Mostrando entradas con la etiqueta Monólogos de Isolda. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Monólogos de Isolda. Mostrar todas las entradas

martes, 5 de enero de 2010

CAPÍTULO IX: POR EL AMOR DE ISOLDA


Isolda, cubrid vuestra desnudez con el manto de mis labios que han quedado prisioneros en los contornos de vuestro cuerpo. Dejadme una vez más ser el hechicero que os quita el aliento en cada beso amoroso y os lleva sin pensarlo al éxtasis de la gloria.
Dejadme acariciaros hasta que mis dedos pierdan el tacto de tanto repasar vuestros contornos que me ofrecéis sin reparos, que soy caballero mi bienamada, pero sobre todo soy un hombre sediento del amor que me profesáis y del cual hago un culto donde ofrezco el sacrificio de mi libertad.

Vuestros jadeos de placer son como el estruendo de las olas al romper contra la roca, son el canto embriagador de la sirena que me atrae hacia los abismos negros de sensaciones inimaginables, son el grito mártir de esta noche que va muriendo en la insensata cabalgata que los hados no postergan…

¡Sois mía, Señora! ¡Sois mi musa y mi vida!

¡Cielos, no dejéis al ingrato sol asomar en el alba! ¡Que esta noche sea eterna, como eterno es mi amor por Isolda!
¡Cielos, perpetuad la noche, no descolguéis la luna!

lunes, 9 de noviembre de 2009

CAPÍTULO VIII: ROMANCE DE ISOLDA A DON ALFONSO


Así don Alfonso, mi señor, que me hubisteis amado
sobre el lecho impoluto de virgen en un tiempo robado,
junto a la castidad perdida, tesoro que os he entregado
por el amor que os profeso y por el amor
que os he dado.

¡Válgame Dios, Señor, que mi alma habéis mudado!
¡Válgame el Cielo que con su sol nos ha alumbrado!
Que si morir debiera en este día templado
moriría feliz en vuestros brazos por haberme entregado
a caballero que en su gloria mi corazón ha atrapado
mensajero de la mía gloria que en ella, gozosa,
me habéis dejado.

No conocí hombre que en mi morada hubiera entrado
ni lides en amores que conociera mi pobre enfado,
más don Alfonso, Rey de mi alma, os habéis quedado
con mi corazón sediento de amor que espera
cual un tornado

vuestros besos y vuestras caricias… ¡Mi bienamado!
Las intrigas que se urden detrás de los cortinados
no son sino fantasmas volviendo del impío pasado,
no son más que un trago de viejo vino agriado
en boca del infante infame que yo he despreciado.
Ahora que la vida es vuestra espada y mi cayado,
ahora que mis sueños fueron por bien soñados
y en la boca del deseo han quedado aprisionados,
ahora he dejado de ser doncella sólo para ser luna
en vuestro cielo estrellado.

lunes, 28 de septiembre de 2009

CAPÍTULO VII: PLEGARIA DE DON ALFONSO A LOS CIELOS...

¡Oh, qué dulce saben vuestros húmedos labios! ¡La levedad de vuestro cuerpo se hace música en mi boca! Sois, mi señora, la magia que en mi corazón anida estallando en gozos y alboradas.
Vuestra piel es terciopelo acariciando mis manos y mis manos son mariposas aleteando entre la calidez de un campo poblado con las flores de mi pasión arrebatada que ya se hace hoguera sólo con tocaros...

¡Oh, bienaventurados sean los cielos que me han colmado con la dádiva de teneros entre mis brazos! Perpetuad este momento de gloria que atesoraré hasta el día de mi eterno descanso. Haced que el jadear de mi señora junto a este pecho palpitante se inmortalice para siempre en el reino sublime de nuestro amor y de él emerjan los frutos almibarados que nos alimenten en el desierto de las intrigas que se urden a nuestras espaldas.

¡Cielos, atended mi súplica!

