sábado, 27 de junio de 2009

CARTA PERDIDA

La carta que había escrito jamás llegó a destino. Cada palabra se había quedado dormida en su lecho de renglones sin poder contarle cuánto la amaba. Cada sentimiento se había ahogado en la tinta de sus lágrimas sin saber si algún día ella lo atesoraría en lo profundo de su alma.
Ahora la noche había apagado las estrellas y los días, opacado el sol en su ventana. Señoreaban en las sombras mil fantasmas ahuyentando los besos que como alondras se le habían escapado. No podía siquiera alimentarse de añoranzas, simplemente porque nunca la había besado.
La melancolía tamizaba sus sueños cuando encontraba en su memoria aquellos ojos pardos que sólo lo miraban desde el recuerdo como él miraba en el espejo la desdibujada imagen de sí mismo.
Todo le parecía triste. Y era triste porque nunca había enviado la carta que guardaba amarillenta entre las hojas de un libro de poemas.

jueves, 25 de junio de 2009

MENUDO TRABAJO TENGO

Qué maldición esto de trabajar en el primer subsuelo. Encima un subsuelo de hospital, tan cerca de la morgue que no me animo ni a levantar la voz porque el silencio que la rodea es casi exquisito, algo que no se debe romper con la sonoridad de una palabra o el entrechocar de algún objeto.

Para colmo tengo la guardia nocturna. Atender el teléfono en esta soledad infinita, porque trabajo sola, absolutamente sola y aislada de todo y de todos, es un sacrilegio a la inconmensurable quietud de los muertos.

Siento que este silencio me aplasta, que trata de arrancarme el frágil juicio que me queda para tirárselo a los gatos que pululan como fantasmas en los jardines del hospital. Carajo, con tantos laburos y yo departiendo en este hueco rebosante del llanto mudo de los que se fueron, ahí nomás, del otro lado de la pared.

No puedo dejar de pensar que las noches en este sitio están plagadas de cuentos de terror, donde la realidad pelea a capa y espada con la incongruencia lastimosa de los despojos que una vez fueron gente como yo.

¿Vagarán sus espíritus a través de los amplios corredores que circundan este primer subsuelo? ¿Estarán respirándome en la nuca mientras escribo? Gran paradoja, hilachas de utopías que trato de abarajar en el aire estancado de este recinto podrido que lucha por desquiciarme sin éxito.

Má sí, che. Cada uno trabaja donde puede. Gracias que tengo trabajo. Las utopías son parte de la vida, así que es mejor convivir con ellas y no pensar que mañana, puedo ser un cuerpo más del otro lado de la pared, allí en esa cámara refrigerada.

lunes, 22 de junio de 2009

EL EQUIPAJE

Viajaba yo hacia Santa Fe, en la octava fila del autobús y en el asiento del lado de la ventanilla. Minutos antes de la partida este asiento, que debía compartir con algún otro pasajero, aún estaba vacío.
Hasta que a último momento y cuando ya se cerraba la puerta, un hombre agitado y sudoroso había saltado al interior del coche con el poco aliento que aparentemente le quedaba.

Instalándose a mi lado, recostó su cabeza hacia atrás y con los ojos cerrados suspiró fuertemente mientras sostenía, apretado entre sus manos, un bolso gris de tela de avión muy voluminoso.
Un rato después, ya más apaciguado, comenzó a hablarme de las trivialidades comunes a un inicio de conversación entre dos personas que no se conocen.
-Casi pierdo el autobús -dijo con una sonrisa culpable.
-Bueno, todos podemos tener un apurón de estos alguna vez -contesté a sabiendas que sonaba tonto. Pero el hombre me impactó certeramente:
-Es que no todos los días uno puede llenar su bolso con tanta felicidad que el cierre a duras penas llega a cerrar…
Me limité a mirarlo sin saber si me estaba tomando el pelo o si hablaba seriamente.
-Mire -me dijo-, viajo hasta Rosario donde vive mi madre. El año pasado lo único que pude llevarle fue un puñado de angustia y otro de soledad. Claro que ella ya tenía bastante de ambos y no le dio mucha importancia a la nueva ración. La vejez sabe…
-Pero este año -continuó-se llevará una gran sorpresa. Toque, toque el bolso y podrá darse cuenta.
Con recelo y para no quedar grosera, tanteé el bolso gris y sentí su volumen desbordante.
-¿Vio? -siguió el hombre- Y todavía dejé algo en casa.
Asentí en silencio. Se había hecho de noche y casi todos los pasajeros dormíamos.
Después de unas cuantas horas, me desperté sobresaltada cuando mi compañero de asiento me sacudió el brazo:
-Ya casi estamos llegando a Rosario -me dijo-, y metiendo su mano en uno de los compartimientos de su bolso, sacó el puño cerrado como si contuviera algo.
-Tome, yo ya tengo suficiente y mi madre también, con la cantidad que le traigo le alcanzará para el resto de su vida. –Con un rápido movimiento, depositó el aparente contenido de su mano en el bolsillo de mi abrigo.
Habíamos llegado a destino, al suyo.
Desde abajo del autobús, agitó su mano abierta saludándome. Yo hice lo mismo.
Mi bolsillo estaba vacío, pero tenía el corazón henchido del aquél puñado de felicidad ajena.

