La noche era apenas un manchón oscuro y sin gracia. El hombre pensó que la luna nueva, estaba como él, perdida en otro cielo que no era el suyo.
Se paró delante del veinticinco de la Calle del Sol. El rictus de una sonrisa irónica cruzó su semblante pensando en la paradoja: de noche, sin sol y sin luna, las sombras se pegaban a las paredes como fantasmas del pasado.
Y él justamente venía a encontrarse con el suyo. Sabía que detrás de aquella puerta lo esperaba, o la redención de toda su vida o la implacable guadaña de su conciencia. Recordaba el día en que se había ido en busca de sus quimeras, abandonando a su familia, destruyendo un hogar, perdiéndose parte de la vida que él mismo había engendrado. Suspiró profundamente y tocó el timbre.
Aún antes de que la puerta se abriera, ya era un hombre nuevo.
Fotografía: Raúl Buenaposada Castillejo
¿Por qué me mira así? No sea descarado, no es de caballero desnudar, aunque sea con la mirada, a una mujer decente. No se fíe de mi sonrisa, no es de complacencia. Sepa que me turba. Sus ojos tienen un brillo fuera de lo común, y eso que estoy acostumbrada a que me admiren y hasta que se les caiga la mandíbula cuando me tienen delante.
Pero usted me desconcierta con su expresión tan… tan… demente, diría yo.
No, por favor, ni siquiera intente acercarse, el vidrio blindado no es obra de Leonardo, pero es una forma de conservar el arte.
-¿Y cuándo será el incendio? –Inquirió mimosa acariciándole el lóbulo de la oreja.
-Cuando tu piel, pegada a la mía, encienda la chispa que lo consuma todo… hasta que la oscuridad sea sólo un recuerdo, hasta que juntos hagamos del placer nuestro propio infierno –le contestó él, al tiempo que la tumbaba sobre la alfombra, sin percatarse de que una chispa de verdad había saltado del hogar dispuesta a participar de la fiesta.

En el examen de religión, el profesor había planteado una única pregunta a sus alumnos de entre trece y catorce años: “¿Quién es Dios?”. Sólo le faltaba por puntuar uno de los exámenes, el de contenido más sorprendente. Dudaba entre la matrícula de honor y el suspenso, no había término medio. Antes de tomar una decisión, se concedió una última lectura:
“Cuando juego al fútbol, Dios es el balón; cuando veo una película, la pantalla es Dios; cuando leo un libro, Dios es la página; cuando me baño en la playa, las olas son Dios; cuando escucho un disco, Dios es la canción; cuando beso a una chica, los labios de ella son Dios; cuando me contemplo en el espejo, Dios soy yo.”
Al leer lo del beso a la chica, estuvo a punto de decidirse por el suspenso; pero, en ese momento, sintió una punzada en el corazón, que él muy devoto, atribuyó a un aviso del Todopoderoso, así que cogió el bolígrafo y escribió debajo del texto del examinando: “Cuando el profesor te pone una matrícula, Dios es el profesor”.Del libro "Pequeñas palabras" - Edit. Paréntesis (2010)
Hoy es mi cumpleaños. La apetitosa barbacoa casi está lista para adornar la mesa en el centro de un nutrido grupo de amigos, todos ellos del mismo Tribunal donde soy Juez de Instrucción. Un año más es para dar gracias. Mientras hago los preparativos, sigo pensando en el caso resonante que ha caído en mis manos. Siento que la ansiedad se cuela entre las chuletas como un tóxico fatal, mañana comienza el juicio y los ojos de la prensa caerán sobre mí. Sé que el candado es una pieza fundamental para resolver el crimen, pero el acusado está tranquilo porque sabe que la prueba está incompleta. Fantaseo que he armado, finalmente, el rompecabezas.
Llegan mis invitados y entre la algarabía voy desenvolviendo regalos. Ninguno lleva tarjeta, no hace falta. Palos de golf, un reloj, mi perfume preferido… apenas reparo en la pequeña caja azul hasta que la depositan en mis manos. ¿Un anillo? ¿Un sujetador de corbatas? El corrillo me apura para que la abra, por lo que rasgo el papel apresuradamente, levanto la pequeña tapa y apenas doy crédito a lo que veo. ¡Sorpresa! Exclaman al unísono. Frente a mis ojos, la llave se transforma en oro.
Ella sabrá lo que hace, ya es adulta y responsable de sus actos. O así debería ser. Por más que le insisto en que cambie de empleo, sigue firme en su decisión. Desde que se rompió los meniscos tratando de frenar, a su manera, al delantero centro contrario en un partido amistoso contra el Atletic, ha dejado de ser la misma, ni siquiera puedo acercarme al área grande de su portería, con lo cual resulta imposible meterle un gol.
Inesperadamente me convertí en una escritora improvisada ante el desafío de la hoja en blanco. En principio me sentí aterrorizada ante el folio desnudo, despojado hasta lo hiriente, y fui incapaz de escribir una sola palabra aunque sea para cubrir sus pudores. Pero de a poco, con el recato de mi primera vez, comencé a acariciar las letras, que ante el placer incontenible, se transformaron en palabras y estas en oraciones. Finalmente, aquellas renegaron de mi impericia y mudaron en un cuento con final abierto pese a que, sin quererlo, coloqué un punto en la última letra.
De improviso me convertí en un extraño dentro de mi propio cuerpo. Una sensación de levedad, nunca experimentada antes, embargaba mis sentidos hasta el punto de envolverme en un extraño misticismo, como si estuviera a punto de transgredir los ignotos umbrales de la vida, y por qué no, los que quizás hubiera más allá de ella.
Podía hurgar en mi interior, y siempre descubría una luz que me elevaba hasta transformarse en el ímpetu incontenible de mi embeleso.
¡Maravillosa metamorfosis! Así quiero quedarme para siempre, anclado al tacto de tu piel, bebiéndome de a poco tus besos de canela.
Post N° 100
La noche, bajo las estrellas, se había convertido en nostalgias para el viejo. Tenía casi noventa años, o eso creía. Volvió en el tiempo recordando el antiguo aparato de televisión en blanco y negro, aquellos teléfonos con disco, inmensos, el bolígrafo “Bic”, y tantas otras cosas que se le habían quedado prendidas en la memoria.
Después vino la era de la tecnología y todo se revistió de computadoras, softwares, videos…. Pensó que nunca se adaptaría a ellas, y sin embargo, a sus cincuenta años vivió rodeado de máquinas que se le hicieron imprescindibles.
Y ahora…
¿Cómo sucedió todo? Se preguntó a sí mismo sin encontrar respuestas. Ahora la tecnología era su último recuerdo, pero estaba bien que así fuera. No quiso perder el concepto del pensamiento, entró lentamente a la cueva, y a la luz de un pequeño fuego dejó la impronta de sus manos sobre la pared de piedra.
Me comienzan a invadir las sospechas, intuyo que hay algo raro detrás de todo esto.
Las consonantes se niegan a alinearse sobre el renglón y se amontonan al pie de la página, espantadas. Apenas tres o cuatro mayúsculas se han achicado tanto que parecen subíndices, y ni hablar de las vocales, corriendo de aquí para allá como tontas, salvo las “a” que están en contubernio con las “h” y se la pasan gritando: “aaaaaaaaaahhhhhh”.
Se niegan a formar palabras, oraciones, párrafos y… cuentos. Primero pensé que era un problema sindical. Sin embargo, me dicen, es por el honor.