¡Cielos, no abandonéis a este servidor! Os prometo que haré honor a este momento y defenderé a Isolda con la fuerza de cien leones, que no habrá Infante don Juan Miguel ni esbirros que le sigan y que se interpongan entre ambos, que no pagaren con su sangre la afrenta de traicionarnos. Desde hoy esta torre donde yace Isolda junto a mí, entre finos mantos de lino, será el altar que veneraré en silencio…

¡Cielos, os lo juro! ¡Mi espada pongo por testigo y mi alma por honor!

sábado, 12 de septiembre de 2009

CAPÍTULO VI: DOS CORAZONES Y UN SECRETO

Acercaos don Alfonso, tomad mi mano y con ella mi alma, que no hay bien más preciado sobre la tierra que vuestro amor. Haced vuestros mis labios y mi cuerpo todo que ya clama a gritos por vos, incapaz de resistirse un ápice a tan gentil caballero.

Más no os olvidéis que nuestro amor está sellado por el secreto a causa de este reino infame, que de sólo descubrirse, seremos dos en una tumba.
Mil intrigas se urden en castillo, mi señor, que no se quedará el infante don Juan Miguel sin su presa.

Más ¡Ay de mí! Que el destino del reino me empuja sin remedio a sus brazos viles y lujuriosos sin que mi corazón se atreva siquiera a imaginarme entre ellos. No seré yo, mi bienamado don Alfonso, quien alimente los fantasmas de tan ruin cortesano. No lo seré ni aún si me fuera la vida en ello, que muerta prefiero estar que sucumbir a sus apetitos.

Sólo vuestro amor me alienta y tensa mi lira con las dulces melodías de la vida. Esta vida que es vuestra porque yo os la he ofrecido, esta vida que ya no me pertenece y que pongo en vuestras manos y en vuestro corazón.

Mi señor, ¡Os pertenezco! ¡Tomadme! ¡Pues ardo en vuestra hoguera!

miércoles, 2 de septiembre de 2009

CAPÍTULO V: MONÓLOGO DE DON ALFONSO

Mi Señora, no digáis tal cosa que mi corazón se escuece a los rayos del sol que destilan vuestros ojos. No he de beber vuestras lágrimas porque no permitiré que afloren desde el manantial cristalino que se esconde entre vuestras pupilas.

Más sí he de beber vuestros besos, ambrosía que ni los dioses conocen. Dulces brevas del alma vuestra que en mi boca se hacen miel y canto.

¡Sí, Isolda! ¡Os amo, mi Señora y mi Vida! No debéis suplicar por lo que mi corazón grita a los cuatro vientos, no dejéis que vuestro amor por este humilde caballero os nuble la razón. Pues antes moriría ahogado en el caudaloso mar de la incertidumbre que veros presa de la súplica traicionera.

A vos os digo mi amada Isolda que no existen los avernos estando a vuestro lado, los huracanes cambian de rumbo y las marejadas me elevan hacia lo eterno. ¡Os amo con la pasión de un volcán!
Vuestras son las estrellas y mis labios que os besan perdiéndose en el tierno remanso de vuestra boca.

sábado, 29 de agosto de 2009

CAPÍTULO IV: EL GRITO DE UN CORAZÓN

¡Cómo no aceptarla, mi señor, si antes que filo tiene pétalos de rosa y antes que sangre tiene amor! ¿Es que no veis el sol que mis mejillas arroba ante vuestra presencia y valor?

¿O creéis acaso que vuestra espada sólo acalla los ecos de una garganta cortada?

¡No! Yo os digo que si este sol dejara de brillar, el rojo de sus rayos viviría por siempre en mis mejillas solamente por nombraros…

¡Levantaos! ¡Vive Dios! No hinquéis en tierra vuestra rodilla, porque al veros yo hincaré las dos. Decidme os lo pido, la palabra santa, la que trueque el abismo de mi vida en pos de los sueños que por vos atesoro.

¡No calléis! Las barbacanas se poblarán de saeteros pero mi alma os traerá hacia mí con las límpidas alas de la vida.

¡No calléis! ¡Decidme que me amáis! Y se alzarán los puentes levadizos que os darán paso al castillo de mi gloria. Bebed de mis lágrimas si queréis, pero también bebed de mis besos…

viernes, 14 de agosto de 2009

CAPÍTULO III: EL REGRESO DE DON ALFONSO

Yo he sido mi señora… don Alfonso Güiraldez de Castilla y León, para serviros…

Tiempo ha que no os veo, pero ese mismo tiempo en lugar de traicionar vuestro recuerdo se ha hecho cómplice de mi sorpresa, pues ayer he dejado a una niña y hoy encuentro en vos la más bella mujer que haya visto en mi transitar peregrino por esos caminos de Dios.