jueves, 18 de junio de 2009

UNA HISTORIA COMO CUALQUIERA

Se llamaba Elcira o Alcira, para el caso era lo mismo ya que en el barrio le decían la hija de Marga. Era como si el nombre se le hubiera borrado a fuerza de no usarlo ni siquiera para hacer algún trámite. Lo cierto es que ni trámites hacía.
Los más jóvenes la recordaban desde que tenían uso de razón y los más viejos, desde que ella había nacido. Los padres habían llegado desde Europa durante la Segunda Guerra y se instalaron en nuestro bendito país que los acogió con los brazos abiertos, tal es así que a los pocos años y no sin esfuerzo pudieron comprar un terreno yermo en la mitad de la cuadra del pasaje que apenas comenzaba a crecer. A los cinco años de haberse afincado nació Elcira o Alcira.

La casa era de madera con techos de chapa, las paredes del patio que la rodeaban a duras penas alcanzaban el rango de tapial, bastaba con ponerse en punta de pie para atisbar hacia adentro.
Marga, la madre, era pequeña, enjuta, con la gran nariz desfigurada por un moretón permanente que, según se decía, era producto de la coz de un caballo en su pueblo natal de allende los mares. Tenía la voz aguda, tanto que dolían los oídos de sólo escucharla. Era una persona limitada hasta en las nimiedades, pero tenía un corazón de princesa aunque dudo de que supiera que existía ese abolengo. El padre, Heriberto, era un poco más despierto si se quiere, y sólo si se quiere. No presentaba señas física particularmente destacables ni un carácter que lo identificara de alguna manera u otra.
Dicen las malas lenguas, las de los viejos del barrio claro, que el marido solía correr a su mujer desnuda alrededor de la casa de madera como parte de un juego erótico e infantil. Eso antes de que naciera su hija.
Cuando tuvo su primer embarazo la mujer ni siquiera lo sabía, tal es así que cuando llegó el momento de parir se agachó en medio de los yuyos del patio y dio a luz un niño muerto. Quién sabe si se hubiera salvado de no ser por tanta ignorancia.
El segundo embarazo ya la tomó más prevenida aunque jamás se hizo ver por un médico. Por lo menos sabía que llevaba dentro de sí una nueva vida.
Aquella noche de 1950, el esposo desesperado llamó a la puerta de la vecina de al lado diciendo que su mujer sangraba de “allí abajo”.
Cuando la vecina corrió para ayudar, encontró a Marga tendida sobre la mesa de madera de la cocina tomándose el bajo vientre y gritando como loca porque ya había roto bolsa y comenzado el trabajo de parto. A duras penas lograron entre ambos, Heriberto y la vecina, poner a la parturienta en pie al tiempo que la llevaban hasta la puerta y hacían desesperadas señas al carro del basurero que pasaba por la cuadra, para que ayudara en ese momento crítico.
De este modo la subieron como pudieron sobre la tabla pelada al lado del basurero que guiaba a los caballos y así llegaron en tropel hasta el hospital del barrio donde nació Elcira o Alcira que nunca se habría de enterar de tan ingrato momento.
La niña se crió prácticamente sola. La pobre Marga no tenía ni siquiera instinto materno. El padre trabajaba en lo que podía y en lo que iba aprendiendo a fuerza de voluntad y necesidad como albañilería, plomería y esas cosas. Los vecinos resultaron de gran ayuda para que la beba no siguiera el infortunado camino de su hermano.

