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sábado, 4 de octubre de 2014

SOBRE LA NUCA




 

La escarcha cubría todas las superficies en aquella madrugada de invierno. En la calle no había ni un alma, salvo los semáforos que perdían el tiempo haciéndole guiños a nadie, y la estatua de la plaza, nívea de mármol y de hielo, manchada con la suciedad de generaciones de palomas que no respetaban ni a los ilustres. Pero ella no tenía alma. Un poco más allá, el túnel que unía el centro de la ciudad con los suburbios, se abría como una boca amenazante apenas iluminada por un farol de morondanga, tan miserable que ni siquiera inspiraba un tango.
Uno de los policías bajó, receloso, del patrullero para estirar las piernas, la guardia nocturna era la peor. Le pareció escuchar un ruido. En aquel silencio los ecos se hacían gritos. Miró hacia la esquina, nada. Barrió con la mirada hasta la subida del puente, nada. Sintió el escalofrío del peligro y tuvo miedo. No era para menos, los fantasmas de sus muertos jamás dormían.

miércoles, 28 de julio de 2010

UN DÍA MARAVILLOSO

Se despertó como todos los días, al amanecer. Su reloj biológico no se equivocaba, no importaba que fuera invierno, verano o estaciones intermedias, el ritual se repetía incondicionalmente.

Pensó que sería un día como cualquiera, tratando de convencerse a sí mismo. ¿Qué diferencia podría notar sabiendo de que hoy agregaría un año más a su vida? Ninguna, contestó su voy interior. Y era cierto.

Aún antes de levantarse repasó mentalmente su poco más de medio siglo de existencia, sus logros, sus pesares. Tenía una familia maravillosa, un trabajo que no le convencía demasiado, pero que muchos envidiaban. Repasó mentalmente. Había tenido un hijo, había escrito un libro -en realidad varios-, pero ¿había plantado un árbol? Seguramente que sí, aunque se enfadó consigo mismo por no recordarlo. Al lado de él, su esposa, el amor de toda la vida, aún dormía plácidamente. Era como tener un ángel al alcance de su mano.

Pensó que sería maravilloso plantar un árbol… Un año más para seguir aprendiendo de la vida era el mejor regalo de cumpleaños. Se sintió agasajado. Sí, el fin de semana, aunque ya lo hubiera hecho, se propuso que plantaría un árbol, esta vez lo recordaría para siempre.

martes, 6 de julio de 2010

ÚLTIMO MINUTO

Prisionero de su esfera. El silencio interrumpido sólo por el tic tac monocorde de las horas que se escurrían sin remedio en un mundo que pasaba a su lado sin tocarlo, pero que lo atenazaba en su transcurso con las garras de lo efímero.

De improviso, la fatalidad le salió al paso cortándole las venas de su aliento e intentando desterrarlo para siempre de esa cárcel automática, acerada e indiferente, donde la eternidad es sólo el nombre de una utopía.

Agachó la cabeza, consciente de su minuto final. Pero la guadaña del tiempo, lejos de segar su vida, segó horas, minutos y segundos con un estoque postrero, y él, pudo por fin, liberarse del espectro sin rostro que esgrimía aquellas manecillas circundantes, que siguieron su camino perpetuo, sin saber que el ignoto prisionero finalmente había huido hacia los confines de la vida.

sábado, 20 de marzo de 2010

DECIR "MAGIA"




Fue la primera vez en los últimos años que el escritor salió de su casa sin pluma y sin papel, de modo que cuando en plena calle lo acosó la inspiración, lejos de rechazarla, la invitó a que lo acompañara a la Oficina de Correos. Pensaba retirar un libro que alguien le había enviado desde la otra punta del mundo, y luego, pasar por una librería para comprar aquellos elementos, pues sin ellos, se sentía despojado y a merced del olvido.

Estuvo a punto de cambiar el rumbo, disponiéndose firmemente a no separarse de aquellos ímpetus literarios, pues temía que lo abandonaran a mitad del camino. El libro podía esperar, las ideas, no. Sin embargo, mientras dudaba, casi sin darse cuenta ya estaba en las dependencias de la Oficina Postal. Qué más daba…

Una vez que firmó la conformidad, le entregaron el paquete. La curiosidad que había sentido en determinado momento por saber el título del libro que le obsequiarían, quedó relegada al fastidio por retrasar la escritura de su cuento. De todos modos, se dispuso a liberar “al libro” de su embalaje forzoso. Rasgó los precintos de la caja de cartón y la abrió. Adentro había otra pequeña caja que no podía albergar, por su tamaño, a ningún libro que se precie. Pero cuando abrió la segunda caja, la pequeña, apareció frente a sus asombrados ojos, una pluma, sí una pluma negra y brillante que invitaba a ser esgrimida como escudo de la ignorancia. Debajo de ella, había una pequeña nota en un papel escrito sólo por una cara, la otra, seguía en blanco.

Ya tenía la pluma y el papel. También la magia de la amistad que había viajado nada más ni nada menos que diez mil kilómetros, sólo para que él pudiera escribir un cuento, ese día y a esa hora.




domingo, 13 de diciembre de 2009

ESPERANZA ES EL NOMBRE DE LA NOCHE


Para él, la Navidad no era más que una utopía lejana que lo arrastraba como un torbellino sin control hacia los límites inimaginables de su soledad. Apenas se permitía soñar, apenas se permitía el placer de acunar ilusiones más allá del vano de su puerta, esa que siempre llevaba el cerrojo echado como si del otro lado no viviera nada más que el desconsuelo.

A diez minutos de la Nochebuena, el silencio señoreaba entre las paredes alumbradas por el fuego de la chimenea, la misma que podía calentar su cuerpo pero la que no podía entibiar siquiera los rincones de su alma… Sus propios fantasmas comenzaron a acosarlo como quien acosa la sombra furtiva de los deseos inconclusos. El reloj se había convertido en el hacha vengadora del tiempo, que sin piedad agitaba su péndulo para segar la mínima esperanza que aún albergaba en lo más recóndito de su corazón herido de muerte.

A cinco minutos de la medianoche, sentado frente al solitario árbol de Navidad que no albergaba ni un regalo a sus plantas, se sintió tan miserable, tan pequeño y tan endiabladamente solo, que se dispuso a morir con la última campanada, como tristemente mueren los pájaros bajo el yugo de la tormenta.

Ding dong… ding dong… ding dong… Cerró los ojos dispuesto a irse con sus penas al hombro como un Santa Claus de papel maché deshecho por la nevada de la vida… ding dong... ding dong...

Y en el último segundo, como obedeciendo a un espíritu invisible, se detuvieron péndulo y hacha, tiempo y soledad, para devolverle la vida a través de las lágrimas que corrieron por sus mejillas cuando escuchó que alguien llamaba a la puerta, esa que siempre llevaba cerrojo, pero que esta vez se abriría para siempre a un mundo de amor.