¿No recordáis acaso la rosa púrpura que entre vuestras manos deposité antes de emprender la marcha en nombre de nuestro Rey? Recordad Isolda, recordad, os lo pido… Tenía la rosa el mismo carmín que vuestras mejillas aquella vez y el mismo que tiene ahora.

Que no os asombre mi presencia señora, pues fue vuestra propia criada quién me envió recado para ayudaros en castillo. Presto me puse en marcha con las primeras luces del alba y aquí me tenéis, listo para defender vuestro honor.

¡Voto a los Santos del Cielo que no dejaré que nadie mancille la lozanía de vuestra frente que en alto debe continuar para que vuestros ojos sigan siendo los faros que me guíen en medio de la tempestad!

Decidme señora, os lo suplico, que aceptáis como vuestra guardiana al filo de mi espada…


miércoles, 5 de agosto de 2009

CAPITULO II: ISOLDA Y LAS VOCES


¡Virgen Santísima! ¿Acaso es la voz de don Alfonso la que escucho?
No, no debo ilusionar mi alma por el loco desvarío que la conciencia me juega. Es seguro que el eco de otras voces retumban dentro mío con el engañoso sonido de la distancia embozada en el sentimiento que me corroe las entrañas cuando en mi caballero pienso.

¡Ay de mí! Prisionera soy de mis recuerdos, más los barrotes de mi celda claman por el carcelero de capa y espada, mi Señor…
Tiempo ha que no le veo y tiempo ha que sufro y peno. ¿Puede el amor cegar la razón y obnubilar mis sentidos? ¿Amor…? ¿Qué digo? Mi boca habla a través de mi corazón traicionando mi secreto… ¡Callad insensata! Los muros escuchan y en el aire se escapan mis murmullos hacia oídos que están esperando ávidos para dar la estocada. ¡Callad boca mía! Dejad que los rosales escondan sus espinas cuando mi corazón late con la fuerza de un huracán, no sea que desgarren mis sentimientos y ahoguen en sangre mi clamor…


Pero ¿Qué revuelo es el que se ha desatado en el Patio de Armas? Los soldados vienen escoltando una noble figura apeándose de su corcel negro, tan negro como la larga noche que me acompaña en mi desdichado pasar.

¿No es acaso don Alfonso quien caminando con bravura hacia los almenares se dirige? Tal vez sea la magia negra que el infante don Juan Miguel me envía por su agorera creyendo que cederé a sus apetitos sin librar lucha… ¡Válganme los cielos que seré hierba de camposanto antes que doblegar mi honor bajo las garras del infame!

¿Quién viene a estorbar mis pensamientos en momentos tan desolados?
¿Sois vos Isabella?
¡Podéis pasar mi doncella! ¿Quién os ha enviado? ¡Decidme!

sábado, 18 de julio de 2009

CAPÍTULO I: EL CLAMOR DE ISOLDA

¿Cómo podré vivir, cielos, entre la intriga que el castillo encierra? ¿Cómo huir del Infante y su lujuria que se pierde tras mis pasos sin que mi alma ceje en el empeño de rechazar su arrojo?
¡Válgame Dios! En mala hora me habéis dado el don del que yo reniego, que por ser hermosa sufro y peno, que sólo por ser doncella de noble estirpe los caballeros de Castilla osan mancillar mi nombre por no poder mancillar mi cuerpo.
¿Dónde estáis don Alfonso, dueño de mi corazón y de mi vida? ¿Dónde vuestra espada cuyo filo corta el aire que respiro y la rosa que una vez me ofrecisteis como prenda?
¿No escucháis acaso el palpitar de mi corazón desbocado que pugna por vuestra presencia y vuestro honor? No pisaréis las barbacanas sino por arte de saetero que el castillo defiende, más soy yo quien debe ser defendida por vos y por los cielos que cubren mi desdicha…
¡Ay de mí! Noche traicionera que develáis mis sueños ante los ojos del mundo. Más los sueños de esta doncella jamás serán abandonados porque de los sueños vivo, a los sueños me debo y sin sueños soy una sombra sobre el muro.
Yo os lo digo noche amarga, como que Isolda es mi nombre aunque mi Señor no lo pronuncie más que entre el eco de su pecho…