Y dio otro bocado. El último.
Con parsimonia, tomó la servilleta y se limpió las comisuras de la boca, luego, sin decir palabra, se levantó de la mesa y se dirigió hacia el espejo que ornaba el majestuoso salón comedor de su casa.
El hombre la miraba sin atreverse a romper el silencio. Ella retocó el labial y con la mirada clavada en su propia imagen logró ver la infelicidad dibujada en su rostro.
Sin pensarlo, se despojó de las joyas que la adornaban como una reina, y partió en busca de otras joyas, las que nunca había poseído a pesar de su fortuna.
Es cierto, nunca te dije que lo sabía. Haberlo admitido hubiera alertado tu ira, exponiéndome al escarnio de rebajarme, aún más, a la docilidad de la esclava en que ya me has convertido.
Pero hoy, cansada de aguantar tantas mentiras y tanto maltrato, te lo digo de frente. ¡Lo sé!
Siempre supe de tu pasado sombrío, del tiempo que purgaste en prisión, desde donde me escribías tus cartas de amor. Sí, era yo quien las contestaba, la cara oculta tras el anonimato de un nombre inventado. Yo fui la idiota que se enamoró de un criminal confeso y la que ahora está pagando el precio de su locura.
Ya es tarde para arrepentirme. Pero te aseguro de que este fue tu último golpe.
Era bellísima, tanto, que vivía pendiente del tiempo, temiendo que arruinara su razón de vivir. Pero ese tirano que no reconoce la belleza de la fealdad ni la juventud de la vejez, siguió su camino implacable.
Cuando los potes de crema ya no pudieron disimular sus arrugas, la mujer se vio impelida a requerir el auxilio del bisturí para hacerlas desaparecer. Durante un tiempo su rostro daba fe de la cirugía, cumpliendo su cometido, pero indefectiblemente volvían a aparecer.
En su obsesión, vivía frente al espejo, y cuando no, sobre una camilla que la esperaba para el nuevo “retoque”. A simple vista parecía tan bella como siempre, pero en su interior no había medicina que surtiera efecto, el deterioro estaba en marcha.
Aquella mañana, cuando se miró por enésima vez en el espejo, perpleja, no se reconoció. La mujer de la imagen preguntó:
-¿Quién eres?
-Tú -respondió la otra, la extraña.
Como cera entre mis manos el alba se convirtió en pájaro de fuego y agazapada en el horizonte se dispuso a escucharme. Y yo, que no sabía otra cosa más que hablarle a la vida, le conté de mis desvelos y de mis esperanzas.
Así supo de mi caminar sediento arrastrándome por la arena del desierto, mientras el espejismo de un oasis me alentaba a transitar hacia la nada, dejándome el alma seca y cicatrices abiertas que laceraban mi cuerpo como la punta de un látigo. También supo del salitre de mis lágrimas que se vaciaban una y mil veces en los mares de mis penas, empapando los recuerdos de otros tiempos y ahogando entre sollozos la nostalgia traicionera. No dejé de contarle del palpitar de mi corazón cuando él me hablaba, ni del color del tiempo que anidaba en su mirada, espejos que no podían mentir porque reflejaban la pureza de su alma.
Y qué decir de mi soledad entre millones, si el alba no comprendía la esencia de las noches ni la bruma que se escapaba de su boca, sólo sabía del rocío que perlaba los capullos de las flores, desparramando luz sobre la hierba diamantina. Tanto le conté de mis sueños y de mis cantares, que sin querer se fue durmiendo mientras yo me despertaba saboreando mi presente que no era otra cosa que la magia de seguir viviendo, atrapada para siempre, entre sus brazos.

Hace mucho tiempo que aquí nadie cree en los milagros. Ya nos transformamos en unas viejas solteronas y amargadas, por más que nos pasamos la vida molestando a mansalva a San Antonio, ni siquiera se dignó a ofrecernos un mísero pretendiente.
Sabíamos que el pueblo era chico y que escaseaban los hombres, pero siempre albergamos alguna esperanza. Ahora, el pueblo sigue tan chico como entonces, y faltan tantos hombres como en aquel tiempo, pero no nos hacemos problemas. El convento es cómodo y cada mes cambiamos de cura.
