic” martillando esa cuna de silencios, al que le siguió un indeciso “tac” y como un corazón que vuelve a la vida de la misma manera comenzó a funcionar un reloj. A éste lo siguieron otros, y otros más… y en interminable cadena de tañidos, uno a uno comenzó a desperezarse de aquel letargo de siglos sacudiéndose el polvo de la espera, y con ellos despertaron también los hombres y con los hombres volvió a caminar el mundo, ignorando que alguna vez los relojes se habían detenido en una rebelión absurda cargada de mensajes que casi nadie comprendería y que a nadie le importaba comprender…

miércoles, 22 de julio de 2009

FANTASMAS DE BUENOS AIRES


¿Te acordás Buenos Aires del guapo y del farol, del tiempo aquél donde cada flor era un poema y cada esquina un tango triste con bandoneón de arrabal?
Vení conmigo, te invito a soñar…



Ciudad temperamental, desordenada, nuestra… dejame que hoy encienda la llama almibarada de la nostalgia y desnude parte del pasado que se quedó acurrucado entre tus senos, esperando que alguien como yo lo descubra con su canto. Porque, no lo dudes, es un canto volver a escuchar el pesado traqueteo del tranvía sobre los relucientes rieles que hoy yacen bajo su tumba de cemento, asomándose en algunos casos como parte de un osario irreverente. Es un canto volver a escuchar, desde aquella niñez que ya se escapó de entre mis manos, los ronquidos de las chatitas destartaladas que se cuidaban como reliquias porque eran el capital inapreciable del trabajo.

¡Qué decir de los camiones! Empachados de adornos, luciendo con orgullo los arabescos de un fileteado sin fin, junto al plateado rutilante del niquelado y que hoy duermen el sueño eterno de la herrumbre. Automóviles negros, aparatosos, nobles, que como insectos gigantescos recorrían las calles protestando verdades al empedrado indiferente. Y aquella enorme luna de verano detrás del cementerio, cuando los viejos del barrio contaban mil historias y ningún cuento, mientras el ulular de las lechuzas entonaba la noche en un marco perfecto para que salieran los fantasmas que eran solamente fantasmas del recuerdo.

Sigo atisbando en mi memoria y aflora al instante ese cúmulo de espectros ya sin cuna, ya sin penas, y a través de los cristales tornasolados del tiempo se deshacen en un prisma alegórico robándole al presente un instante de gloria.

Este halo que te envuelve Buenos Aires, lo añora el poeta y el malandra. Rodando se fueron aquellas reliquias, rodando se fueron y no volverán. Prepara el futuro su propia coartada barrenando los datos del hoy al pasar, porque a pesar de todo no se irán estos recuerdos como no se fueron los otros, y en la celada del tiempo, nuevamente todo volverá a comenzar.

sábado, 18 de julio de 2009

CAPÍTULO I: EL CLAMOR DE ISOLDA

¿Cómo podré vivir, cielos, entre la intriga que el castillo encierra? ¿Cómo huir del Infante y su lujuria que se pierde tras mis pasos sin que mi alma ceje en el empeño de rechazar su arrojo?
¡Válgame Dios! En mala hora me habéis dado el don del que yo reniego, que por ser hermosa sufro y peno, que sólo por ser doncella de noble estirpe los caballeros de Castilla osan mancillar mi nombre por no poder mancillar mi cuerpo.
¿Dónde estáis don Alfonso, dueño de mi corazón y de mi vida? ¿Dónde vuestra espada cuyo filo corta el aire que respiro y la rosa que una vez me ofrecisteis como prenda?
¿No escucháis acaso el palpitar de mi corazón desbocado que pugna por vuestra presencia y vuestro honor? No pisaréis las barbacanas sino por arte de saetero que el castillo defiende, más soy yo quien debe ser defendida por vos y por los cielos que cubren mi desdicha…
¡Ay de mí! Noche traicionera que develáis mis sueños ante los ojos del mundo. Más los sueños de esta doncella jamás serán abandonados porque de los sueños vivo, a los sueños me debo y sin sueños soy una sombra sobre el muro.
Yo os lo digo noche amarga, como que Isolda es mi nombre aunque mi Señor no lo pronuncie más que entre el eco de su pecho…

miércoles, 15 de julio de 2009

EL TREN

Empujé con fuerza la pesada puerta de entrada. De madera, robusta y vieja, crujió de impotencia mientras me abría paso hacia el recibidor, fiel estampa del siglo pasado. Una atmósfera enrarecida por el paso del tiempo me envolvió como un presagio de penas. Edith respiró profundamente, esbozó una sonrisa deslucida y me tendió una mano delgada y fría que apenas rozó mis dedos. Era un gesto evidente de protocolo, nada más. Podía percibir el disgusto que le producía mi presencia. No puedo negar que a mí la mujer me desagradaba de igual modo, haciendo recíproco un sentimiento primigenio pero a la vez difícil de ocultar.