Queridos amigos, los dejo por unos días, pues debo viajar muy al sur de mi país, muy al sur del mundo… Les traeré los vientos fríos y puros de Río Gallegos, provincia de Santa Cruz, Argentina… ¡Hasta pronto!

lunes, 30 de noviembre de 2009

UNA VOZ EN LA NOCHE

Era casi la medianoche, Cristina estaba tras el escritorio verde, delante tenía dos teléfonos negros, y uno blanco a su izquierda. La lámpara alumbraba solamente su entorno, un poco más allá las sombras de la noche y el silencio de la nada eran fantasmas que ya no la asustaban. Mientras no sonara el teléfono llenaba fichas y planillas, de vez en cuando se tomaba un descanso para ir hasta la cocina a prepararse un té. La guardia nocturna era dura, pero en su corazón resultaba querible, acogedora y cómplice. A decir verdad eran pocos los que tomaban esta franja horaria, ella era consciente que sus compañeros la trataban de evitar, y justamente por eso, se sentía complacida de haberla aceptado.
El sonido del teléfono blanco la sobresaltó. Levantó el tubo con celeridad:

-Buenas noches, en qué puedo ayudarle. –Dijo con vos suave y tranquila. Del otro lado sólo se escuchaba un llanto desesperado, visceral, incontenible. Cristina esperó unos segundos pacientemente-. Todo mi tiempo es tuyo, tratá de tranquilizarte para que me puedas contar qué es lo que te pasa. –No sabía si era una persona mayor, o joven, tampoco interesaba, el tuteo tendía a acercar a la persona, a contenerla.

-No estás sola, estoy con vos, acompañándote en tu dolor… -Continuó. Del otro lado, el sollozo había cedido y en su lugar se escuchaba un suspiro lánguido y penoso.

-No aguanto más, quiero terminar con todo, -dijo con un hilo de voz aquella mujer desconocida-, mi vida es un desastre…

-¿Cómo te llamás? –Preguntó Cristina.

-Alejandra… pero eso no importa, ya no me importa nada… estoy decidida a matarme, tengo un revólver en la mano. –Cristina estaba esperando esta frase, la de siempre, la de la persona en crisis, la frase que la convocaba a ella como a una diosa pagana.

-Si ya estás decidida a hacerlo, te pido que charlemos un rato, no tenés nada que perder ¿te parece? –Del otro lado de la línea presintió el desconcierto, ¿no debían decirle acaso que era una locura, que no hiciera ese disparate? Cristina captó la duda de su interlocutora y aprovechó la circunstancia-. Te propongo lo siguiente, guardá el arma mientras charlamos, de otro modo te voy a tener que cortar… Te puedo acompañar en tu dolor, pero no te puedo acompañar en tu muerte…

Hubo un acceso de llanto primero, silencio después y enseguida un casi inaudible –Está bien, ya voy, pero por favor, no me cortés-.

Allí se presentó el segundo round que Cristina debía ganar, el decisivo, el que salvaría una vida o el que la dejaría escapar sin remedio. No tenía miedo, ni angustia, tenía la serenidad de saber que hacía todo lo que podía, no sabía si era suficiente, pero era todo lo que podía. Alejandra escuchó en silencio el monólogo que Cristina le ofrecía con el énfasis del amor, de la entrega… Allí tocaba las fibras más íntimas de ese ser desesperado como quien arranca una melodía majestuosa a un piano imaginario, más acá, hacía silbar el viento de la esperanza donde pronunciar esta palabra era casi una utopía. La atmósfera se perfumó con el aroma de la Vida cuando Alejandra comenzó a asentir, primero tímidamente, luego con el ánimo confortado.

Al colgar el teléfono, una hora después, Cristina no supo nunca qué había hecho Alejandra, sólo lo presentía. Alejandra no supo nunca que Cristina llevaba ese nombre y que le había salvado la vida a cambio de la inmensa satisfacción del deber cumplido… y que eso era lo único que iba a recibir, lo único y más valioso que alguien puede recibir…

Gracias a vos, sigo viva. Cristina era voluntaria en un centro de ayuda a personas en crisis, ésa era su paga, fabulosa.

jueves, 15 de octubre de 2009

EL DISFRAZ DEL AMOR - Un relato de Salvador Robles Miras

Hastiado de la vida que llevaba, el hombre solitario, antes de perder la razón, o quizá después de haberla perdido del todo, decidió ponerse un disfraz distinto cada día de la semana y actuar en consecuencia. Así, el lunes se disfrazó de payaso; el martes, de cura; el miércoles, de vendedor ambulante; el jueves, de titiritero; el viernes, de ejecutivo; el sábado, de torero, y el domingo, de novio. Con este último disfraz, el segundo domingo, en el pórtico de una iglesia, conoció a una novia que acababa de ser abandonada al pie del altar. El hombre y la mujer caminaron mientras se miraban a hurtadillas, conversaron utilizando palabras que nunca antes habían pronunciado, callaron mientras se admiraban, y, entre palabras y silencios elocuentes, las horas pasaron deprisa, ya había anochecido. Se despidieron con un beso largo en la mejilla.

De vuelta a casa, el hombre, cuando se desvistió, colgó el traje de novio en la percha del vestíbulo, y no en el armario donde guardaba los otros disfraces; entretanto, a cuatro manzanas de distancia, en un apartamento, la mujer extendía su vestido de novia en el sofá-cama del salón. El hombre y la mujer presentían que pronto acudirían a una boda.

viernes, 18 de septiembre de 2009

PASO EN FALSO

Salió de trabajar molido de cansancio.
Estaba transpirado, con la corbata en la mano y el saco desabotonado.

Ni bien transpuso el umbral del edificio, una marea humana lo arrastró como una hoja recién caída del árbol, una ilusión sin sustento, un pájaro herido de muerte. Y era justamente así como él se sentía.

Navegando en ese mar de piernas y brazos, de caras serias y rictus amargados, llegó casi sin saber cómo hasta las escaleras del subte, Estación Bolívar de la línea E. Era la hora pico, la peor hora, la hora de los robots de carbono.

Tenía hambre, pero sabía que al llegar a su casa, las ausencias no le habían preparado la cena ni el baño caliente, ni las pantuflas cerca de la cama, ni la ropa limpia alineada en una pila perfecta. ¿Cuánto hacía? Se dio cuenta que medir el tiempo le hacía daño y evitó pensar en ello. Un letrero luminoso anunciaba: “Hacia Plaza de los Virreyes”, su destino, aunque él no sólo no se sentía un virrey sino que ni siquiera se sentía un hombre.

La muchedumbre se agolpaba, compacta, hasta el borde mismo del andén, por lo que tuvo que abrirse paso para llegar hasta la primera fila y abrigar la posibilidad de subir al tren. ¿Subir…? Ya delante del abismo de rieles se quedó mirando fijamente el vacío acerado que le devolvía la ironía de su futuro. No pensaba. No sentía. Ni siquiera escuchaba su respiración. Vio venir el tren en su arrollador transitar subterráneo y al mismo tiempo dio un paso hacia delante tratando de aunarse con el frío de las vías o el calor de las ruedas. Cerró los ojos.

