Soñó que el Mesías por fin había llegado. No era un ser, era un estado. El Mesías era la paz en el mundo.
Del libro "Mirar es encontrar", de Salvador Robles
Colección "SER MÁS" - Ed. MAD - (2006)
Cuando el avión levantó vuelo pensó que estaba alcanzando la utopía tan ansiada, la misma que se perfilaba en el otro vuelo, en el de su imaginación, cuando intentaba viajar a través de ella hacia la tierra de sus mayores, allí donde sus raíces habían hecho de la semilla, cien árboles.
Se sintió el pasajero de sus propios sueños y no pudo evitar que un nudo le oprimiera la garganta ni que una lágrima le nublara la visión. Pero, recomponiéndose, comprendió que necesitaba estar mejor que nunca para abrazar, junto a su familia, la historia de aquel equipaje de vida que llevaba prendido a su alma de niño.
Y allí estaba ahora, con el océano debajo de aquellas alas, las del avión o las suyas, eso no importaba, cualquiera de las alas que lo llevara a su destino serían las adecuadas.
Cada noche, cuando todos dormían, la muchacha salía a hurtadillas de su casa y caminaba sobre un rayo de luna hasta perderse detrás del horizonte, justo allí donde nacen las estrellas.
Aquella vez, Álvaro la descubrió mientras trataba de ahuyentar su insomnio sentado en la vieja mecedora del porche, la misma que aún guardaba el recuerdo de su abuela. Le llamó la atención la inusual hora que había elegido para dar un paseo, pero se abstuvo de imaginar posibilidades, pues no quería dolerse pensando lo que no era.
Sin embargo, la siguiente noche lo encontró sumido entre la ansiedad y el desconsuelo, por lo que se propuso seguir a la joven para ver adónde se dirigía. No debió esperar demasiado, con la última campanada de medianoche, Alba –tal era su nombre– emprendió camino, y Álvaro, furtivo, la siguió de cerca.
Caminaron y caminaron hasta que ella se detuvo frente al pórtico de un predio rebosante de rosas color té. En el instante en que Alba entró en aquellos jardines secretos, Álvaro la vio tal cual era: un rayo de sol entibiándole las entrañas.
Desde que trabajo de noche apenas coincidimos en la casa. Este horario le complica la vida a cualquiera, aunque a nosotros nos resulta fantástico. Cuando yo estoy en el quirófano, en plena madrugada, él duerme a pierna suelta. En cambio, cuando él aparece en radio o televisión, pues para colmo tiene varios programas en el aire, soy yo quien duerme como una bendita. En el pequeño intervalo que nos cruzamos, hacemos el amor desaforadamente, como si recién nos hubiéramos conocido. Parece mentira que después de treinta años de casados, su mujer y mi marido, sigan creyendo en cualquier excusa.

Le daba gusto escuchar en secreto, leer hacia adentro y palpar el infinito. En la biblioteca, los sentidos hablan por sus silencios. Para el Concurso SMS Relatos Cortos Gran Canaria 2011
(Seleccionado)
La noche era apenas un manchón oscuro y sin gracia. El hombre pensó que la luna nueva, estaba como él, perdida en otro cielo que no era el suyo.
Se paró delante del veinticinco de la Calle del Sol. El rictus de una sonrisa irónica cruzó su semblante pensando en la paradoja: de noche, sin sol y sin luna, las sombras se pegaban a las paredes como fantasmas del pasado.
Y él justamente venía a encontrarse con el suyo. Sabía que detrás de aquella puerta lo esperaba, o la redención de toda su vida o la implacable guadaña de su conciencia. Recordaba el día en que se había ido en busca de sus quimeras, abandonando a su familia, destruyendo un hogar, perdiéndose parte de la vida que él mismo había engendrado. Suspiró profundamente y tocó el timbre.
Aún antes de que la puerta se abriera, ya era un hombre nuevo.
Fotografía: Raúl Buenaposada Castillejo
¿Por qué me mira así? No sea descarado, no es de caballero desnudar, aunque sea con la mirada, a una mujer decente. No se fíe de mi sonrisa, no es de complacencia. Sepa que me turba. Sus ojos tienen un brillo fuera de lo común, y eso que estoy acostumbrada a que me admiren y hasta que se les caiga la mandíbula cuando me tienen delante.
Pero usted me desconcierta con su expresión tan… tan… demente, diría yo.
No, por favor, ni siquiera intente acercarse, el vidrio blindado no es obra de Leonardo, pero es una forma de conservar el arte.
-¿Y cuándo será el incendio? –Inquirió mimosa acariciándole el lóbulo de la oreja.
-Cuando tu piel, pegada a la mía, encienda la chispa que lo consuma todo… hasta que la oscuridad sea sólo un recuerdo, hasta que juntos hagamos del placer nuestro propio infierno –le contestó él, al tiempo que la tumbaba sobre la alfombra, sin percatarse de que una chispa de verdad había saltado del hogar dispuesta a participar de la fiesta.

En el examen de religión, el profesor había planteado una única pregunta a sus alumnos de entre trece y catorce años: “¿Quién es Dios?”. Sólo le faltaba por puntuar uno de los exámenes, el de contenido más sorprendente. Dudaba entre la matrícula de honor y el suspenso, no había término medio. Antes de tomar una decisión, se concedió una última lectura:
“Cuando juego al fútbol, Dios es el balón; cuando veo una película, la pantalla es Dios; cuando leo un libro, Dios es la página; cuando me baño en la playa, las olas son Dios; cuando escucho un disco, Dios es la canción; cuando beso a una chica, los labios de ella son Dios; cuando me contemplo en el espejo, Dios soy yo.”
Al leer lo del beso a la chica, estuvo a punto de decidirse por el suspenso; pero, en ese momento, sintió una punzada en el corazón, que él muy devoto, atribuyó a un aviso del Todopoderoso, así que cogió el bolígrafo y escribió debajo del texto del examinando: “Cuando el profesor te pone una matrícula, Dios es el profesor”.Del libro "Pequeñas palabras" - Edit. Paréntesis (2010)
Hoy es mi cumpleaños. La apetitosa barbacoa casi está lista para adornar la mesa en el centro de un nutrido grupo de amigos, todos ellos del mismo Tribunal donde soy Juez de Instrucción. Un año más es para dar gracias. Mientras hago los preparativos, sigo pensando en el caso resonante que ha caído en mis manos. Siento que la ansiedad se cuela entre las chuletas como un tóxico fatal, mañana comienza el juicio y los ojos de la prensa caerán sobre mí. Sé que el candado es una pieza fundamental para resolver el crimen, pero el acusado está tranquilo porque sabe que la prueba está incompleta. Fantaseo que he armado, finalmente, el rompecabezas.
Llegan mis invitados y entre la algarabía voy desenvolviendo regalos. Ninguno lleva tarjeta, no hace falta. Palos de golf, un reloj, mi perfume preferido… apenas reparo en la pequeña caja azul hasta que la depositan en mis manos. ¿Un anillo? ¿Un sujetador de corbatas? El corrillo me apura para que la abra, por lo que rasgo el papel apresuradamente, levanto la pequeña tapa y apenas doy crédito a lo que veo. ¡Sorpresa! Exclaman al unísono. Frente a mis ojos, la llave se transforma en oro.