El hombre sabía que era el grillete de su propia sombra y también sabía lo que significaba perderla.
No quiso que la metáfora cegara su razón, pero aún así se quedó mirándola con miedo. Le parecía que cada vez se hacía más pequeña, tanto como su acotado universo.
Y en el último instante, cuando la vio desaparecer bajo sus pies, creyó que su hora había llegado y lloró amargamente sin siquiera darse cuenta que sólo eran las doce del mediodía y que su sombra descansaba, furtiva, en la suela de sus zapatos.
1º Premio de Microrrelatos “La nave fue y volvió”, desde Río Gallegos, Argentina, para el Mundo, 2008
-¿Hacia dónde se escapó el tiempo? – Pregunté a los cielos que orlaban de anaranjado los confines de aquella planicie muerta.
Nada. Ni un murmullo. Sólo el silencio absoluto de un mundo que agonizaba entre la espera y las lágrimas secas de los pocos habitantes que en él quedábamos.
Se habían acabado las noches con su luna y los días con el sol que yo había conocido. Hacía frío pero no había con qué taparse. Recordé con nostalgia mis viejos abrigos gastados, aquellos que alguna vez había rechazado, y no pude comprender esa paradoja del destino.
Tenía los pies lastimados de tanto caminar sin encontrar nada. Cada llaga que sangraba era una batalla perdida, pero la soledad me asfixiaba y me obligaba a seguir aquella senda de desventuras.
Era en ese momento cuando el instinto de supervivencia me empujaba hacia una memoria que no debía perderse del mismo modo como se había perdido el mundo. Yo sabía que en algún lugar de la Tierra tenía que haber gente como yo, empeñada en la búsqueda desesperada que nos llevara a un reencuentro más allá del idioma, el color de la piel o el dios que adorásemos. Era algo muy superior a todo, más aún que la vida misma, porque sin esa necesidad de búsqueda simplemente no valdría la pena haber sobrevivido.
Atrapado en la soledad uno reconvierte la ignorancia de sus odios y mezquindades en una respuesta simple que lleva a repasar los días que perdimos por la necedad de nuestros actos, por jugar a ser omnipotentes, por no creer que la vida tiene límites pero no así la destrucción y la barbarie.
Pensaba con tristeza pero sin lágrimas, porque ya se habían evaporado junto a los millones de muertos que engrosaron con sus almas las huestes de los cielos. Pensaba como un ejercicio aleatorio pero necesario, con el único propósito de no repetir los mismos errores si alguna vez Dios y el Universo me regalaban la oportunidad de encontrarme con alguien.
De vez en cuando me sentaba para descansar y beber las últimas gotas de agua que había podido acarrear conmigo, pero con ellas también se iban las últimas gotas de mi aliento.
En otras oportunidades encontraba en mi camino trozos de vías y de vagones desvencijados, que en fantasmagórica formación se asomaban entre la tierra calcinada como parte de un osario irreverente, donde carcomidos letreros rememoraban el nombre de estaciones perdidas y hacían las veces de un epitafio que no hubiera tenido que ser. Rosario, San Jorge, San Francisco, Santa Fe y tantos más que mi obnubilada memoria ya no recuerda. Y allí yacente, como casi todo lo demás que me rodeaba, encontré la carcaza de una locomotora Diesel con su enorme humanidad carcomida por el óxido y el olvido.
Imposible no pensar en el tren. El tren, acortando distancias con la fuerza de un gigante mientras se escuchaba el traqueteo de la máquina sacándole chispas al metal de los rieles.
¡Quién pudiera volver a compartir un viaje con la gente, con mis hermanos del mundo!
Mis pensamientos se sucedían sin tregua en esperanzas vanas. Era entonces cuando más me dolían los pies y cuando más me sangraba el alma.
No recordaba el día del holocausto. Ni cuándo ni dónde, como si el tiempo se hubiera estancado en insólitas tumbas de milenios y las pasiones que dominaron una vez al mundo se encontraran dentro de un reloj de arena escurriéndose dentro de su celda de cristal atrapadas para siempre, como yo, a una vida seca.