Un instante, sólo un instante en que una mano lo tomó del brazo cambiando su destino. Cuando abrió los ojos, otros, del color de la avellana, le estaban confiando una historia nueva, una historia que todavía estaba por escribirse y donde el infinito sólo era una utopía...

domingo, 6 de septiembre de 2009

LA CHISPA



No recuerdo cuándo comenzó a brillar. Quizás su esencia siempre estuvo mucho más allá del tiempo y del espacio y sólo una circunstancia entre miles hizo que se adhiriera a mi vida. Llamaba la atención, no lo niego. La gente se admiraba cuando me escuchaba hablar, cuando recitaba mis poemas, cuando escribía un cuento…, en todos y cada uno de mis movimientos la chispa fulguraba con el ímpetu de un caballo desbocado y maravilloso.

Tuve que acostumbrarme a ella de a poco. En un principio, confieso que me asustaba en un grado considerable ya que se había manifestado exigente hasta el límite, de manera tal que por las noches no me dejaba dormir y me obligaba a escribir sin descanso hasta que el alba me encontraba exhausta y muchas veces perdida en mis propias cavilaciones. Hasta que aprendí a dominarla. Descendí voluntariamente del pedestal que ella me había construido y pude seguir caminando entre la gente llevándola oculta bajo el digno manto de la humildad.

Supe por intuición que ella y yo conformábamos una unidad indivisible y que así continuaríamos para siempre en una comunión fantástica. En algunos momentos la chispa quedaba reducida a una simple imagen mental y parecía que iba a desaparecer en cualquier instante. Era entonces cuando yo, que la había adoptado, me desesperaba hasta el límite tratando de avivar aquel pequeño punto, y justo en el momento en que mis plegarias llegaban al cielo, un chisporroteo de vida la ponía nuevamente en movimiento y juntas continuábamos trazando destinos de Letras. Otras veces sus destellos me encandilaban peligrosamente y perdía el control de mis actos. Era entonces cuando debía cerrar muy fuerte los ojos, hasta interponer mi corazón como pantalla, para que atenuara su luz y yo pudiera volver a sopesar mis intenciones en el equilibrio tenue y sutil de aquella partícula inesperada.

Hasta que un día me desperté y no la vi. La busqué en cada rincón de mi habitación, en cada resquicio de la casa, en cada macetero del patio e incluso, entre los pliegues maravillosos de mis sueños. Pero no la encontré. Era absurdo, ella no podía abandonarme ni yo a ella, así que supuse erróneamente que se había escondido para jugarme una mala pasada, pero ante la inutilidad de mis razonamientos di por sentado que la había perdido y comencé la verdadera búsqueda, aquélla que me elevó hasta el éter y la que me sumergió hasta los infiernos, y aún así no la encontré.

¿Qué iba a ser de mi vida sin la chispa?
¿Mi vida? ¡Qué absurdo!
Mi vida era la verdadera chispa que siempre habitó mi interior, allí en el mágico laberinto de las musas que ofrecen a las almas el regalo de la creación…

lunes, 24 de agosto de 2009

UN DÍA, EN UN PARQUE...


Me había sentado plácidamente a leer un libro en un banco del soleado parque. De lejos me llegaba la algarabía de los niños jugando en el arenero y hamacándose despreocupadamente, mientras algunos gritos maternos llamaban la atención de alguno que otro diablito.

En la zona donde me encontraba la arboleda había formado un techo de ramas y era una delicia poder disfrutar de la lectura bajo esa bóveda natural ya que a esa hora había muy poca gente. Pasó un tiempo que no puedo determinar, pues me había abstraído tanto con mi libro que el tiempo se hizo astillas entre mis manos, lo cierto es que cuando volví al mundo circundante me di cuenta que un anciano se había sentado a mi lado y me miraba con atención. Le sonreí por cortesía, pues su edad avanzada merecía esa sonrisa y muchas más.

El hombre me devolvió la atención de la misma manera, y como si me conociera desde siempre me preguntó:
-¿Qué tal van sus escritos? –Confieso que quedé descolocada y tal vez mi expresión fue la que a modo de contestación percibió el anciano, pues sin más, continuó diciendo: -No se asombre, aún con un libro en la mano cualquiera se da cuenta que usted puede escribir uno, sus ojos se pierden entre los renglones como yo me pierdo cuando salgo a la calle. –Y con una nueva sonrisa festejó él mismo su propia humorada.

Dirigí la vista al libro que estaba leyendo sólo para cerrarlo, fue una fracción de segundo, cuando volví a levantarla para entablar conversación con el anciano, comprobé con asombro que ya no estaba a mi lado. Lo busqué con la mirada, pues no podía estar muy lejos. No lo encontré, ni a él ni a nadie en los alrededores, pero cuando iba a recoger mi bolso que había quedado sobre el banco de piedra, ya dispuesta a marcharme, encontré un papel amarillento con la siguiente leyenda: “Los ojos del alma son los ojos con los que se siente la presencia de la Inspiración. Nunca los cierres”.

Me levanté despacio, cavilante, aquí no se podía hablar de un sueño. Aún hoy, después de veinte años, conservo el papel amarillento entre las hojas de uno de mis libros de poemas.

domingo, 26 de julio de 2009

LA REBELIÓN DE LOS RELOJES


Vi un mundo acelerado donde sus habitantes apenas tenían oportunidad de beberse las nostalgias observando las mil normas que regían sus días y obedeciendo al único tirano al cual nunca pudieron derrotar. Y para mejor honrarlo no tuvieron otra idea que la de haber inventado el aparato que les sirviera para medir la fuerza de su poderío aplastando en su desmesurada carrera lo poco que iba quedando de los hombres. El reloj les sirvió entonces para determinar el paso de las horas marcando una sucesión de días, años, décadas y milenios que vieron cómo iban quedando en el camino las tumbas abiertas de las generaciones aniquiladas.

Pero un día, nadie supo cuándo, los relojes de todo el mundo, los automáticos, los mecánicos, de pilas, de lithium, de péndulo, los de los campanarios y torres que había sobre la Tierra detuvieron al unísono sus máquinas infernales. Inmediatamente la gente se sintió liberada de aquella cárcel con barrotes de manecillas circundantes y se estancó en un mundo rígido que desafiaba a las leyes naturales.

El hormigueo incesante de las grandes ciudades se convirtió solamente en objeto de recuerdos. Cada ser humano, cada planta, cada animal se perpetuó para siempre en frías estatuas de viento. Las hojas de los árboles no cayeron, las flores se quedaron con sus capullos cerrados, los ríos detuvieron el arrullo mágico de las aguas y en el mar, las crestas de las olas quedaron estáticas en insólitas alturas.

Los jueces no pudieron dejar caer sus martillos para dictar sentencia y más de un millón de convictos quedaron atrapados en una realidad vacía como en una cárcel-trampa peligrosa y hostil. Las fuentes de las plazas murieron de nostalgia cuando ya no hubo nadie que se acercara para ver su reflejo en el agua dormida. Qué decir del sol que alumbraba sin llegar a calentar los corazones, y del otro lado del mundo, la noche estanca de estrellas que repartía soledades a los ojos ciegos del tiempo.