Después de tantos años de ausencia yo volvía a la casa para quedarme definitivamente en ella. Se habían apolillado los recuerdos entre vestidos brillantes y pomposas fiestas de sociedad que atenazaban mi infancia a un rito banal. Cuando tuve suficiente edad para manejar mi vida pude, al fin, poner distancia entre la frivolidad cotidiana que allí se manifestaba y los últimos resabios de mi adolescencia ávidos de sentimientos verdaderos.

Hasta que el destino, o yo misma, quién sabe, me empujó nuevamente hacia mi hogar primero justo cuando éste no albergaba más que fantasmas y aquella mujer, Edith, que otrora fuera la mano derecha de mi madre y que ahora paseaba su apergaminada figura por el recinto como si fuera suyo. A pesar de todo me apesadumbraba resquebrajar los sueños de la anciana y palpitaba con desasosiego su reacción cuando llegara el momento de decirle que tenía que abandonar “mi” casa. Si bien había quedado soltera, tenía una familia bastante numerosa compuesta por hermanos y sobrinos que en reiteradas oportunidades quisieron llevarla vivir con ellos. Edith siempre se había negado. Atrapada en su propio mundo de celofán veía pasar la vida, que se perdía a lo lejos, sin que siquiera intentara un gesto de entusiasmo por alcanzarla.

Y ahora llegaba yo, tontamente a destiempo, sin un centavo en el bolsillo como para poder mantenerla a mi servicio. Ella debía marcharse y así se lo hice saber. Aquél rostro enjuto apenas dejó entrever una ceja alzada a modo de perplejidad y con un ademán de disculpa subió a su habitación para preparar, según yo creía, su equipaje. Al cabo de un breve tiempo, demasiado breve, la vi descender las escaleras con su único vestido de calle, tratando de mantener la dignidad de su figura desgarbada. Entre sus manos apenas sostenía una carterita negra ajada y fuera de moda. Hubiera querido decirle algo, pero no pude. Se inclinó levemente ante mí a modo de despedida y girando rápidamente traspuso el umbral de la casa.

Caminé tras ella para cerrar la puerta y alcancé a ver cuando corría desesperadamente hacia aquel tren de la vida que hacía su última parada en el andén de mi casa. Con un postrer esfuerzo trepó al estribo de las ilusiones, levantando su mano derecha para saludarme con una sonrisa entre sus labios que jamás le habría adivinado, mientras el tren se ponía en marcha devorando los fantasmas del pasado y acortando las distancias del olvido.

jueves, 9 de julio de 2009

LA ESPERA


Espero…
Y mientras espero veo pasar la vida como quien ve pasar el tren de la mañana, todo ilusión, que se va diluyendo a lo largo del día para morir por fin en brazos de la noche.

Gente que va y que viene con sus historias a cuestas, algunas cargando su cruz, otras caminando sin que la levedad de sus pies le permitan tocar el frío asfalto de este invierno porteño. Amalgama imposible de definir en sus rostros multifacéticos, en sus ojos tornasolados por el crisol de las razas y el tiempo.

Es bueno esperar. Es bueno mirar y ver…
Detener la marcha es un privilegio en una ciudad devoradora de hombres y de esperanzas. Aprovechar ese privilegio es caminar agotando la inmovilidad de un momento único y esquivo, tratando de que se quede prendido como un abrojo a la memoria de las Letras.

Hasta que la espera termina, como todas las cosas a las que estamos acostumbrados. El tren está próximo a mancillar la estación del ocaso con su avasallante transitar de penas. Y yo aquí, olvidando la espera que se me ha escapado de las manos con la nostalgia de las cosas perdidas, que mañana serán sólo el recuerdo de este día en que me pude detener e igualmente seguí viviendo.


sábado, 4 de julio de 2009

SENDEROS


Miré hacia el horizonte, allí donde el alambrado de púas le arrancaba un ramillete de sangre al magistral ocaso. El viento húmedo me azotaba el rostro tratando de desprender esos recuerdos que dolían pero que me negaba a abandonar porque eran parte de mi historia.