Más adelante hizo la escuela primaria y allí quedó estancada su cultura fluctuando entre dos mundos que poco tenían en común, es decir, su casa por dentro y el resto del mundo del otro lado de la puerta. Para la época y el entorno no estaba nada mal a decir verdad. Resultó gauchita y buena persona, tal vez porque veía que la gente la ayudaba, así que ella también comenzó a ocuparse de ellos con total desinterés, con la naturalidad de devolver lo que recibía.
El tiempo se llevó a sus padres cuando ella peinaba los cuarenta y pico, sin que supiera nunca lo que era el amor de un hombre.
Era corpulenta, de estatura mediana. La cara regordeta estaba enmarcada por un cabello lacio, mal cortado y casi siempre desprolijo.
Hacía tareas domésticas. También cuidaba enfermos y en el vecindario no le faltaba trabajo ni un bocado para comer.

En el otoño del ’95 don Juan, el viejito de la otra cuadra, cayó con neumonía. Una vez más los vecinos intervinieron y entre todos pagaron a Elcira o Alcira para que lo cuidara, ya que el hombre era soltero y no se le conocía ningún pariente.
Don Juan, igual que Elcira o Alcira, tenía su historia o por lo menos la que le había inventado la gente a fuerza de aguantarse la discreción del viejo.
Se comentaba que don Juan Alberto María del Carril Oviedo y Castañeda oriundo de la Madre Patria, no era tan pobretón como aparentaba en su austeridad cotidiana, austeridad rayana en la miseria, sino que merced a su particular visión de la vida había acumulado año tras año una considerable fortuna en pesos, y alhajas que habían pertenecido a la madre, abuela y demás ascendientes mujeres de su familia.
En algún momento dejó deslizar en sus comentarios que provenía de la flor y nata de la sociedad andaluz. Sus modales eran cuidados y se dirigía a sus interlocutores con una afectación propia de un señor, aunque saliera a la puerta de su casa con pantalón pijama, camiseta y pantuflas gastadas.
Vivía en la esquina mejor ubicada del pasaje San Agustín. Si bien la casa constaba de una sola planta, las muchas habitaciones y la amplitud de las mismas hacían que ésta se viera como el señorial aposento de un amo feudal.
Creíase, no sin razón, que había mantenido su soltería solamente para preservar su patrimonio puesto que de joven se le conocieron varias aventuras amorosas que no pasaron a mayores.
Nadie podía corroborar estos rumores que se mantuvieron incólumes a lo largo de los cincuenta años que llevaba en el barrio.

Ahora que le habían dado de alta en el hospital, el mismo donde naciera Elcira o Alcira, esperaba desde su lecho de convaleciente que su destino se cruzara una vez más con el de esa mujer que lo atendería de aquí en adelante.
Don Juan bien podría haber sido el padre de Elcira o Alcira aunque más no fuera por la diferencia de edad. Por otra parte era evidentemente notoria la diferencia socio cultural que había entre ambos, lo cual no le preocupaba a nadie salvo a una que otra vieja envidiosa y sagaz que estaba dispuesta a limpiar las heces del anciano solamente por ver si podía sonsacarle el dato de su supuesta fortuna.
La hija de Marga golpeó la puerta de don Juan que se cerró tras de ella dejando en el umbral los comentarios insidiosos de aquellos que justamente la habían empujado a la ingrata tarea con el único objetivo de mantener tranquila la conciencia.
Sólo la primera semana le pagaron los vecinos a Elcira o Alcira la magra paga por su dedicación al viejo. Parecía que ellos se hubieron arrepentido, que se dieron cuenta que don Juan podía costearse el trabajo de la muchacha y que la hija de Marga podía beneficiarse a su costa.