Ese día no hubo muertos. Allí quedaron los que ya estaban condenados, suspendidos del delgado sedal de su destino esperando que la muerte tampoco pudiera mover su propio péndulo. Y la muerte no pasó… Aquéllos que lloraban, inundaron su alma con un llanto infinito, aquéllos que estaban felices llevaron en su rostro la sonrisa dibujada para siempre como máscaras de antiguos y trágicos teatros.

Ya no existía ningún punto de referencia que anudara pasado, presente y futuro, estando todo situado en el mismo lugar y en el mismo y único momento.
Cuando parecía que la Tierra se había convertido en una carcasa vacía de ilusiones y miserias, despojada y solitaria, un brillo místico horadó aquel espacio muerto llegando hasta el alma de los recuerdos e inundando con su luz la cúspide del tiempo.

Fue entonces cuando se escuchó un tímido “tic” martillando esa cuna de silencios, al que le siguió un indeciso “tac” y como un corazón que vuelve a la vida de la misma manera comenzó a funcionar un reloj. A éste lo siguieron otros, y otros más… y en interminable cadena de tañidos, uno a uno comenzó a desperezarse de aquel letargo de siglos sacudiéndose el polvo de la espera, y con ellos despertaron también los hombres y con los hombres volvió a caminar el mundo, ignorando que alguna vez los relojes se habían detenido en una rebelión absurda cargada de mensajes que casi nadie comprendería y que a nadie le importaba comprender…

miércoles, 15 de julio de 2009

EL TREN

Empujé con fuerza la pesada puerta de entrada. De madera, robusta y vieja, crujió de impotencia mientras me abría paso hacia el recibidor, fiel estampa del siglo pasado. Una atmósfera enrarecida por el paso del tiempo me envolvió como un presagio de penas. Edith respiró profundamente, esbozó una sonrisa deslucida y me tendió una mano delgada y fría que apenas rozó mis dedos. Era un gesto evidente de protocolo, nada más. Podía percibir el disgusto que le producía mi presencia. No puedo negar que a mí la mujer me desagradaba de igual modo, haciendo recíproco un sentimiento primigenio pero a la vez difícil de ocultar.

Después de tantos años de ausencia yo volvía a la casa para quedarme definitivamente en ella. Se habían apolillado los recuerdos entre vestidos brillantes y pomposas fiestas de sociedad que atenazaban mi infancia a un rito banal. Cuando tuve suficiente edad para manejar mi vida pude, al fin, poner distancia entre la frivolidad cotidiana que allí se manifestaba y los últimos resabios de mi adolescencia ávidos de sentimientos verdaderos.

Hasta que el destino, o yo misma, quién sabe, me empujó nuevamente hacia mi hogar primero justo cuando éste no albergaba más que fantasmas y aquella mujer, Edith, que otrora fuera la mano derecha de mi madre y que ahora paseaba su apergaminada figura por el recinto como si fuera suyo. A pesar de todo me apesadumbraba resquebrajar los sueños de la anciana y palpitaba con desasosiego su reacción cuando llegara el momento de decirle que tenía que abandonar “mi” casa. Si bien había quedado soltera, tenía una familia bastante numerosa compuesta por hermanos y sobrinos que en reiteradas oportunidades quisieron llevarla vivir con ellos. Edith siempre se había negado. Atrapada en su propio mundo de celofán veía pasar la vida, que se perdía a lo lejos, sin que siquiera intentara un gesto de entusiasmo por alcanzarla.

Y ahora llegaba yo, tontamente a destiempo, sin un centavo en el bolsillo como para poder mantenerla a mi servicio. Ella debía marcharse y así se lo hice saber. Aquél rostro enjuto apenas dejó entrever una ceja alzada a modo de perplejidad y con un ademán de disculpa subió a su habitación para preparar, según yo creía, su equipaje. Al cabo de un breve tiempo, demasiado breve, la vi descender las escaleras con su único vestido de calle, tratando de mantener la dignidad de su figura desgarbada. Entre sus manos apenas sostenía una carterita negra ajada y fuera de moda. Hubiera querido decirle algo, pero no pude. Se inclinó levemente ante mí a modo de despedida y girando rápidamente traspuso el umbral de la casa.

Caminé tras ella para cerrar la puerta y alcancé a ver cuando corría desesperadamente hacia aquel tren de la vida que hacía su última parada en el andén de mi casa. Con un postrer esfuerzo trepó al estribo de las ilusiones, levantando su mano derecha para saludarme con una sonrisa entre sus labios que jamás le habría adivinado, mientras el tren se ponía en marcha devorando los fantasmas del pasado y acortando las distancias del olvido.

miércoles, 1 de julio de 2009

TODO MAR



El mar encrespó sus olas como decenas de gigantescas manos y atrapó al hombre en la profundidad de su silencio.

No supo qué ocurría ni qué estaba haciendo allí. Aquel lecho prolijamente preparado con sábanas de algas, le devolvió un brillo verde fosforescente al tiempo que un ejército de peces marchaba convencido hacia la nada, más allá de los colores, donde las sombras tenían sus fantasmas y los ecos apenas eran recuerdos de las alturas.

Sintió frío. Era como un rayo helado que le recorría el cuerpo y que no terminaba sino en los confines delirantes de aquel tormento húmedo. Y entre el borboteo enloquecido de las burbujas que escapaban de su boca, apenas pudo ver los contornos del último instante de su vida, mientras ésta se apagaba en la desesperación de los tiempos.

El hombre trató de aferrarse al madero invisible de las ilusiones pero ya ni siquiera tenía fuerzas para aferrarse a algún amor lejano, y se dio cuenta, con los ojos desorbitados ante la visión de la muerte, los brazos extendidos como una cruz humana y el gesto delirante del impotente, que debía rendirse ante el espanto.

Y de improviso, un golpe. Pensó que era el último. Cerró los ojos y se dejó arrastrar mansamente sin sospechar siquiera que allá arriba, donde aún soplaba el viento, estaban preparando la maquinaria de los milagros y lo habían obligado a cancelar su cita con la muerte.



jueves, 25 de junio de 2009

MENUDO TRABAJO TENGO

Qué maldición esto de trabajar en el primer subsuelo. Encima un subsuelo de hospital, tan cerca de la morgue que no me animo ni a levantar la voz porque el silencio que la rodea es casi exquisito, algo que no se debe romper con la sonoridad de una palabra o el entrechocar de algún objeto.

Para colmo tengo la guardia nocturna. Atender el teléfono en esta soledad infinita, porque trabajo sola, absolutamente sola y aislada de todo y de todos, es un sacrilegio a la inconmensurable quietud de los muertos.

Siento que este silencio me aplasta, que trata de arrancarme el frágil juicio que me queda para tirárselo a los gatos que pululan como fantasmas en los jardines del hospital. Carajo, con tantos laburos y yo departiendo en este hueco rebosante del llanto mudo de los que se fueron, ahí nomás, del otro lado de la pared.

No puedo dejar de pensar que las noches en este sitio están plagadas de cuentos de terror, donde la realidad pelea a capa y espada con la incongruencia lastimosa de los despojos que una vez fueron gente como yo.