Sin volver la vista seguí mi camino hacia el Este. No sé si porque allí me esperaba la vastedad del mar o la grandeza del amanecer. Simplemente aposté a la vida, y casi sin quererlo, encontré un destino de sueños.

miércoles, 1 de julio de 2009

TODO MAR



El mar encrespó sus olas como decenas de gigantescas manos y atrapó al hombre en la profundidad de su silencio.

No supo qué ocurría ni qué estaba haciendo allí. Aquel lecho prolijamente preparado con sábanas de algas, le devolvió un brillo verde fosforescente al tiempo que un ejército de peces marchaba convencido hacia la nada, más allá de los colores, donde las sombras tenían sus fantasmas y los ecos apenas eran recuerdos de las alturas.

Sintió frío. Era como un rayo helado que le recorría el cuerpo y que no terminaba sino en los confines delirantes de aquel tormento húmedo. Y entre el borboteo enloquecido de las burbujas que escapaban de su boca, apenas pudo ver los contornos del último instante de su vida, mientras ésta se apagaba en la desesperación de los tiempos.

El hombre trató de aferrarse al madero invisible de las ilusiones pero ya ni siquiera tenía fuerzas para aferrarse a algún amor lejano, y se dio cuenta, con los ojos desorbitados ante la visión de la muerte, los brazos extendidos como una cruz humana y el gesto delirante del impotente, que debía rendirse ante el espanto.

Y de improviso, un golpe. Pensó que era el último. Cerró los ojos y se dejó arrastrar mansamente sin sospechar siquiera que allá arriba, donde aún soplaba el viento, estaban preparando la maquinaria de los milagros y lo habían obligado a cancelar su cita con la muerte.



sábado, 27 de junio de 2009

CARTA PERDIDA

La carta que había escrito jamás llegó a destino. Cada palabra se había quedado dormida en su lecho de renglones sin poder contarle cuánto la amaba. Cada sentimiento se había ahogado en la tinta de sus lágrimas sin saber si algún día ella lo atesoraría en lo profundo de su alma.
Ahora la noche había apagado las estrellas y los días, opacado el sol en su ventana. Señoreaban en las sombras mil fantasmas ahuyentando los besos que como alondras se le habían escapado. No podía siquiera alimentarse de añoranzas, simplemente porque nunca la había besado.
La melancolía tamizaba sus sueños cuando encontraba en su memoria aquellos ojos pardos que sólo lo miraban desde el recuerdo como él miraba en el espejo la desdibujada imagen de sí mismo.
Todo le parecía triste. Y era triste porque nunca había enviado la carta que guardaba amarillenta entre las hojas de un libro de poemas.

jueves, 25 de junio de 2009

MENUDO TRABAJO TENGO

Qué maldición esto de trabajar en el primer subsuelo. Encima un subsuelo de hospital, tan cerca de la morgue que no me animo ni a levantar la voz porque el silencio que la rodea es casi exquisito, algo que no se debe romper con la sonoridad de una palabra o el entrechocar de algún objeto.

Para colmo tengo la guardia nocturna. Atender el teléfono en esta soledad infinita, porque trabajo sola, absolutamente sola y aislada de todo y de todos, es un sacrilegio a la inconmensurable quietud de los muertos.

Siento que este silencio me aplasta, que trata de arrancarme el frágil juicio que me queda para tirárselo a los gatos que pululan como fantasmas en los jardines del hospital. Carajo, con tantos laburos y yo departiendo en este hueco rebosante del llanto mudo de los que se fueron, ahí nomás, del otro lado de la pared.

No puedo dejar de pensar que las noches en este sitio están plagadas de cuentos de terror, donde la realidad pelea a capa y espada con la incongruencia lastimosa de los despojos que una vez fueron gente como yo.

¿Vagarán sus espíritus a través de los amplios corredores que circundan este primer subsuelo? ¿Estarán respirándome en la nuca mientras escribo? Gran paradoja, hilachas de utopías que trato de abarajar en el aire estancado de este recinto podrido que lucha por desquiciarme sin éxito.