Lo cierto es que la mujer salía nada más que a realizar las compras. Se veía desde la vereda la ropa colgada en la terraza: muchas sábanas, toallas y ropa interior de don Juan. Era evidente que la salud del viejo se deterioraba día tras día. Los vecinos notaron en varias oportunidades la ambulancia en la puerta del hombre. Todo eran conjeturas en el barrio. Elcira o Alcira casi no iba a su propia casa más que cada tanto para abrir las desvencijadas ventanas y orear los húmedos ambientes.
Promediaba el invierno. Las calles estaban casi vacías, los corrillos callejeros finalmente se habían acallado y la gente se ocupaba cada una de sus propios asuntos. Ya casi no se hablaba de don Juan.

Un día, el menos esperado, volvió la ambulancia a la casa del viejo. Detrás de las persianas entornadas la chusma pispeaba descaradamente, ávida de noticias después de tanto tiempo de aletargado silencio.
Al cabo de casi una hora la ambulancia se retiró sin llevarse al paciente.
Esa misma noche la atribulada pero impecable señora Alcira Sanz de Del Carril Oviedo y Castañeda, participaba a sus vecinos el fallecimiento de su esposo don Juan invitándolos a la misa In Memoriam que se realizaría al día siguiente antes del sepelio en Cementerio privado.
La flamante esposa-viuda sepultó junto al esposo su propio pasado y abandonando su casa de madera con techos de chapa, se afincó en la casona de la esquina que remodeló coquetamente.
Y cada tarde cuando henchida de afeites salía a casa de sus nuevas amistades para jugar a la canasta, los vecinos del barrio ésos que antes no sabían si se llamaba Elcira o Alcira y era la hija de Marga, la saludaban con un gesto obligado y resentido porque se habían dado cuenta que ellos le habían ofrecido gato y finalmente ella había cocinado liebre.


(En Argentina, “hacer pasar gato por liebre”, significa dar una cosa por otra, engañar)

lunes, 15 de junio de 2009

LA SOMBRA

El hombre sabía que era el grillete de su propia sombra y también sabía lo que significaba perderla.

No quiso que la metáfora cegara su razón, pero aún así se quedó mirándola con miedo. Le parecía que cada vez se hacía más pequeña, tanto como su acotado universo.

Y en el último instante, cuando la vio desaparecer bajo sus pies, creyó que su hora había llegado y lloró amargamente sin siquiera darse cuenta que sólo eran las doce del mediodía y que su sombra descansaba, furtiva, en la suela de sus zapatos.

1º Premio de Microrrelatos “La nave fue y volvió”, desde Río Gallegos, Argentina, para el Mundo, 2008


viernes, 12 de junio de 2009

EL OCASO DE LAS BESTIAS


-¿Hacia dónde se escapó el tiempo? – Pregunté a los cielos que orlaban de anaranjado los confines de aquella planicie muerta.
Nada. Ni un murmullo. Sólo el silencio absoluto de un mundo que agonizaba entre la espera y las lágrimas secas de los pocos habitantes que en él quedábamos.
Se habían acabado las noches con su luna y los días con el sol que yo había conocido. Hacía frío pero no había con qué taparse. Recordé con nostalgia mis viejos abrigos gastados, aquellos que alguna vez había rechazado, y no pude comprender esa paradoja del destino.
Tenía los pies lastimados de tanto caminar sin encontrar nada. Cada llaga que sangraba era una batalla perdida, pero la soledad me asfixiaba y me obligaba a seguir aquella senda de desventuras.
Era en ese momento cuando el instinto de supervivencia me empujaba hacia una memoria que no debía perderse del mismo modo como se había perdido el mundo. Yo sabía que en algún lugar de la Tierra tenía que haber gente como yo, empeñada en la búsqueda desesperada que nos llevara a un reencuentro más allá del idioma, el color de la piel o el dios que adorásemos. Era algo muy superior a todo, más aún que la vida misma, porque sin esa necesidad de búsqueda simplemente no valdría la pena haber sobrevivido.
Atrapado en la soledad uno reconvierte la ignorancia de sus odios y mezquindades en una respuesta simple que lleva a repasar los días que perdimos por la necedad de nuestros actos, por jugar a ser omnipotentes, por no creer que la vida tiene límites pero no así la destrucción y la barbarie.
Pensaba con tristeza pero sin lágrimas, porque ya se habían evaporado junto a los millones de muertos que engrosaron con sus almas las huestes de los cielos. Pensaba como un ejercicio aleatorio pero necesario, con el único propósito de no repetir los mismos errores si alguna vez Dios y el Universo me regalaban la oportunidad de encontrarme con alguien.