¿Vagarán sus espíritus a través de los amplios corredores que circundan este primer subsuelo? ¿Estarán respirándome en la nuca mientras escribo? Gran paradoja, hilachas de utopías que trato de abarajar en el aire estancado de este recinto podrido que lucha por desquiciarme sin éxito.

Má sí, che. Cada uno trabaja donde puede. Gracias que tengo trabajo. Las utopías son parte de la vida, así que es mejor convivir con ellas y no pensar que mañana, puedo ser un cuerpo más del otro lado de la pared, allí en esa cámara refrigerada.

lunes, 22 de junio de 2009

EL EQUIPAJE

Viajaba yo hacia Santa Fe, en la octava fila del autobús y en el asiento del lado de la ventanilla. Minutos antes de la partida este asiento, que debía compartir con algún otro pasajero, aún estaba vacío.
Hasta que a último momento y cuando ya se cerraba la puerta, un hombre agitado y sudoroso había saltado al interior del coche con el poco aliento que aparentemente le quedaba.

Instalándose a mi lado, recostó su cabeza hacia atrás y con los ojos cerrados suspiró fuertemente mientras sostenía, apretado entre sus manos, un bolso gris de tela de avión muy voluminoso.
Un rato después, ya más apaciguado, comenzó a hablarme de las trivialidades comunes a un inicio de conversación entre dos personas que no se conocen.
-Casi pierdo el autobús -dijo con una sonrisa culpable.
-Bueno, todos podemos tener un apurón de estos alguna vez -contesté a sabiendas que sonaba tonto. Pero el hombre me impactó certeramente:
-Es que no todos los días uno puede llenar su bolso con tanta felicidad que el cierre a duras penas llega a cerrar…
Me limité a mirarlo sin saber si me estaba tomando el pelo o si hablaba seriamente.
-Mire -me dijo-, viajo hasta Rosario donde vive mi madre. El año pasado lo único que pude llevarle fue un puñado de angustia y otro de soledad. Claro que ella ya tenía bastante de ambos y no le dio mucha importancia a la nueva ración. La vejez sabe…
-Pero este año -continuó-se llevará una gran sorpresa. Toque, toque el bolso y podrá darse cuenta.
Con recelo y para no quedar grosera, tanteé el bolso gris y sentí su volumen desbordante.
-¿Vio? -siguió el hombre- Y todavía dejé algo en casa.
Asentí en silencio. Se había hecho de noche y casi todos los pasajeros dormíamos.
Después de unas cuantas horas, me desperté sobresaltada cuando mi compañero de asiento me sacudió el brazo:
-Ya casi estamos llegando a Rosario -me dijo-, y metiendo su mano en uno de los compartimientos de su bolso, sacó el puño cerrado como si contuviera algo.
-Tome, yo ya tengo suficiente y mi madre también, con la cantidad que le traigo le alcanzará para el resto de su vida. –Con un rápido movimiento, depositó el aparente contenido de su mano en el bolsillo de mi abrigo.
Habíamos llegado a destino, al suyo.
Desde abajo del autobús, agitó su mano abierta saludándome. Yo hice lo mismo.
Mi bolsillo estaba vacío, pero tenía el corazón henchido del aquél puñado de felicidad ajena.

jueves, 18 de junio de 2009

UNA HISTORIA COMO CUALQUIERA

Se llamaba Elcira o Alcira, para el caso era lo mismo ya que en el barrio le decían la hija de Marga. Era como si el nombre se le hubiera borrado a fuerza de no usarlo ni siquiera para hacer algún trámite. Lo cierto es que ni trámites hacía.
Los más jóvenes la recordaban desde que tenían uso de razón y los más viejos, desde que ella había nacido. Los padres habían llegado desde Europa durante la Segunda Guerra y se instalaron en nuestro bendito país que los acogió con los brazos abiertos, tal es así que a los pocos años y no sin esfuerzo pudieron comprar un terreno yermo en la mitad de la cuadra del pasaje que apenas comenzaba a crecer. A los cinco años de haberse afincado nació Elcira o Alcira.

La casa era de madera con techos de chapa, las paredes del patio que la rodeaban a duras penas alcanzaban el rango de tapial, bastaba con ponerse en punta de pie para atisbar hacia adentro.
Marga, la madre, era pequeña, enjuta, con la gran nariz desfigurada por un moretón permanente que, según se decía, era producto de la coz de un caballo en su pueblo natal de allende los mares. Tenía la voz aguda, tanto que dolían los oídos de sólo escucharla. Era una persona limitada hasta en las nimiedades, pero tenía un corazón de princesa aunque dudo de que supiera que existía ese abolengo. El padre, Heriberto, era un poco más despierto si se quiere, y sólo si se quiere. No presentaba señas física particularmente destacables ni un carácter que lo identificara de alguna manera u otra.
Dicen las malas lenguas, las de los viejos del barrio claro, que el marido solía correr a su mujer desnuda alrededor de la casa de madera como parte de un juego erótico e infantil. Eso antes de que naciera su hija.
Cuando tuvo su primer embarazo la mujer ni siquiera lo sabía, tal es así que cuando llegó el momento de parir se agachó en medio de los yuyos del patio y dio a luz un niño muerto. Quién sabe si se hubiera salvado de no ser por tanta ignorancia.
El segundo embarazo ya la tomó más prevenida aunque jamás se hizo ver por un médico. Por lo menos sabía que llevaba dentro de sí una nueva vida.
Aquella noche de 1950, el esposo desesperado llamó a la puerta de la vecina de al lado diciendo que su mujer sangraba de “allí abajo”.
Cuando la vecina corrió para ayudar, encontró a Marga tendida sobre la mesa de madera de la cocina tomándose el bajo vientre y gritando como loca porque ya había roto bolsa y comenzado el trabajo de parto. A duras penas lograron entre ambos, Heriberto y la vecina, poner a la parturienta en pie al tiempo que la llevaban hasta la puerta y hacían desesperadas señas al carro del basurero que pasaba por la cuadra, para que ayudara en ese momento crítico.
De este modo la subieron como pudieron sobre la tabla pelada al lado del basurero que guiaba a los caballos y así llegaron en tropel hasta el hospital del barrio donde nació Elcira o Alcira que nunca se habría de enterar de tan ingrato momento.
La niña se crió prácticamente sola. La pobre Marga no tenía ni siquiera instinto materno. El padre trabajaba en lo que podía y en lo que iba aprendiendo a fuerza de voluntad y necesidad como albañilería, plomería y esas cosas. Los vecinos resultaron de gran ayuda para que la beba no siguiera el infortunado camino de su hermano.

Más adelante hizo la escuela primaria y allí quedó estancada su cultura fluctuando entre dos mundos que poco tenían en común, es decir, su casa por dentro y el resto del mundo del otro lado de la puerta. Para la época y el entorno no estaba nada mal a decir verdad. Resultó gauchita y buena persona, tal vez porque veía que la gente la ayudaba, así que ella también comenzó a ocuparse de ellos con total desinterés, con la naturalidad de devolver lo que recibía.
El tiempo se llevó a sus padres cuando ella peinaba los cuarenta y pico, sin que supiera nunca lo que era el amor de un hombre.
Era corpulenta, de estatura mediana. La cara regordeta estaba enmarcada por un cabello lacio, mal cortado y casi siempre desprolijo.
Hacía tareas domésticas. También cuidaba enfermos y en el vecindario no le faltaba trabajo ni un bocado para comer.