¡Qué hubiera dado por ver nuevamente un árbol, la magia verde de sus hojas, el olor embriagador de la madera, la dulzura de sus frutos! ¡Tantos que había! Si hasta vagaba con mi pensamiento entre aquellos bosques ausentes, disfrutando de su sombra imaginaria y sintiendo la brisa suave que se había escurrido un día entre las ramas crujientes por el gozo de la vida.
Imposible olvidarse de los pájaros. ¿Qué cielo los habrá recogido después del último día? Tal vez y sólo tal vez se hayan convertido en nubes de plumas que alimentan los sueños de los ángeles a la espera de que algún niño pueda nacer desde el vientre mártir de una madre como un Fénix resurgiendo de las cenizas de este infierno del que somos responsables.
¡Tantas cosas se perdieron en el campo de la arrogancia, que ni campos han quedado para que los labren mis manos, aunque sé que estando sola no podría hacer nada!
Con la impotencia de los locos caí de rodillas hundiendo mis uñas en la tierra y al instante brotó la sangre de mis dedos abonando la cuna estéril de un oasis perdido para siempre.
Grité, no de dolor porque la devastación había curtido mis carnes sino de rabia porque esa misma devastación no había podido curtir mi alma, y luego como en un rito pagano oré por los caídos, aunque nunca supe si mi plegaria había llegado a destino porque el viento que debía elevarla yacía estático en su lecho de sombras.
Con los ojos velados por los recuerdos seguí mi camino hacia la nada y al levantar la cabeza que llevaba gacha vi al hombre ¡Oh, hermano! Y por primera vez, después de aquella última noche, nos abrazamos para llorar las ausencias que ya eran fantasmas del pasado.
Calle del Alma, otoño de 2007
Querido mío:
Yo sé que tendría que haber escrito esta carta hace tiempo, pero en realidad no podía encontrar las palabras más eximias para expresarte lo que siento.
Hoy en cambio, despliego las alas de mi corazón dormido y echo a volar mi amor por ti de la manera más simple pero a la vez más pura. Porque aunque no lo creas, ahora que los años pulieron mi lenguaje primigenio, ahora que soy dueña del tiempo porque el pasado ya no me duele, sólo ahora me siento libre para decirte cuánto te amo.
Y hablando del tiempo, quiero que sepas que a causa de mi desesperación por no tenerte perdí uno a uno mis recuerdos, y en la maraña que fueron tejiendo esos años, quedé enredada para siempre en el murmullo de tu voz, en la caricia de tu mirada y en el calor que irradia tu nombre cuando al pronunciarlo lo hago mío.
Ésta es la magia de escribir una carta, todo lo que digo me pertenece.
No te puedo negar que a veces te fui infiel aunque más no sea con el pensamiento. ¿Pero qué podía hacer? Mientras tú construías tu vida a lo lejos, yo debí conformarme con la compañía de una ilusión.
A pesar de todo viví con la esperanza de que algún día el abismo que nos separaba se convirtiera en el camino que uniera nuestras fronteras. Y aquí estoy, diciéndote lo que siento sin tapujos sólo porque intuyo que no leerás esta carta, simplemente porque no sabría dónde mandártela. Hay lugares que no tienen dirección y ocupan solamente el espacio del amor.
Me dijeron que tu felicidad se truncó antes que la mía. ¿Será cierto? Si es así tal vez estés a tiempo de escuchar el latido impetuoso de mi corazón, si no lo es, volveré a quedarme sola embebida en la nostalgia de perderte para siempre.
Te amé y te seguiré amando aunque nunca lo hayas sabido, aunque se me acabe la vida de tanto repetirlo y aunque las noches sean sólo el maquillaje ajado de mi dicha.
Desde el alma, para ti, donde te encuentres.
Eugenia

A duras penas había conseguido que mi suegra firmara un poder para que yo cobrara la mísera pensión que percibía. Es que no me parecía justo que anduviera arrastrando su artrosis por las calles de Buenos Aires tratando de llegar al Banco, aunque ella entendía que este simple acto era un asalto a mano armada con toma de rehenes incluido. Por fin y con la desconfianza pintada en su cara aceptó rubricar el documento, no sin antes asegurase que volvería con el dinero del rescate cumpliendo fielmente las condiciones de la negociación.