Má sí, che. Cada uno trabaja donde puede. Gracias que tengo trabajo. Las utopías son parte de la vida, así que es mejor convivir con ellas y no pensar que mañana, puedo ser un cuerpo más del otro lado de la pared, allí en esa cámara refrigerada.

lunes, 22 de junio de 2009

EL EQUIPAJE

Viajaba yo hacia Santa Fe, en la octava fila del autobús y en el asiento del lado de la ventanilla. Minutos antes de la partida este asiento, que debía compartir con algún otro pasajero, aún estaba vacío.
Hasta que a último momento y cuando ya se cerraba la puerta, un hombre agitado y sudoroso había saltado al interior del coche con el poco aliento que aparentemente le quedaba.

Instalándose a mi lado, recostó su cabeza hacia atrás y con los ojos cerrados suspiró fuertemente mientras sostenía, apretado entre sus manos, un bolso gris de tela de avión muy voluminoso.
Un rato después, ya más apaciguado, comenzó a hablarme de las trivialidades comunes a un inicio de conversación entre dos personas que no se conocen.
-Casi pierdo el autobús -dijo con una sonrisa culpable.
-Bueno, todos podemos tener un apurón de estos alguna vez -contesté a sabiendas que sonaba tonto. Pero el hombre me impactó certeramente:
-Es que no todos los días uno puede llenar su bolso con tanta felicidad que el cierre a duras penas llega a cerrar…
Me limité a mirarlo sin saber si me estaba tomando el pelo o si hablaba seriamente.
-Mire -me dijo-, viajo hasta Rosario donde vive mi madre. El año pasado lo único que pude llevarle fue un puñado de angustia y otro de soledad. Claro que ella ya tenía bastante de ambos y no le dio mucha importancia a la nueva ración. La vejez sabe…
-Pero este año -continuó-se llevará una gran sorpresa. Toque, toque el bolso y podrá darse cuenta.
Con recelo y para no quedar grosera, tanteé el bolso gris y sentí su volumen desbordante.
-¿Vio? -siguió el hombre- Y todavía dejé algo en casa.
Asentí en silencio. Se había hecho de noche y casi todos los pasajeros dormíamos.
Después de unas cuantas horas, me desperté sobresaltada cuando mi compañero de asiento me sacudió el brazo:
-Ya casi estamos llegando a Rosario -me dijo-, y metiendo su mano en uno de los compartimientos de su bolso, sacó el puño cerrado como si contuviera algo.
-Tome, yo ya tengo suficiente y mi madre también, con la cantidad que le traigo le alcanzará para el resto de su vida. –Con un rápido movimiento, depositó el aparente contenido de su mano en el bolsillo de mi abrigo.
Habíamos llegado a destino, al suyo.
Desde abajo del autobús, agitó su mano abierta saludándome. Yo hice lo mismo.
Mi bolsillo estaba vacío, pero tenía el corazón henchido del aquél puñado de felicidad ajena.

jueves, 18 de junio de 2009

UNA HISTORIA COMO CUALQUIERA

Se llamaba Elcira o Alcira, para el caso era lo mismo ya que en el barrio le decían la hija de Marga. Era como si el nombre se le hubiera borrado a fuerza de no usarlo ni siquiera para hacer algún trámite. Lo cierto es que ni trámites hacía.
Los más jóvenes la recordaban desde que tenían uso de razón y los más viejos, desde que ella había nacido. Los padres habían llegado desde Europa durante la Segunda Guerra y se instalaron en nuestro bendito país que los acogió con los brazos abiertos, tal es así que a los pocos años y no sin esfuerzo pudieron comprar un terreno yermo en la mitad de la cuadra del pasaje que apenas comenzaba a crecer. A los cinco años de haberse afincado nació Elcira o Alcira.