En el otoño del ’95 don Juan, el viejito de la otra cuadra, cayó con neumonía. Una vez más los vecinos intervinieron y entre todos pagaron a Elcira o Alcira para que lo cuidara, ya que el hombre era soltero y no se le conocía ningún pariente.
Don Juan, igual que Elcira o Alcira, tenía su historia o por lo menos la que le había inventado la gente a fuerza de aguantarse la discreción del viejo.
Se comentaba que don Juan Alberto María del Carril Oviedo y Castañeda oriundo de la Madre Patria, no era tan pobretón como aparentaba en su austeridad cotidiana, austeridad rayana en la miseria, sino que merced a su particular visión de la vida había acumulado año tras año una considerable fortuna en pesos, y alhajas que habían pertenecido a la madre, abuela y demás ascendientes mujeres de su familia.
En algún momento dejó deslizar en sus comentarios que provenía de la flor y nata de la sociedad andaluz. Sus modales eran cuidados y se dirigía a sus interlocutores con una afectación propia de un señor, aunque saliera a la puerta de su casa con pantalón pijama, camiseta y pantuflas gastadas.
Vivía en la esquina mejor ubicada del pasaje San Agustín. Si bien la casa constaba de una sola planta, las muchas habitaciones y la amplitud de las mismas hacían que ésta se viera como el señorial aposento de un amo feudal.
Creíase, no sin razón, que había mantenido su soltería solamente para preservar su patrimonio puesto que de joven se le conocieron varias aventuras amorosas que no pasaron a mayores.
Nadie podía corroborar estos rumores que se mantuvieron incólumes a lo largo de los cincuenta años que llevaba en el barrio.

Ahora que le habían dado de alta en el hospital, el mismo donde naciera Elcira o Alcira, esperaba desde su lecho de convaleciente que su destino se cruzara una vez más con el de esa mujer que lo atendería de aquí en adelante.
Don Juan bien podría haber sido el padre de Elcira o Alcira aunque más no fuera por la diferencia de edad. Por otra parte era evidentemente notoria la diferencia socio cultural que había entre ambos, lo cual no le preocupaba a nadie salvo a una que otra vieja envidiosa y sagaz que estaba dispuesta a limpiar las heces del anciano solamente por ver si podía sonsacarle el dato de su supuesta fortuna.
La hija de Marga golpeó la puerta de don Juan que se cerró tras de ella dejando en el umbral los comentarios insidiosos de aquellos que justamente la habían empujado a la ingrata tarea con el único objetivo de mantener tranquila la conciencia.
Sólo la primera semana le pagaron los vecinos a Elcira o Alcira la magra paga por su dedicación al viejo. Parecía que ellos se hubieron arrepentido, que se dieron cuenta que don Juan podía costearse el trabajo de la muchacha y que la hija de Marga podía beneficiarse a su costa.

Lo cierto es que la mujer salía nada más que a realizar las compras. Se veía desde la vereda la ropa colgada en la terraza: muchas sábanas, toallas y ropa interior de don Juan. Era evidente que la salud del viejo se deterioraba día tras día. Los vecinos notaron en varias oportunidades la ambulancia en la puerta del hombre. Todo eran conjeturas en el barrio. Elcira o Alcira casi no iba a su propia casa más que cada tanto para abrir las desvencijadas ventanas y orear los húmedos ambientes.
Promediaba el invierno. Las calles estaban casi vacías, los corrillos callejeros finalmente se habían acallado y la gente se ocupaba cada una de sus propios asuntos. Ya casi no se hablaba de don Juan.

Un día, el menos esperado, volvió la ambulancia a la casa del viejo. Detrás de las persianas entornadas la chusma pispeaba descaradamente, ávida de noticias después de tanto tiempo de aletargado silencio.
Al cabo de casi una hora la ambulancia se retiró sin llevarse al paciente.
Esa misma noche la atribulada pero impecable señora Alcira Sanz de Del Carril Oviedo y Castañeda, participaba a sus vecinos el fallecimiento de su esposo don Juan invitándolos a la misa In Memoriam que se realizaría al día siguiente antes del sepelio en Cementerio privado.
La flamante esposa-viuda sepultó junto al esposo su propio pasado y abandonando su casa de madera con techos de chapa, se afincó en la casona de la esquina que remodeló coquetamente.
Y cada tarde cuando henchida de afeites salía a casa de sus nuevas amistades para jugar a la canasta, los vecinos del barrio ésos que antes no sabían si se llamaba Elcira o Alcira y era la hija de Marga, la saludaban con un gesto obligado y resentido porque se habían dado cuenta que ellos le habían ofrecido gato y finalmente ella había cocinado liebre.


(En Argentina, “hacer pasar gato por liebre”, significa dar una cosa por otra, engañar)

viernes, 12 de junio de 2009

EL OCASO DE LAS BESTIAS


-¿Hacia dónde se escapó el tiempo? – Pregunté a los cielos que orlaban de anaranjado los confines de aquella planicie muerta.
Nada. Ni un murmullo. Sólo el silencio absoluto de un mundo que agonizaba entre la espera y las lágrimas secas de los pocos habitantes que en él quedábamos.
Se habían acabado las noches con su luna y los días con el sol que yo había conocido. Hacía frío pero no había con qué taparse. Recordé con nostalgia mis viejos abrigos gastados, aquellos que alguna vez había rechazado, y no pude comprender esa paradoja del destino.
Tenía los pies lastimados de tanto caminar sin encontrar nada. Cada llaga que sangraba era una batalla perdida, pero la soledad me asfixiaba y me obligaba a seguir aquella senda de desventuras.
Era en ese momento cuando el instinto de supervivencia me empujaba hacia una memoria que no debía perderse del mismo modo como se había perdido el mundo. Yo sabía que en algún lugar de la Tierra tenía que haber gente como yo, empeñada en la búsqueda desesperada que nos llevara a un reencuentro más allá del idioma, el color de la piel o el dios que adorásemos. Era algo muy superior a todo, más aún que la vida misma, porque sin esa necesidad de búsqueda simplemente no valdría la pena haber sobrevivido.
Atrapado en la soledad uno reconvierte la ignorancia de sus odios y mezquindades en una respuesta simple que lleva a repasar los días que perdimos por la necedad de nuestros actos, por jugar a ser omnipotentes, por no creer que la vida tiene límites pero no así la destrucción y la barbarie.
Pensaba con tristeza pero sin lágrimas, porque ya se habían evaporado junto a los millones de muertos que engrosaron con sus almas las huestes de los cielos. Pensaba como un ejercicio aleatorio pero necesario, con el único propósito de no repetir los mismos errores si alguna vez Dios y el Universo me regalaban la oportunidad de encontrarme con alguien.