Así que llegando que hubo el día de pago, me trasladé a la sucursal que correspondía con el flamante carnet de apoderada, último recibo, documento de la titular y el mío propio.
Sin sorpresa, me instalé última en la cola de los jubilados que desde temprano hacían guardia en la puerta del Banco y ahora al no haber más lugar donde continuarla, pues ya doblaba la esquina, se enroscaba sobre sí misma dando tres vueltas a la manzana.
Al cabo de dos horas apenas si se había adelantado un poco y como yo no estaba segura si me faltaba algún comprobante que me acreditara, me dispuse a entrar al Banco para hacer las averiguaciones del caso y no seguir esperando inútilmente.
De esta manera abandoné mi lugar, pero cuando trataba de acercarme a la puerta comenzaron a escucharse gritos y amenazas de parte de los abuelos que me conminaban imperiosamente a volver a la cola ya que creían, erróneamente, que estaba a punto de infiltrarme entre sus filas cual espía internacional para apoderarme del objetivo antes que ellos.
En vano intenté explicarles que yo no me quería colar.
Pero el descontento ya se había generalizado y quién más quién menos me agredía como podía.
Algunos me insultaban a viva voz:
-¡¡A la cola, caradura!!-.
-¡Tener el tupé de venir a colarse! ¡Vergüenza debería darle!-.
-¡Ya vas a llegar a vieja vos también y vas a saber lo que es que te pasen por encima!-.
Otros me codeaban sin miramientos tratando de alejarme de la puerta y haciéndome un piquete para evitar que entrara, incluso un viejito de bastón se las ingenió para hacerme caer mediante una hábil zancadilla mientras un alud de ancianos malhumorados se lanzaban contra mí pisoteándome, a tal punto que sólo la intervención de los policías que custodiaban el Banco logró impedir el linchamiento en curso y fui liberada.
De todos modos ni siquiera pude preguntar lo que necesitaba porque me vi impelida a regresar a mi lugar de origen bastante maltrecha y ciertamente asustada.
Pero ¡Oh, sorpresa!
A estas alturas “mi” lugar había sido rápidamente usurpado por otros jubilados que iban llegando y tomaban posiciones con un régimen de formación tan estricto, que no sólo tenían sus propios códigos sino también sus dirigentes elegidos por votación directa.
Busqué infructuosamente al último abuelo de la cola, pero me vi en la necesidad de preguntar para no pasar por otro episodio de agresión senil.
Los viejos me miraban con antipatía y hostilidad pero igualmente me indicaron dónde debía colocarme, disfrutando de antemano el hecho de que tuviera que dar dos vueltas más a aquella rosca humana.
Asegurándome de no volver a transgredir las normas establecidas, me quedé dura en el lugar para no incomodar a nadie, mientas un cotorreo infernal se alzaba en derredor y obraba en mí como un soporífero:
-...Cobro la mínima ¿cuánto quiere que cobre?...
-...y yo le dije al doctor que ese dolorcito no se me iba…
-...pero cuando hice los trámites para la pensión no…
-...en la radiografía se ve clarito, clarito…
-...esta cola de porquería que no se mueve. Seguro que los cajeros están tomando café…
Pasaron cuatro horas. La cola se movía lenta y pesadamente.
Algunos abuelos ya no se podían tener en pie y se sentaban o se recostaban sobre la vereda para descansar un rato antes de llegar a la meta tratando de no morir en el intento.
Otros habían llevado el almuerzo en táper multicolores.
Un poco más adelante alcancé a ver a dos camilleros que introducían en una ambulancia a una viejita desmayada porque no había podido soportar tanta burocracia.
Cuando al fin, exhausta, llegué a la ventanilla correspondiente y pasé la documentación por la abertura bajo el vidrio de la caja, el empleado efectivamente dejó la taza de café en un costado, se sacudió las migas de las galletitas que decoraban su corbata, y con cara de fastidio dijo:
-Certificado de Supervivencia de la titular por favor y el del servicio en la Legión Extranjera del cónyuge fallecido.-
Tan atónica quedé que no pude reaccionar con rapidez, tal es así que llamaron nuevamente a los policías de la puerta quienes me sacaron a la calle argumentando que mi lentitud dificultaba el normal flujo de jubilados que esperaba para cobrar.
