
La cabaña es íntima, acogedora, invita a perderse entre los vericuetos del placer. Y nos perdemos, así, sin más prolegómenos que la pasión que nos consume, como una hoguera fuera de control donde no nos importa morir abrasados.
Álvaro apaga los móviles, dejándolos caer sobre la alfombra. Me toma por la espalda mordiéndome suavemente el cuello, sabe que este juego me enardece hasta los límites de la desesperación. Me doy la vuelta y lo beso apasionadamente enredando mi lengua a la suya, dentro de su boca, al tiempo que le desabrocho la camisa, el pantalón y el alma…
Las manos de él se escapan bajo mi falda perdiéndose entre mi sexo, lo recorren, se detienen de improviso, intentan hacer noche en su tibieza. Me entrego sin reservas, incapaz de contenerme, simplemente porque no quiero. Todo se acelera, los movimientos, los gemidos, el sudor que barre nuestra desnudez reflejando su brillo sobre la piel.
Cuando la excitación puede más que el juego mismo, el placer estalla entre nuestras piernas y el doble orgasmo rasga la noche, mientras, aferrada a su cintura, acabo la carrera junto a él, tocando el cielo hasta donde he llegado y descendiendo hasta el infierno de nuestra lujuria. Los leños de la chimenea se quedan envidiando nuestras propias llamas que hoy son inmensas, eternas y sin retornos.