De vez en cuando me sentaba para descansar y beber las últimas gotas de agua que había podido acarrear conmigo, pero con ellas también se iban las últimas gotas de mi aliento.
En otras oportunidades encontraba en mi camino trozos de vías y de vagones desvencijados, que en fantasmagórica formación se asomaban entre la tierra calcinada como parte de un osario irreverente, donde carcomidos letreros rememoraban el nombre de estaciones perdidas y hacían las veces de un epitafio que no hubiera tenido que ser. Rosario, San Jorge, San Francisco, Santa Fe y tantos más que mi obnubilada memoria ya no recuerda. Y allí yacente, como casi todo lo demás que me rodeaba, encontré la carcaza de una locomotora Diesel con su enorme humanidad carcomida por el óxido y el olvido.
Imposible no pensar en el tren. El tren, acortando distancias con la fuerza de un gigante mientras se escuchaba el traqueteo de la máquina sacándole chispas al metal de los rieles.
¡Quién pudiera volver a compartir un viaje con la gente, con mis hermanos del mundo!

Mis pensamientos se sucedían sin tregua en esperanzas vanas. Era entonces cuando más me dolían los pies y cuando más me sangraba el alma.
No recordaba el día del holocausto. Ni cuándo ni dónde, como si el tiempo se hubiera estancado en insólitas tumbas de milenios y las pasiones que dominaron una vez al mundo se encontraran dentro de un reloj de arena escurriéndose dentro de su celda de cristal atrapadas para siempre, como yo, a una vida seca.
¡Qué hubiera dado por ver nuevamente un árbol, la magia verde de sus hojas, el olor embriagador de la madera, la dulzura de sus frutos! ¡Tantos que había! Si hasta vagaba con mi pensamiento entre aquellos bosques ausentes, disfrutando de su sombra imaginaria y sintiendo la brisa suave que se había escurrido un día entre las ramas crujientes por el gozo de la vida.
Imposible olvidarse de los pájaros. ¿Qué cielo los habrá recogido después del último día? Tal vez y sólo tal vez se hayan convertido en nubes de plumas que alimentan los sueños de los ángeles a la espera de que algún niño pueda nacer desde el vientre mártir de una madre como un Fénix resurgiendo de las cenizas de este infierno del que somos responsables.

¡Tantas cosas se perdieron en el campo de la arrogancia, que ni campos han quedado para que los labren mis manos, aunque sé que estando sola no podría hacer nada!
Con la impotencia de los locos caí de rodillas hundiendo mis uñas en la tierra y al instante brotó la sangre de mis dedos abonando la cuna estéril de un oasis perdido para siempre.
Grité, no de dolor porque la devastación había curtido mis carnes sino de rabia porque esa misma devastación no había podido curtir mi alma, y luego como en un rito pagano oré por los caídos, aunque nunca supe si mi plegaria había llegado a destino porque el viento que debía elevarla yacía estático en su lecho de sombras.
Con los ojos velados por los recuerdos seguí mi camino hacia la nada y al levantar la cabeza que llevaba gacha vi al hombre ¡Oh, hermano! Y por primera vez, después de aquella última noche, nos abrazamos para llorar las ausencias que ya eran fantasmas del pasado.

sábado, 6 de junio de 2009

DE LA CRONICA DIARIA


A duras penas había conseguido que mi suegra firmara un poder para que yo cobrara la mísera pensión que percibía. Es que no me parecía justo que anduviera arrastrando su artrosis por las calles de Buenos Aires tratando de llegar al Banco, aunque ella entendía que este simple acto era un asalto a mano armada con toma de rehenes incluido. Por fin y con la desconfianza pintada en su cara aceptó rubricar el documento, no sin antes asegurase que volvería con el dinero del rescate cumpliendo fielmente las condiciones de la negociación.
Así que llegando que hubo el día de pago, me trasladé a la sucursal que correspondía con el flamante carnet de apoderada, último recibo, documento de la titular y el mío propio.
Sin sorpresa, me instalé última en la cola de los jubilados que desde temprano hacían guardia en la puerta del Banco y ahora al no haber más lugar donde continuarla, pues ya doblaba la esquina, se enroscaba sobre sí misma dando tres vueltas a la manzana.

Al cabo de dos horas apenas si se había adelantado un poco y como yo no estaba segura si me faltaba algún comprobante que me acreditara, me dispuse a entrar al Banco para hacer las averiguaciones del caso y no seguir esperando inútilmente.
De esta manera abandoné mi lugar, pero cuando trataba de acercarme a la puerta comenzaron a escucharse gritos y amenazas de parte de los abuelos que me conminaban imperiosamente a volver a la cola ya que creían, erróneamente, que estaba a punto de infiltrarme entre sus filas cual espía internacional para apoderarme del objetivo antes que ellos.

En vano intenté explicarles que yo no me quería colar.
Pero el descontento ya se había generalizado y quién más quién menos me agredía como podía.
Algunos me insultaban a viva voz:
-¡¡A la cola, caradura!!-.
-¡Tener el tupé de venir a colarse! ¡Vergüenza debería darle!-.
-¡Ya vas a llegar a vieja vos también y vas a saber lo que es que te pasen por encima!-.
Otros me codeaban sin miramientos tratando de alejarme de la puerta y haciéndome un piquete para evitar que entrara, incluso un viejito de bastón se las ingenió para hacerme caer mediante una hábil zancadilla mientras un alud de ancianos malhumorados se lanzaban contra mí pisoteándome, a tal punto que sólo la intervención de los policías que custodiaban el Banco logró impedir el linchamiento en curso y fui liberada.
De todos modos ni siquiera pude preguntar lo que necesitaba porque me vi impelida a regresar a mi lugar de origen bastante maltrecha y ciertamente asustada.
Pero ¡Oh, sorpresa!
A estas alturas “mi” lugar había sido rápidamente usurpado por otros jubilados que iban llegando y tomaban posiciones con un régimen de formación tan estricto, que no sólo tenían sus propios códigos sino también sus dirigentes elegidos por votación directa.
Busqué infructuosamente al último abuelo de la cola, pero me vi en la necesidad de preguntar para no pasar por otro episodio de agresión senil.
Los viejos me miraban con antipatía y hostilidad pero igualmente me indicaron dónde debía colocarme, disfrutando de antemano el hecho de que tuviera que dar dos vueltas más a aquella rosca humana.

Asegurándome de no volver a transgredir las normas establecidas, me quedé dura en el lugar para no incomodar a nadie, mientas un cotorreo infernal se alzaba en derredor y obraba en mí como un soporífero:
-...Cobro la mínima ¿cuánto quiere que cobre?...
-...y yo le dije al doctor que ese dolorcito no se me iba…
-...pero cuando hice los trámites para la pensión no…
-...en la radiografía se ve clarito, clarito…
-...esta cola de porquería que no se mueve. Seguro que los cajeros están tomando café…
Pasaron cuatro horas. La cola se movía lenta y pesadamente.
Algunos abuelos ya no se podían tener en pie y se sentaban o se recostaban sobre la vereda para descansar un rato antes de llegar a la meta tratando de no morir en el intento.
Otros habían llevado el almuerzo en táper multicolores.
Un poco más adelante alcancé a ver a dos camilleros que introducían en una ambulancia a una viejita desmayada porque no había podido soportar tanta burocracia.