De vez en cuando me sentaba para descansar y beber las últimas gotas de agua que había podido acarrear conmigo, pero con ellas también se iban las últimas gotas de mi aliento.
En otras oportunidades encontraba en mi camino trozos de vías y de vagones desvencijados, que en fantasmagórica formación se asomaban entre la tierra calcinada como parte de un osario irreverente, donde carcomidos letreros rememoraban el nombre de estaciones perdidas y hacían las veces de un epitafio que no hubiera tenido que ser. Rosario, San Jorge, San Francisco, Santa Fe y tantos más que mi obnubilada memoria ya no recuerda. Y allí yacente, como casi todo lo demás que me rodeaba, encontré la carcaza de una locomotora Diesel con su enorme humanidad carcomida por el óxido y el olvido.
Imposible no pensar en el tren. El tren, acortando distancias con la fuerza de un gigante mientras se escuchaba el traqueteo de la máquina sacándole chispas al metal de los rieles.
¡Quién pudiera volver a compartir un viaje con la gente, con mis hermanos del mundo!

Mis pensamientos se sucedían sin tregua en esperanzas vanas. Era entonces cuando más me dolían los pies y cuando más me sangraba el alma.
No recordaba el día del holocausto. Ni cuándo ni dónde, como si el tiempo se hubiera estancado en insólitas tumbas de milenios y las pasiones que dominaron una vez al mundo se encontraran dentro de un reloj de arena escurriéndose dentro de su celda de cristal atrapadas para siempre, como yo, a una vida seca.
¡Qué hubiera dado por ver nuevamente un árbol, la magia verde de sus hojas, el olor embriagador de la madera, la dulzura de sus frutos! ¡Tantos que había! Si hasta vagaba con mi pensamiento entre aquellos bosques ausentes, disfrutando de su sombra imaginaria y sintiendo la brisa suave que se había escurrido un día entre las ramas crujientes por el gozo de la vida.
Imposible olvidarse de los pájaros. ¿Qué cielo los habrá recogido después del último día? Tal vez y sólo tal vez se hayan convertido en nubes de plumas que alimentan los sueños de los ángeles a la espera de que algún niño pueda nacer desde el vientre mártir de una madre como un Fénix resurgiendo de las cenizas de este infierno del que somos responsables.

¡Tantas cosas se perdieron en el campo de la arrogancia, que ni campos han quedado para que los labren mis manos, aunque sé que estando sola no podría hacer nada!
Con la impotencia de los locos caí de rodillas hundiendo mis uñas en la tierra y al instante brotó la sangre de mis dedos abonando la cuna estéril de un oasis perdido para siempre.
Grité, no de dolor porque la devastación había curtido mis carnes sino de rabia porque esa misma devastación no había podido curtir mi alma, y luego como en un rito pagano oré por los caídos, aunque nunca supe si mi plegaria había llegado a destino porque el viento que debía elevarla yacía estático en su lecho de sombras.
Con los ojos velados por los recuerdos seguí mi camino hacia la nada y al levantar la cabeza que llevaba gacha vi al hombre ¡Oh, hermano! Y por primera vez, después de aquella última noche, nos abrazamos para llorar las ausencias que ya eran fantasmas del pasado.

martes, 9 de junio de 2009

TIEMPO DE AUSENCIAS


Calle del Alma, otoño de 2007

Querido mío:

Yo sé que tendría que haber escrito esta carta hace tiempo, pero en realidad no podía encontrar las palabras más eximias para expresarte lo que siento.

Hoy en cambio, despliego las alas de mi corazón dormido y echo a volar mi amor por ti de la manera más simple pero a la vez más pura. Porque aunque no lo creas, ahora que los años pulieron mi lenguaje primigenio, ahora que soy dueña del tiempo porque el pasado ya no me duele, sólo ahora me siento libre para decirte cuánto te amo.

Y hablando del tiempo, quiero que sepas que a causa de mi desesperación por no tenerte perdí uno a uno mis recuerdos, y en la maraña que fueron tejiendo esos años, quedé enredada para siempre en el murmullo de tu voz, en la caricia de tu mirada y en el calor que irradia tu nombre cuando al pronunciarlo lo hago mío.