No cobré y tampoco volví al Banco.
Mi suegra se encargó de cobrar su propia pensión y yo de pagarme el analista al que tuve que acudir después de estos acontecimientos.
Eso sí nadie me quita el mérito, a pesar de todo, de haberme graduado como Master en Cola de Jubilados tan sólo en un día.
La tarde de verano se desmembraba muy lentamente, atrapando al hombre que no lograba dejar sus huellas sobre la vereda porque el calor asfixiante las evaporaba al instante. Le pesaban esos pasos cansinos realizados por la obligación de cumplir con un trabajo mediocre y mal remunerado que no hacía más que aumentar su desasosiego y su abandono.Hasta que en una cuadra cualquiera, eso no importaba, vio un auto pequeño, viejo y solitario casi como él mismo que ostentaba el lacónico cartel de “Se Vende”. Se detuvo un instante frente a él y creyó ver su propia alma metálica, tan carente de esperanzas y tan repleta de pesares.
Surgió entre ellos un brillo extraño, inmaterial, absurdo. En el auto, reflejado en sus cristales sucios y deslucidos. En el hombre, sobre sus ojos claros y expectantes.
Era evidente, sin embargo, que algo tangente flotaba como un mágico halo en derredor de aquella escena surrealista robada a un tiempo distinto del nuestro. Nadie hubiera adivinado de qué se trataba, nadie hubiera podido dar crédito a un sentimiento surgido entre un hombre y una máquina...
Desde aquel día esperaban ambos el reencuentro diario y silencioso cimentado sobre la angustia de no saber cuándo el auto pasaría a ser propiedad de algún desconocido afortunado.
El hombre comenzaba a desesperarse, contando día tras día los ahorros que nunca llegaban a sumar la cifra estipulada. Cada día perdía los estribos cuando estaba por doblar la esquina de aquella cuadra, esperando encontrar el lugar vacío donde él había hallado su tesoro de lata.
Al cabo de unos cuantos días interminables y grises, el timbre de una casa sonó con inusual insistencia. Poco después el hombre que lo había oprimido, el mismo hombre prisionero de su quimera, salía de la casa como si hubiera estado trasponiendo la puerta de una cárcel imaginaria, llevando entre sus puños apretados los papeles que lo convertían en el dueño del auto.
Se aproximó a él. Fue como la ceremonia de un rito pagano donde algo, más allá del espacio, aceptaba aquella unión despareja y extraña.El hombre abrió la puerta con el corazón palpitante, alerta.
Se sentó en el asiento sucio y deslucido, en realidad incómodo, mientras las llaves resbalaban entre sus dedos sudorosos negándose a girar en la danza de la marcha.
Al fin, con un rugido de triunfo, el auto viejo se puso en movimiento agradeciéndole al hombre por haberlo arrancado de su silencio, de su letargo obligado. Y el hombre...
Al hombre le crecieron ruedas y fue perdiendo sus pisadas.
Las manos se le hicieron volante-palanca-cambios y olvidó el sentido del tacto que dejó grabado entre sus nostalgias. Sus ojos se abrieron en pequeños parabrisas y se aunaron en el brillo de metálicas miradas. Desde ese momento el hombre dejó de ser solamente hombre y el auto dejó de ser solamente máquina.
El camino cotidiano astillado de rutina hacia su trabajo, se había transformado desde ese momento y como por arte de magia, en una explosión de anhelos cumplidos y senderos de esperanzas.
Se detuvo vacilante en la bifurcación del camino y se tomó su tiempo para decidir cuál sería la ruta apropiada que debía seguir. Aquí no había carteles indicadores y un poco más adelante cualquiera de las sendas comenzaba a introducirse entre el abigarrado follaje que pugnaba por recuperar el terreno perdido en alguna oportunidad no muy lejana.
El caminante se sentó cansadamente sobre un tronco caído y luego de beber un poco de agua, dejó que su vista se perdiera entre aquel oleaje verde y oloroso donde la magnanimidad de la naturaleza le ofrecía el cálido remanso de sus hijos. Esta comunión con los sentidos aunaban al hombre con el medio que lo rodeaba en un rito antiguo, sublime, donde una cascada de sentimientos fluía incesante desde sus entrañas e inundaba el éter con las cálidas vibraciones de su frescura.