La casa era de madera con techos de chapa, las paredes del patio que la rodeaban a duras penas alcanzaban el rango de tapial, bastaba con ponerse en punta de pie para atisbar hacia adentro.
Marga, la madre, era pequeña, enjuta, con la gran nariz desfigurada por un moretón permanente que, según se decía, era producto de la coz de un caballo en su pueblo natal de allende los mares. Tenía la voz aguda, tanto que dolían los oídos de sólo escucharla. Era una persona limitada hasta en las nimiedades, pero tenía un corazón de princesa aunque dudo de que supiera que existía ese abolengo. El padre, Heriberto, era un poco más despierto si se quiere, y sólo si se quiere. No presentaba señas física particularmente destacables ni un carácter que lo identificara de alguna manera u otra.
Dicen las malas lenguas, las de los viejos del barrio claro, que el marido solía correr a su mujer desnuda alrededor de la casa de madera como parte de un juego erótico e infantil. Eso antes de que naciera su hija.
Cuando tuvo su primer embarazo la mujer ni siquiera lo sabía, tal es así que cuando llegó el momento de parir se agachó en medio de los yuyos del patio y dio a luz un niño muerto. Quién sabe si se hubiera salvado de no ser por tanta ignorancia.
El segundo embarazo ya la tomó más prevenida aunque jamás se hizo ver por un médico. Por lo menos sabía que llevaba dentro de sí una nueva vida.
Aquella noche de 1950, el esposo desesperado llamó a la puerta de la vecina de al lado diciendo que su mujer sangraba de “allí abajo”.
Cuando la vecina corrió para ayudar, encontró a Marga tendida sobre la mesa de madera de la cocina tomándose el bajo vientre y gritando como loca porque ya había roto bolsa y comenzado el trabajo de parto. A duras penas lograron entre ambos, Heriberto y la vecina, poner a la parturienta en pie al tiempo que la llevaban hasta la puerta y hacían desesperadas señas al carro del basurero que pasaba por la cuadra, para que ayudara en ese momento crítico.
De este modo la subieron como pudieron sobre la tabla pelada al lado del basurero que guiaba a los caballos y así llegaron en tropel hasta el hospital del barrio donde nació Elcira o Alcira que nunca se habría de enterar de tan ingrato momento.
La niña se crió prácticamente sola. La pobre Marga no tenía ni siquiera instinto materno. El padre trabajaba en lo que podía y en lo que iba aprendiendo a fuerza de voluntad y necesidad como albañilería, plomería y esas cosas. Los vecinos resultaron de gran ayuda para que la beba no siguiera el infortunado camino de su hermano.

Más adelante hizo la escuela primaria y allí quedó estancada su cultura fluctuando entre dos mundos que poco tenían en común, es decir, su casa por dentro y el resto del mundo del otro lado de la puerta. Para la época y el entorno no estaba nada mal a decir verdad. Resultó gauchita y buena persona, tal vez porque veía que la gente la ayudaba, así que ella también comenzó a ocuparse de ellos con total desinterés, con la naturalidad de devolver lo que recibía.
El tiempo se llevó a sus padres cuando ella peinaba los cuarenta y pico, sin que supiera nunca lo que era el amor de un hombre.
Era corpulenta, de estatura mediana. La cara regordeta estaba enmarcada por un cabello lacio, mal cortado y casi siempre desprolijo.
Hacía tareas domésticas. También cuidaba enfermos y en el vecindario no le faltaba trabajo ni un bocado para comer.

En el otoño del ’95 don Juan, el viejito de la otra cuadra, cayó con neumonía. Una vez más los vecinos intervinieron y entre todos pagaron a Elcira o Alcira para que lo cuidara, ya que el hombre era soltero y no se le conocía ningún pariente.
Don Juan, igual que Elcira o Alcira, tenía su historia o por lo menos la que le había inventado la gente a fuerza de aguantarse la discreción del viejo.
Se comentaba que don Juan Alberto María del Carril Oviedo y Castañeda oriundo de la Madre Patria, no era tan pobretón como aparentaba en su austeridad cotidiana, austeridad rayana en la miseria, sino que merced a su particular visión de la vida había acumulado año tras año una considerable fortuna en pesos, y alhajas que habían pertenecido a la madre, abuela y demás ascendientes mujeres de su familia.
En algún momento dejó deslizar en sus comentarios que provenía de la flor y nata de la sociedad andaluz. Sus modales eran cuidados y se dirigía a sus interlocutores con una afectación propia de un señor, aunque saliera a la puerta de su casa con pantalón pijama, camiseta y pantuflas gastadas.
Vivía en la esquina mejor ubicada del pasaje San Agustín. Si bien la casa constaba de una sola planta, las muchas habitaciones y la amplitud de las mismas hacían que ésta se viera como el señorial aposento de un amo feudal.
Creíase, no sin razón, que había mantenido su soltería solamente para preservar su patrimonio puesto que de joven se le conocieron varias aventuras amorosas que no pasaron a mayores.
Nadie podía corroborar estos rumores que se mantuvieron incólumes a lo largo de los cincuenta años que llevaba en el barrio.