Ésta es la magia de escribir una carta, todo lo que digo me pertenece.

No te puedo negar que a veces te fui infiel aunque más no sea con el pensamiento. ¿Pero qué podía hacer? Mientras tú construías tu vida a lo lejos, yo debí conformarme con la compañía de una ilusión.

A pesar de todo viví con la esperanza de que algún día el abismo que nos separaba se convirtiera en el camino que uniera nuestras fronteras. Y aquí estoy, diciéndote lo que siento sin tapujos sólo porque intuyo que no leerás esta carta, simplemente porque no sabría dónde mandártela. Hay lugares que no tienen dirección y ocupan solamente el espacio del amor.

Me dijeron que tu felicidad se truncó antes que la mía. ¿Será cierto? Si es así tal vez estés a tiempo de escuchar el latido impetuoso de mi corazón, si no lo es, volveré a quedarme sola embebida en la nostalgia de perderte para siempre.

Te amé y te seguiré amando aunque nunca lo hayas sabido, aunque se me acabe la vida de tanto repetirlo y aunque las noches sean sólo el maquillaje ajado de mi dicha.

Desde el alma, para ti, donde te encuentres.

Eugenia

sábado, 6 de junio de 2009

DE LA CRONICA DIARIA


A duras penas había conseguido que mi suegra firmara un poder para que yo cobrara la mísera pensión que percibía. Es que no me parecía justo que anduviera arrastrando su artrosis por las calles de Buenos Aires tratando de llegar al Banco, aunque ella entendía que este simple acto era un asalto a mano armada con toma de rehenes incluido. Por fin y con la desconfianza pintada en su cara aceptó rubricar el documento, no sin antes asegurase que volvería con el dinero del rescate cumpliendo fielmente las condiciones de la negociación.
Así que llegando que hubo el día de pago, me trasladé a la sucursal que correspondía con el flamante carnet de apoderada, último recibo, documento de la titular y el mío propio.
Sin sorpresa, me instalé última en la cola de los jubilados que desde temprano hacían guardia en la puerta del Banco y ahora al no haber más lugar donde continuarla, pues ya doblaba la esquina, se enroscaba sobre sí misma dando tres vueltas a la manzana.

Al cabo de dos horas apenas si se había adelantado un poco y como yo no estaba segura si me faltaba algún comprobante que me acreditara, me dispuse a entrar al Banco para hacer las averiguaciones del caso y no seguir esperando inútilmente.
De esta manera abandoné mi lugar, pero cuando trataba de acercarme a la puerta comenzaron a escucharse gritos y amenazas de parte de los abuelos que me conminaban imperiosamente a volver a la cola ya que creían, erróneamente, que estaba a punto de infiltrarme entre sus filas cual espía internacional para apoderarme del objetivo antes que ellos.

En vano intenté explicarles que yo no me quería colar.
Pero el descontento ya se había generalizado y quién más quién menos me agredía como podía.
Algunos me insultaban a viva voz:
-¡¡A la cola, caradura!!-.
-¡Tener el tupé de venir a colarse! ¡Vergüenza debería darle!-.
-¡Ya vas a llegar a vieja vos también y vas a saber lo que es que te pasen por encima!-.
Otros me codeaban sin miramientos tratando de alejarme de la puerta y haciéndome un piquete para evitar que entrara, incluso un viejito de bastón se las ingenió para hacerme caer mediante una hábil zancadilla mientras un alud de ancianos malhumorados se lanzaban contra mí pisoteándome, a tal punto que sólo la intervención de los policías que custodiaban el Banco logró impedir el linchamiento en curso y fui liberada.
De todos modos ni siquiera pude preguntar lo que necesitaba porque me vi impelida a regresar a mi lugar de origen bastante maltrecha y ciertamente asustada.
Pero ¡Oh, sorpresa!
A estas alturas “mi” lugar había sido rápidamente usurpado por otros jubilados que iban llegando y tomaban posiciones con un régimen de formación tan estricto, que no sólo tenían sus propios códigos sino también sus dirigentes elegidos por votación directa.
Busqué infructuosamente al último abuelo de la cola, pero me vi en la necesidad de preguntar para no pasar por otro episodio de agresión senil.
Los viejos me miraban con antipatía y hostilidad pero igualmente me indicaron dónde debía colocarme, disfrutando de antemano el hecho de que tuviera que dar dos vueltas más a aquella rosca humana.