Desde la Madre Tierra se elevó un hálito mineral y profundo sacudiendo las fibras interiores de aquel cuerpo cansado y encendiendo la chispa eterna de la creación que se manifestaba por doquier en la plenitud de aquel paisaje virgen, mientras la tarde ocultaba su esfera radiante tras el verde cortinado de los árboles.
Al hombre le parecía mentira que estuviera allí con un propósito tan manifiestamente opuesto a la canalización de sus propios deseos. Pero era su trabajo. La compañía constructora, ese monstruo gigantesco cuyos innumerables brazos hacían y deshacían según contaran sus intereses, no había vacilado en ordenar el aniquilamiento del ecosistema para poner en marcha el proyecto de construir sobre la futura tumba natural, los cimientos de una gran autopista a través de la cual se comunicarían las más importantes ciudades del país. Un gran adelanto, decían. Una gran ventaja, se ahorraría tiempo y se ganaría dinero...
Y lo habían enviado a él y a su equipo para evaluar los terrenos, para determinar posiciones, para calcular distancias entre titánicas columnas de hormigón y para darse cuenta que irremediablemente iba a ser parte de una destrucción indiscriminada y materialista donde la naturaleza quedaría relegada a un espacio aéreo vacío y gris.
El hombre se sintió culpable aunque no era más que un ínfimo engranaje de aquella máquina infernal llamada progreso. Hubiera querido marcharse de allí para no tener que cumplir con su cometido, o quedarse para seguir disfrutando de esa porción del Edén, pero como no podía hacer ambas cosas al mismo tiempo, un cúmulo de sentimientos comenzó a ahogarlo y veló sus ojos en el crepúsculo de estío que estaba a punto de ser mancillado por las absurdas estadísticas que escupían las computadoras sin cesar.
Se levantó sin ganas y decidió volver sobre sus pasos para reunirse con sus compañeros. No miró hacia atrás. Decidió llevar grabada en su memoria la magnífica postal que mañana sería un recuerdo del pasado.

¡
Derrumbé mis propias fronteras! ¡Soy libre!
Las cadenas que una vez me aprisionaron yacen herrumbradas a mis plantas y el candado de aquel grillete torturante duerme el sueño eterno de los inútiles. En otros tiempos apenas si vislumbraba el resplandor de la luna colándose entre los intersticios de mi celda. Ahora mi vista se pierde allende los campos, sobre el horizonte, donde el alambrado de púas arranca un ramillete de sangre al magistral ocaso.
Antes, caminaba en círculos rebotando contra las paredes y socavando con mi andar desesperado las piedras de aquel piso frío y gris. Ahora, se me dio a elegir entre los senderos que no acaban sino más allá del infinito donde no llega siquiera la inmaterial sustancia de mi pensamiento,
En otros tiempos comía del horroroso festín de la ignorancia apretando los ojos en un intento por borrar de la mente la imagen de aquellos desperdicios que me eran ofrecidos como único alimento. Ahora, se me ha servido el banquete reservado a los grandes y puedo saborear el elixir de la vida en la exquisita copa de la sabiduría.
Antes no podía pensar siquiera en otros mundos sin correr el riesgo de agotar mis últimas fuerzas en el intento ya que me resultaba imposible asumir esa idea habiendo nacido en miserable cautiverio.
En cambio, ahora que soy libre, vuelo sobre eternidades pobladas de seres que como yo, buscan el arcoiris para proyectarse sobre la tierra con los cálidos rayos de la esperanza.
Alguna vez perdí las uñas al rasquetear las piedras que me rodeaban tratando de encontrar un resabio de naturaleza, más ahora mis dedos se hunden suaves en la fértil tierra cuando deposito la simiente fecunda de la vida y descubro alborozada el milagro de la siembra.
Tantos fueron los años de aquella soledad entre millones, de aquel vacío limitado por las únicas vivencias que el espacio me ofrecía, que ahora me resulta fantásticamente extraño el aire puro que respiro y el agua cristalina con que apaciguo mi sed cuando el sol calienta la arena bajo mis pies.