Ahora que le habían dado de alta en el hospital, el mismo donde naciera Elcira o Alcira, esperaba desde su lecho de convaleciente que su destino se cruzara una vez más con el de esa mujer que lo atendería de aquí en adelante.
Don Juan bien podría haber sido el padre de Elcira o Alcira aunque más no fuera por la diferencia de edad. Por otra parte era evidentemente notoria la diferencia socio cultural que había entre ambos, lo cual no le preocupaba a nadie salvo a una que otra vieja envidiosa y sagaz que estaba dispuesta a limpiar las heces del anciano solamente por ver si podía sonsacarle el dato de su supuesta fortuna.
La hija de Marga golpeó la puerta de don Juan que se cerró tras de ella dejando en el umbral los comentarios insidiosos de aquellos que justamente la habían empujado a la ingrata tarea con el único objetivo de mantener tranquila la conciencia.
Sólo la primera semana le pagaron los vecinos a Elcira o Alcira la magra paga por su dedicación al viejo. Parecía que ellos se hubieron arrepentido, que se dieron cuenta que don Juan podía costearse el trabajo de la muchacha y que la hija de Marga podía beneficiarse a su costa.

Lo cierto es que la mujer salía nada más que a realizar las compras. Se veía desde la vereda la ropa colgada en la terraza: muchas sábanas, toallas y ropa interior de don Juan. Era evidente que la salud del viejo se deterioraba día tras día. Los vecinos notaron en varias oportunidades la ambulancia en la puerta del hombre. Todo eran conjeturas en el barrio. Elcira o Alcira casi no iba a su propia casa más que cada tanto para abrir las desvencijadas ventanas y orear los húmedos ambientes.
Promediaba el invierno. Las calles estaban casi vacías, los corrillos callejeros finalmente se habían acallado y la gente se ocupaba cada una de sus propios asuntos. Ya casi no se hablaba de don Juan.

Un día, el menos esperado, volvió la ambulancia a la casa del viejo. Detrás de las persianas entornadas la chusma pispeaba descaradamente, ávida de noticias después de tanto tiempo de aletargado silencio.
Al cabo de casi una hora la ambulancia se retiró sin llevarse al paciente.
Esa misma noche la atribulada pero impecable señora Alcira Sanz de Del Carril Oviedo y Castañeda, participaba a sus vecinos el fallecimiento de su esposo don Juan invitándolos a la misa In Memoriam que se realizaría al día siguiente antes del sepelio en Cementerio privado.
La flamante esposa-viuda sepultó junto al esposo su propio pasado y abandonando su casa de madera con techos de chapa, se afincó en la casona de la esquina que remodeló coquetamente.
Y cada tarde cuando henchida de afeites salía a casa de sus nuevas amistades para jugar a la canasta, los vecinos del barrio ésos que antes no sabían si se llamaba Elcira o Alcira y era la hija de Marga, la saludaban con un gesto obligado y resentido porque se habían dado cuenta que ellos le habían ofrecido gato y finalmente ella había cocinado liebre.


(En Argentina, “hacer pasar gato por liebre”, significa dar una cosa por otra, engañar)

lunes, 15 de junio de 2009

LA SOMBRA

El hombre sabía que era el grillete de su propia sombra y también sabía lo que significaba perderla.

No quiso que la metáfora cegara su razón, pero aún así se quedó mirándola con miedo. Le parecía que cada vez se hacía más pequeña, tanto como su acotado universo.

Y en el último instante, cuando la vio desaparecer bajo sus pies, creyó que su hora había llegado y lloró amargamente sin siquiera darse cuenta que sólo eran las doce del mediodía y que su sombra descansaba, furtiva, en la suela de sus zapatos.

1º Premio de Microrrelatos “La nave fue y volvió”, desde Río Gallegos, Argentina, para el Mundo, 2008