Se despertó como todos los días, al amanecer. Su reloj biológico no se equivocaba, no importaba que fuera invierno, verano o estaciones intermedias, el ritual se repetía incondicionalmente.
Pensó que sería un día como cualquiera, tratando de convencerse a sí mismo. ¿Qué diferencia podría notar sabiendo de que hoy agregaría un año más a su vida? Ninguna, contestó su voy interior. Y era cierto.
Aún antes de levantarse repasó mentalmente su poco más de medio siglo de existencia, sus logros, sus pesares. Tenía una familia maravillosa, un trabajo que no le convencía demasiado, pero que muchos envidiaban. Repasó mentalmente. Había tenido un hijo, había escrito un libro -en realidad varios-, pero ¿había plantado un árbol? Seguramente que sí, aunque se enfadó consigo mismo por no recordarlo. Al lado de él, su esposa, el amor de toda la vida, aún dormía plácidamente. Era como tener un ángel al alcance de su mano.
Pensó que sería maravilloso plantar un árbol… Un año más para seguir aprendiendo de la vida era el mejor regalo de cumpleaños. Se sintió agasajado. Sí, el fin de semana, aunque ya lo hubiera hecho, se propuso que plantaría un árbol, esta vez lo recordaría para siempre.
La carne rebozada fría no vale nada. De modo que Luis se dispuso a calentarla como mejor sabía. Allí en la playa le resultaba un poco embarazoso, con tanta gente en derredor.
Algunas señoras maduras lo miraban con desagrado, dando claras señales de reproche. Un grupo de adolescentes que tomaba plácidamente el sol, reían en forma desinhibida mientras secreteaban entusiasmados entre ellos. Un poco más allá, una joven madre, tomó a su niño de la mano alejándolo de la escena pecaminosa.
Pero esto no amedrentó a Luis. Introduciendo las manos por debajo de la arena que la cubría, repasó, con placer, los contornos de la mujer hasta que esta se encendió como una tea. Ahora estaba en su punto justo.
Prisionero de su esfera. El silencio interrumpido sólo por el tic tac monocorde de las horas que se escurrían sin remedio en un mundo que pasaba a su lado sin tocarlo, pero que lo atenazaba en su transcurso con las garras de lo efímero.
De improviso, la fatalidad le salió al paso cortándole las venas de su aliento e intentando desterrarlo para siempre de esa cárcel automática, acerada e indiferente, donde la eternidad es sólo el nombre de una utopía.
Agachó la cabeza, consciente de su minuto final. Pero la guadaña del tiempo, lejos de segar su vida, segó horas, minutos y segundos con un estoque postrero, y él, pudo por fin, liberarse del espectro sin rostro que esgrimía aquellas manecillas circundantes, que siguieron su camino perpetuo, sin saber que el ignoto prisionero finalmente había huido hacia los confines de la vida.
No dije que lo sabía. Lo inverosímil es que nunca lo hubiera adivinado, y si la realidad no me hubiera incluido en este juego, aún seguiría sin saberlo.
¡Vaya enredo! Yo diciéndote que sabía que la vecina del cuarto piso le ponía los cuernos a su marido, y hoy me vengo a enterar de que eras tú quien me los ponías con ella.
La vida te da sorpresas. Ahora es tiempo de que seas el sorprendido. Sólo escucha…
Por cierto, ¿hoy es domingo? -Preguntó ansioso-. Hacía casi un mes que no salía de su casa, el terror lo paralizaba hasta tal punto que había renunciado a su trabajo, sólo por no caminar hasta la parada del autobús.
Gruesas gotas de sudor corrían por su frente al escuchar el más mínimo ruido proveniente de la calle. Salvo los lunes, el resto de los días se daba el permiso de mirar a través de la ventana del apartamento, esa era su única distracción. No estaba tranquilo, pero sabía que difícilmente se animarían a romper su palabra.
Ahora, atisbaba el exterior a través de una pequeña hendija, la suficiente como para no ser observado desde ningún ángulo. O eso creía.
Su mujer llevaba la cuenta de los días transcurridos, sabían que todo se desencadenaría un lunes, pero ignoraban cuál y esto les consumía a ambos. Tachó el sábado en un calendario que había improvisado sobre un papel sucio. Luego dudó. ¿Ayer había tachado el día? Lo supo cuando una bala dio en medio de los ojos del hombre. Era lunes. Se había equivocado…