Porque de tanto caminar mi libertad, toparon mis pasos con el mar. Y fui cielo, y fui agua, y fui sal..., fui gaviota, fui orilla y un poco más allá, horizonte donde las olas danzan con la música del viento y el murmullo infinito de las distancias.
¡Ahora que soy libre, no puedo detenerme nunca más!
Clara, la hacedora de sus propios días. Recostada sobre la playa bebiéndose de a poco el sol de estío, podía encrespar las olas en un tumulto de espejos o hacer girar los vientos en su vaivén alocado. Podía formar remolinos de arena que danzaban siguiendo el compás de una música imaginaria o convocar espesas nubes de lluvia que hacían llorar a los cielos salitre de penas.
Nadie sabía quién era Clara ni de dónde venía, nadie le preguntaba nada y ella no hablaba más que con el mar. Le arrancaba confesiones del pasado hundidas en su lecho abismal reflotando aquellas historias que habían naufragado allá abajo, en el verdor profundo y frío que se perdía en tumbas de milenios. Durante la noche caminaba sobre el reflejo de la luna llena que plateaba la superficie del agua y siguiendo aquel sendero de luz que la llevaba hacia las estrellas prendía en silencio su propio lucero.
Pero un velo de nostalgia opacaba aquellos ojos transparentes y hacía que su mirada se perdiera más allá del horizonte donde reinan las sombras de la muerte.
Clara era sobre la arena la hacedora de sus días, pero en el mar tenía forjado su verdadero destino de ensueños. Como un pez fuera del agua que espera la marea para volver a nadar, así esperaba ella su propia marea hecha de antiguos recuerdos de sal.
Y un día la marea llegó y se llevó a Clara.
La vieron nadar entre un séquito de nereidas hacia las deslumbrantes profundidades de su reino llevándose consigo un nombre que alguien le ofreció al pasar. Y como una perla entrando a su ostra, Clara volvió al mar.
Por empezar debo decir que la casa no es mía. Me la prestó el tío Paco, que con su característico sentido del humor, no tuvo mejor idea que suicidarse coquetamente en el jardín trasero de su residencia para averiguar por sí mismo, si hay vida o no, después de la muerte, hecho lo cual realizó un contrato de alquiler conmigo con vencimiento en la eternidad.
No me gusta la casa, le tengo franca antipatía.
No es por lo vieja y solitaria, no. Es una cuestión de piel entre ella y yo, porque presiento que la muy cretina no me quiere en su interior, tan instalada que estoy con mis libros, mi computadora y mi enorme gato mascota.
Al gato tampoco le gusta vivir aquí. Da vueltas casi todo el día y no encuentra ningún rincón cómodo similar al que estaba acostumbrado.
Paciencia. Ni el gato ni yo estamos en condiciones de pagar un alquiler por un domicilio que se pueda considerar decente.
Así que debemos acostumbrarnos, la casa y nosotros.
-¿En qué me metiste tío Paco? –pregunto sin esperar respuesta, pues si la hubiera, yo tendría que pedir asilo en el neuropsiquiátrico de la vuelta.
De todos modos la casa es bastante “especial”. De noche se escuchan crujir las puertas, el piso, qué sé yo; me despierto incómoda y luego me cuesta conciliar sueño nuevamente.
Por supuesto que no tengo miedo, la ignorancia no es mi fuerte. Pero puedo asegurar que a veces me levanto para ver si todo está en orden, y como una loca que habla sola, llamo al tío Paco para que vuelva a poner las cosas en su lugar.
El tío no me contesta, tal vez se esté riendo de mí a mandíbula batiente en el más allá, si es que en dicho lugar todavía tiene puesta la mandíbula.
En otras oportunidades, y sabe Dios que no miento, cuando de noche me levanté para tomar agua o ir al baño, una pequeña luz fluorescente voló vertiginosamente delante mío. Fue una fracción de segundos, tal es así que luego dudé de haberla visto, sólo lo corroboré luego de que me pasara varias veces.