Asegurándome de no volver a transgredir las normas establecidas, me quedé dura en el lugar para no incomodar a nadie, mientas un cotorreo infernal se alzaba en derredor y obraba en mí como un soporífero:
-...Cobro la mínima ¿cuánto quiere que cobre?...
-...y yo le dije al doctor que ese dolorcito no se me iba…
-...pero cuando hice los trámites para la pensión no…
-...en la radiografía se ve clarito, clarito…
-...esta cola de porquería que no se mueve. Seguro que los cajeros están tomando café…
Pasaron cuatro horas. La cola se movía lenta y pesadamente.
Algunos abuelos ya no se podían tener en pie y se sentaban o se recostaban sobre la vereda para descansar un rato antes de llegar a la meta tratando de no morir en el intento.
Otros habían llevado el almuerzo en táper multicolores.
Un poco más adelante alcancé a ver a dos camilleros que introducían en una ambulancia a una viejita desmayada porque no había podido soportar tanta burocracia.

Cuando al fin, exhausta, llegué a la ventanilla correspondiente y pasé la documentación por la abertura bajo el vidrio de la caja, el empleado efectivamente dejó la taza de café en un costado, se sacudió las migas de las galletitas que decoraban su corbata, y con cara de fastidio dijo:
-Certificado de Supervivencia de la titular por favor y el del servicio en la Legión Extranjera del cónyuge fallecido.-
Tan atónica quedé que no pude reaccionar con rapidez, tal es así que llamaron nuevamente a los policías de la puerta quienes me sacaron a la calle argumentando que mi lentitud dificultaba el normal flujo de jubilados que esperaba para cobrar.
No cobré y tampoco volví al Banco.
Mi suegra se encargó de cobrar su propia pensión y yo de pagarme el analista al que tuve que acudir después de estos acontecimientos.
Eso sí nadie me quita el mérito, a pesar de todo, de haberme graduado como Master en Cola de Jubilados tan sólo en un día.

miércoles, 3 de junio de 2009

EL HOMBRE Y SU QUIMERA (Para "El automóvil en la cultura", Radio Nacional, Buenos Aires, Argentina)

La tarde de verano se desmembraba muy lentamente, atrapando al hombre que no lograba dejar sus huellas sobre la vereda porque el calor asfixiante las evaporaba al instante. Le pesaban esos pasos cansinos realizados por la obligación de cumplir con un trabajo mediocre y mal remunerado que no hacía más que aumentar su desasosiego y su abandono.
Hasta que en una cuadra cualquiera, eso no importaba, vio un auto pequeño, viejo y solitario casi como él mismo que ostentaba el lacónico cartel de “Se Vende”. Se detuvo un instante frente a él y creyó ver su propia alma metálica, tan carente de esperanzas y tan repleta de pesares.
Surgió entre ellos un brillo extraño, inmaterial, absurdo. En el auto, reflejado en sus cristales sucios y deslucidos. En el hombre, sobre sus ojos claros y expectantes.
Era evidente, sin embargo, que algo tangente flotaba como un mágico halo en derredor de aquella escena surrealista robada a un tiempo distinto del nuestro. Nadie hubiera adivinado de qué se trataba, nadie hubiera podido dar crédito a un sentimiento surgido entre un hombre y una máquina...
Desde aquel día esperaban ambos el reencuentro diario y silencioso cimentado sobre la angustia de no saber cuándo el auto pasaría a ser propiedad de algún desconocido afortunado.
El hombre comenzaba a desesperarse, contando día tras día los ahorros que nunca llegaban a sumar la cifra estipulada. Cada día perdía los estribos cuando estaba por doblar la esquina de aquella cuadra, esperando encontrar el lugar vacío donde él había hallado su tesoro de lata.
Al cabo de unos cuantos días interminables y grises, el timbre de una casa sonó con inusual insistencia. Poco después el hombre que lo había oprimido, el mismo hombre prisionero de su quimera, salía de la casa como si hubiera estado trasponiendo la puerta de una cárcel imaginaria, llevando entre sus puños apretados los papeles que lo convertían en el dueño del auto.
Se aproximó a él. Fue como la ceremonia de un rito pagano donde algo, más allá del espacio, aceptaba aquella unión despareja y extraña.
El hombre abrió la puerta con el corazón palpitante, alerta.
Se sentó en el asiento sucio y deslucido, en realidad incómodo, mientras las llaves resbalaban entre sus dedos sudorosos negándose a girar en la danza de la marcha.
Al fin, con un rugido de triunfo, el auto viejo se puso en movimiento agradeciéndole al hombre por haberlo arrancado de su silencio, de su letargo obligado. Y el hombre...
Al hombre le crecieron ruedas y fue perdiendo sus pisadas.
Las manos se le hicieron volante-palanca-cambios y olvidó el sentido del tacto que dejó grabado entre sus nostalgias. Sus ojos se abrieron en pequeños parabrisas y se aunaron en el brillo de metálicas miradas. Desde ese momento el hombre dejó de ser solamente hombre y el auto dejó de ser solamente máquina.
El camino cotidiano astillado de rutina hacia su trabajo, se había transformado desde ese momento y como por arte de magia, en una explosión de anhelos cumplidos y senderos de esperanzas.