Cuando al fin, exhausta, llegué a la ventanilla correspondiente y pasé la documentación por la abertura bajo el vidrio de la caja, el empleado efectivamente dejó la taza de café en un costado, se sacudió las migas de las galletitas que decoraban su corbata, y con cara de fastidio dijo:
-Certificado de Supervivencia de la titular por favor y el del servicio en la Legión Extranjera del cónyuge fallecido.-
Tan atónica quedé que no pude reaccionar con rapidez, tal es así que llamaron nuevamente a los policías de la puerta quienes me sacaron a la calle argumentando que mi lentitud dificultaba el normal flujo de jubilados que esperaba para cobrar.
No cobré y tampoco volví al Banco.
Mi suegra se encargó de cobrar su propia pensión y yo de pagarme el analista al que tuve que acudir después de estos acontecimientos.
Eso sí nadie me quita el mérito, a pesar de todo, de haberme graduado como Master en Cola de Jubilados tan sólo en un día.

miércoles, 3 de junio de 2009

EL HOMBRE Y SU QUIMERA (Para "El automóvil en la cultura", Radio Nacional, Buenos Aires, Argentina)

La tarde de verano se desmembraba muy lentamente, atrapando al hombre que no lograba dejar sus huellas sobre la vereda porque el calor asfixiante las evaporaba al instante. Le pesaban esos pasos cansinos realizados por la obligación de cumplir con un trabajo mediocre y mal remunerado que no hacía más que aumentar su desasosiego y su abandono.
Hasta que en una cuadra cualquiera, eso no importaba, vio un auto pequeño, viejo y solitario casi como él mismo que ostentaba el lacónico cartel de “Se Vende”. Se detuvo un instante frente a él y creyó ver su propia alma metálica, tan carente de esperanzas y tan repleta de pesares.
Surgió entre ellos un brillo extraño, inmaterial, absurdo. En el auto, reflejado en sus cristales sucios y deslucidos. En el hombre, sobre sus ojos claros y expectantes.
Era evidente, sin embargo, que algo tangente flotaba como un mágico halo en derredor de aquella escena surrealista robada a un tiempo distinto del nuestro. Nadie hubiera adivinado de qué se trataba, nadie hubiera podido dar crédito a un sentimiento surgido entre un hombre y una máquina...
Desde aquel día esperaban ambos el reencuentro diario y silencioso cimentado sobre la angustia de no saber cuándo el auto pasaría a ser propiedad de algún desconocido afortunado.
El hombre comenzaba a desesperarse, contando día tras día los ahorros que nunca llegaban a sumar la cifra estipulada. Cada día perdía los estribos cuando estaba por doblar la esquina de aquella cuadra, esperando encontrar el lugar vacío donde él había hallado su tesoro de lata.
Al cabo de unos cuantos días interminables y grises, el timbre de una casa sonó con inusual insistencia. Poco después el hombre que lo había oprimido, el mismo hombre prisionero de su quimera, salía de la casa como si hubiera estado trasponiendo la puerta de una cárcel imaginaria, llevando entre sus puños apretados los papeles que lo convertían en el dueño del auto.
Se aproximó a él. Fue como la ceremonia de un rito pagano donde algo, más allá del espacio, aceptaba aquella unión despareja y extraña.
El hombre abrió la puerta con el corazón palpitante, alerta.
Se sentó en el asiento sucio y deslucido, en realidad incómodo, mientras las llaves resbalaban entre sus dedos sudorosos negándose a girar en la danza de la marcha.
Al fin, con un rugido de triunfo, el auto viejo se puso en movimiento agradeciéndole al hombre por haberlo arrancado de su silencio, de su letargo obligado. Y el hombre...
Al hombre le crecieron ruedas y fue perdiendo sus pisadas.
Las manos se le hicieron volante-palanca-cambios y olvidó el sentido del tacto que dejó grabado entre sus nostalgias. Sus ojos se abrieron en pequeños parabrisas y se aunaron en el brillo de metálicas miradas. Desde ese momento el hombre dejó de ser solamente hombre y el auto dejó de ser solamente máquina.
El camino cotidiano astillado de rutina hacia su trabajo, se había transformado desde ese momento y como por arte de magia, en una explosión de anhelos cumplidos y senderos de esperanzas.

lunes, 1 de junio de 2009

RECUERDOS DEL PASADO


Se detuvo vacilante en la bifurcación del camino y se tomó su tiempo para decidir cuál sería la ruta apropiada que debía seguir. Aquí no había carteles indicadores y un poco más adelante cualquiera de las sendas comenzaba a introducirse entre el abigarrado follaje que pugnaba por recuperar el terreno perdido en alguna oportunidad no muy lejana.
El caminante se sentó cansadamente sobre un tronco caído y luego de beber un poco de agua, dejó que su vista se perdiera entre aquel oleaje verde y oloroso donde la magnanimidad de la naturaleza le ofrecía el cálido remanso de sus hijos. Esta comunión con los sentidos aunaban al hombre con el medio que lo rodeaba en un rito antiguo, sublime, donde una cascada de sentimientos fluía incesante desde sus entrañas e inundaba el éter con las cálidas vibraciones de su frescura.
Desde la Madre Tierra se elevó un hálito mineral y profundo sacudiendo las fibras interiores de aquel cuerpo cansado y encendiendo la chispa eterna de la creación que se manifestaba por doquier en la plenitud de aquel paisaje virgen, mientras la tarde ocultaba su esfera radiante tras el verde cortinado de los árboles.
Al hombre le parecía mentira que estuviera allí con un propósito tan manifiestamente opuesto a la canalización de sus propios deseos. Pero era su trabajo. La compañía constructora, ese monstruo gigantesco cuyos innumerables brazos hacían y deshacían según contaran sus intereses, no había vacilado en ordenar el aniquilamiento del ecosistema para poner en marcha el proyecto de construir sobre la futura tumba natural, los cimientos de una gran autopista a través de la cual se comunicarían las más importantes ciudades del país. Un gran adelanto, decían. Una gran ventaja, se ahorraría tiempo y se ganaría dinero...
Y lo habían enviado a él y a su equipo para evaluar los terrenos, para determinar posiciones, para calcular distancias entre titánicas columnas de hormigón y para darse cuenta que irremediablemente iba a ser parte de una destrucción indiscriminada y materialista donde la naturaleza quedaría relegada a un espacio aéreo vacío y gris.
El hombre se sintió culpable aunque no era más que un ínfimo engranaje de aquella máquina infernal llamada progreso. Hubiera querido marcharse de allí para no tener que cumplir con su cometido, o quedarse para seguir disfrutando de esa porción del Edén, pero como no podía hacer ambas cosas al mismo tiempo, un cúmulo de sentimientos comenzó a ahogarlo y veló sus ojos en el crepúsculo de estío que estaba a punto de ser mancillado por las absurdas estadísticas que escupían las computadoras sin cesar.
Se levantó sin ganas y decidió volver sobre sus pasos para reunirse con sus compañeros. No miró hacia atrás. Decidió llevar grabada en su memoria la magnífica postal que mañana sería un recuerdo del pasado.