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lunes, 17 de octubre de 2011

EN BUSCA DEL HORIZONTE

Cuando el avión levantó vuelo pensó que estaba alcanzando la utopía tan ansiada, la misma que se perfilaba en el otro vuelo, en el de su imaginación, cuando intentaba viajar a través de ella hacia la tierra de sus mayores, allí donde sus raíces habían hecho de la semilla, cien árboles.
Se sintió el pasajero de sus propios sueños y no pudo evitar que un nudo le oprimiera la garganta ni que una lágrima le nublara la visión. Pero, recomponiéndose, comprendió que necesitaba estar mejor que nunca para abrazar, junto a su familia, la historia de aquel equipaje de vida que llevaba prendido a su alma de niño.
Y allí estaba ahora, con el océano debajo de aquellas alas, las del avión o las suyas, eso no importaba, cualquiera de las alas que lo llevara a su destino serían las adecuadas.

miércoles, 1 de junio de 2011

RAÍCES

La noche, bajo las estrellas, se había convertido en nostalgias para el viejo. Tenía casi noventa años, o eso creía. Volvió en el tiempo recordando el antiguo aparato de televisión en blanco y negro, aquellos teléfonos con disco, inmensos, el bolígrafo “Bic”, y tantas otras cosas que se le habían quedado prendidas en la memoria.

Después vino la era de la tecnología y todo se revistió de computadoras, softwares, videos…. Pensó que nunca se adaptaría a ellas, y sin embargo, a sus cincuenta años vivió rodeado de máquinas que se le hicieron imprescindibles.

Y ahora…

¿Cómo sucedió todo? Se preguntó a sí mismo sin encontrar respuestas. Ahora la tecnología era su último recuerdo, pero estaba bien que así fuera. No quiso perder el concepto del pensamiento, entró lentamente a la cueva, y a la luz de un pequeño fuego dejó la impronta de sus manos sobre la pared de piedra.

viernes, 11 de marzo de 2011

SOBRE LA NUCA


La escarcha cubría todas las superficies en aquella madrugada de invierno. En la calle no había ni un alma, salvo los semáforos que perdían el tiempo haciéndole guiños a nadie, y la estatua de la plaza, nívea de mármol y de hielo. Pero ellos no tenían alma. Un poco más allá, el túnel que unía el centro de la ciudad con los suburbios, se abría como una boca amenazante apenas iluminada por un farol de morondanga, tan miserable que ni siquiera inspiraba un tango.

Uno de los policías bajó del patrullero para estirar las piernas, la guardia nocturna era la peor. Le pareció escuchar un ruido. En aquel silencio los ecos se hacían gritos. Miró hacia la esquina, nada. Barrió con la mirada hasta la subida del puente, nada. Sintió el escalofrío del peligro y tuvo miedo. No era para menos, los fantasmas de sus muertos jamás dormían.