Yo estoy convencida que es la contestación de Paco que llegó un poco tarde, como el correo, así que cuando me vuelve a suceder, me acuesto contenta de no haber hablado sola a pesar de que me ronda la idea del hospicio.
La casa me odia, lo sé, y está tratando de echarme.
¡Pobre de ella si cree que va a salirse con la suya! Soy más porfiada que mi tío y cuando más desaires me haga, más me voy a empeñar en quedarme.
Ayer por ejemplo, cuando estaba escribiendo uno de mis libros y la temperatura rondaba los seis grados Celsius, se le ocurrió abrir las ventanas de todas las habitaciones de par en par, con lo cual el viento frío desparramó mis papeles por doquier y el gato, asustado, me arañó el único tapizado sano que quedaba en los sillones del living.
-¡Tío Pacoooooooooo...! ¡Hacé algo, querés!-
Pero Paco era como la casa, de puro chistoso no me dio ni la hora.
Así que tuve que correr de habitación en habitación cerrando las malditas ventanas, que cuando yo me daba vuelta se volvían a abrir. Solucioné el problema poniendo a cada cual su traba, y la que no tenía, la aseguré con algún mueble.
Demás está contar otras travesuras de la casa salvo la última, la de esta mañana, que me dio la pauta de lo que estaba pasando.
Después del desayuno y siguiendo la rutina diaria, limpié a disgusto, para qué negarlo, este hogar impuesto por las circunstancias y luego decidí pasear un rato por el jardín trasero, justo allí donde mi buen tío Paco había decidido pasar por voluntad propia a la inmortalidad.
Y por parafrasear a Antonio Machado cuando decía aquél que habla solo, hablará con Dios un día..., me embarqué en desigual coloquio con mi tío, pero como él no podía contestarme, cualquiera que me hubiera escuchado podría haber pensado que estaba ensayando una obra de teatro.
Hasta que vaya uno a saber por qué designio divino, la enredadera que tanto cuidaba el tío, separó algunos sarmientos del muro de piedra donde se apoyaba y rozó mis cabellos con gentileza.
-¡Tenías razón tío! –le hablé al viento-. Ahora sé que estás vivo de alguna manera, tal vez no seas bajito y gordinflón como cuando estabas aquí –la enredadera se sacudió un poco-, pero seguís siendo tan cariñoso como siempre.
Con mis últimas palabras, se escucharon fuertes ruidos provenientes del interior de la casa. Corrí hacia la puerta de entrada y desde allí pude ver que, en un ataque de histeria, la casa hacía todo lo que sabía hacer a un mismo tiempo.
Cualquiera hubiera salido espantado, pero no yo. Precisamente descubrí por qué la casa no me quería: extrañaba a su dueño y no podía consentir que él se comunicara conmigo y no con ella.
Sí señor, la casa estaba celosa. Yo a su criterio, era una perfecta intrusa.
¿Cómo se le habla a una casa para convencerla de algo? Después de pensar esto me asumí como demente.
Pero como no tenía nada que perder, decidí ocuparme de ella en forma diferente a cómo lo estaba haciendo hasta entonces.
Encendí el DVD, coloqué un CD de León Gieco –se me ocurrió que a la casa le gustaría-, corrí algunos muebles de lugar incluido el almohadón del gato; coloqué un ramo de margaritas recién cortadas en un florero, sobre la mesa ratona del recibidor. Pulí concienzudamente los antiguos bronces y enceré aquellos deslucidos y abandonados pisos de madera.
Concluida la tarea me estiré sobre la cama para descansar un rato, sin ganas ya de intentar nada. En ese momento la casa me hubiera ganado la batalla de haberlo querido. Esperé ansiosa algún indicio fatídico. Pero no, ni un ruido, ni un crujido. Si hasta las ventanas, que eran las más susceptibles, hacían ondear plácidamente sus respectivas cortinas.
Había dado en la tecla. Lástima que no se me ocurrió antes, me hubiera evitado un montón de rabietas, claro que jamás me hubiera enterado que cada cosa tiene su alma.
-¡Chau tío Paco! Seguimos charlando otro día, porque a pesar del cansancio tengo que ir a rescatar al gato, que de puro espantado quedó colgado en la copa del árbol de mi vecina.