viernes, 12 de junio de 2009

EL OCASO DE LAS BESTIAS


-¿Hacia dónde se escapó el tiempo? – Pregunté a los cielos que orlaban de anaranjado los confines de aquella planicie muerta.
Nada. Ni un murmullo. Sólo el silencio absoluto de un mundo que agonizaba entre la espera y las lágrimas secas de los pocos habitantes que en él quedábamos.
Se habían acabado las noches con su luna y los días con el sol que yo había conocido. Hacía frío pero no había con qué taparse. Recordé con nostalgia mis viejos abrigos gastados, aquellos que alguna vez había rechazado, y no pude comprender esa paradoja del destino.
Tenía los pies lastimados de tanto caminar sin encontrar nada. Cada llaga que sangraba era una batalla perdida, pero la soledad me asfixiaba y me obligaba a seguir aquella senda de desventuras.
Era en ese momento cuando el instinto de supervivencia me empujaba hacia una memoria que no debía perderse del mismo modo como se había perdido el mundo. Yo sabía que en algún lugar de la Tierra tenía que haber gente como yo, empeñada en la búsqueda desesperada que nos llevara a un reencuentro más allá del idioma, el color de la piel o el dios que adorásemos. Era algo muy superior a todo, más aún que la vida misma, porque sin esa necesidad de búsqueda simplemente no valdría la pena haber sobrevivido.
Atrapado en la soledad uno reconvierte la ignorancia de sus odios y mezquindades en una respuesta simple que lleva a repasar los días que perdimos por la necedad de nuestros actos, por jugar a ser omnipotentes, por no creer que la vida tiene límites pero no así la destrucción y la barbarie.
Pensaba con tristeza pero sin lágrimas, porque ya se habían evaporado junto a los millones de muertos que engrosaron con sus almas las huestes de los cielos. Pensaba como un ejercicio aleatorio pero necesario, con el único propósito de no repetir los mismos errores si alguna vez Dios y el Universo me regalaban la oportunidad de encontrarme con alguien.

De vez en cuando me sentaba para descansar y beber las últimas gotas de agua que había podido acarrear conmigo, pero con ellas también se iban las últimas gotas de mi aliento.
En otras oportunidades encontraba en mi camino trozos de vías y de vagones desvencijados, que en fantasmagórica formación se asomaban entre la tierra calcinada como parte de un osario irreverente, donde carcomidos letreros rememoraban el nombre de estaciones perdidas y hacían las veces de un epitafio que no hubiera tenido que ser. Rosario, San Jorge, San Francisco, Santa Fe y tantos más que mi obnubilada memoria ya no recuerda. Y allí yacente, como casi todo lo demás que me rodeaba, encontré la carcaza de una locomotora Diesel con su enorme humanidad carcomida por el óxido y el olvido.
Imposible no pensar en el tren. El tren, acortando distancias con la fuerza de un gigante mientras se escuchaba el traqueteo de la máquina sacándole chispas al metal de los rieles.
¡Quién pudiera volver a compartir un viaje con la gente, con mis hermanos del mundo!

Mis pensamientos se sucedían sin tregua en esperanzas vanas. Era entonces cuando más me dolían los pies y cuando más me sangraba el alma.
No recordaba el día del holocausto. Ni cuándo ni dónde, como si el tiempo se hubiera estancado en insólitas tumbas de milenios y las pasiones que dominaron una vez al mundo se encontraran dentro de un reloj de arena escurriéndose dentro de su celda de cristal atrapadas para siempre, como yo, a una vida seca.
¡Qué hubiera dado por ver nuevamente un árbol, la magia verde de sus hojas, el olor embriagador de la madera, la dulzura de sus frutos! ¡Tantos que había! Si hasta vagaba con mi pensamiento entre aquellos bosques ausentes, disfrutando de su sombra imaginaria y sintiendo la brisa suave que se había escurrido un día entre las ramas crujientes por el gozo de la vida.
Imposible olvidarse de los pájaros. ¿Qué cielo los habrá recogido después del último día? Tal vez y sólo tal vez se hayan convertido en nubes de plumas que alimentan los sueños de los ángeles a la espera de que algún niño pueda nacer desde el vientre mártir de una madre como un Fénix resurgiendo de las cenizas de este infierno del que somos responsables.

¡Tantas cosas se perdieron en el campo de la arrogancia, que ni campos han quedado para que los labren mis manos, aunque sé que estando sola no podría hacer nada!
Con la impotencia de los locos caí de rodillas hundiendo mis uñas en la tierra y al instante brotó la sangre de mis dedos abonando la cuna estéril de un oasis perdido para siempre.
Grité, no de dolor porque la devastación había curtido mis carnes sino de rabia porque esa misma devastación no había podido curtir mi alma, y luego como en un rito pagano oré por los caídos, aunque nunca supe si mi plegaria había llegado a destino porque el viento que debía elevarla yacía estático en su lecho de sombras.
Con los ojos velados por los recuerdos seguí mi camino hacia la nada y al levantar la cabeza que llevaba gacha vi al hombre ¡Oh, hermano! Y por primera vez, después de aquella última noche, nos abrazamos para llorar las ausencias que ya eran fantasmas del pasado.