lunes, 1 de junio de 2009

RECUERDOS DEL PASADO


Se detuvo vacilante en la bifurcación del camino y se tomó su tiempo para decidir cuál sería la ruta apropiada que debía seguir. Aquí no había carteles indicadores y un poco más adelante cualquiera de las sendas comenzaba a introducirse entre el abigarrado follaje que pugnaba por recuperar el terreno perdido en alguna oportunidad no muy lejana.
El caminante se sentó cansadamente sobre un tronco caído y luego de beber un poco de agua, dejó que su vista se perdiera entre aquel oleaje verde y oloroso donde la magnanimidad de la naturaleza le ofrecía el cálido remanso de sus hijos. Esta comunión con los sentidos aunaban al hombre con el medio que lo rodeaba en un rito antiguo, sublime, donde una cascada de sentimientos fluía incesante desde sus entrañas e inundaba el éter con las cálidas vibraciones de su frescura.
Desde la Madre Tierra se elevó un hálito mineral y profundo sacudiendo las fibras interiores de aquel cuerpo cansado y encendiendo la chispa eterna de la creación que se manifestaba por doquier en la plenitud de aquel paisaje virgen, mientras la tarde ocultaba su esfera radiante tras el verde cortinado de los árboles.
Al hombre le parecía mentira que estuviera allí con un propósito tan manifiestamente opuesto a la canalización de sus propios deseos. Pero era su trabajo. La compañía constructora, ese monstruo gigantesco cuyos innumerables brazos hacían y deshacían según contaran sus intereses, no había vacilado en ordenar el aniquilamiento del ecosistema para poner en marcha el proyecto de construir sobre la futura tumba natural, los cimientos de una gran autopista a través de la cual se comunicarían las más importantes ciudades del país. Un gran adelanto, decían. Una gran ventaja, se ahorraría tiempo y se ganaría dinero...
Y lo habían enviado a él y a su equipo para evaluar los terrenos, para determinar posiciones, para calcular distancias entre titánicas columnas de hormigón y para darse cuenta que irremediablemente iba a ser parte de una destrucción indiscriminada y materialista donde la naturaleza quedaría relegada a un espacio aéreo vacío y gris.
El hombre se sintió culpable aunque no era más que un ínfimo engranaje de aquella máquina infernal llamada progreso. Hubiera querido marcharse de allí para no tener que cumplir con su cometido, o quedarse para seguir disfrutando de esa porción del Edén, pero como no podía hacer ambas cosas al mismo tiempo, un cúmulo de sentimientos comenzó a ahogarlo y veló sus ojos en el crepúsculo de estío que estaba a punto de ser mancillado por las absurdas estadísticas que escupían las computadoras sin cesar.
Se levantó sin ganas y decidió volver sobre sus pasos para reunirse con sus compañeros. No miró hacia atrás. Decidió llevar grabada en su memoria la magnífica postal que mañana sería un recuerdo del pasado.