¿Te acordás Buenos Aires del guapo y del farol, del tiempo aquél donde cada flor era un poema y cada esquina un tango triste con bandoneón de arrabal? Vení conmigo, te invito a soñar…
Ciudad temperamental, desordenada, nuestra… dejame que hoy encienda la llama almibarada de la nostalgia y desnude parte del pasado que se quedó acurrucado entre tus senos, esperando que alguien como yo lo descubra con su canto. Porque, no lo dudes, es un canto volver a escuchar el pesado traqueteo del tranvía sobre los relucientes rieles que hoy yacen bajo su tumba de cemento, asomándose en algunos casos como parte de un osario irreverente. Es un canto volver a escuchar, desde aquella niñez que ya se escapó de entre mis manos, los ronquidos de las chatitas destartaladas que se cuidaban como reliquias porque eran el capital inapreciable del trabajo.
¡Qué decir de los camiones! Empachados de adornos, luciendo con orgullo los arabescos de un fileteado sin fin, junto al plateado rutilante del niquelado y que hoy duermen el sueño eterno de la herrumbre. Automóviles negros, aparatosos, nobles, que como insectos gigantescos recorrían las calles protestando verdades al empedrado indiferente. Y aquella enorme luna de verano detrás del cementerio, cuando los viejos del barrio contaban mil historias y ningún cuento, mientras el ulular de las lechuzas entonaba la noche en un marco perfecto para que salieran los fantasmas que eran solamente fantasmas del recuerdo.
Sigo atisbando en mi memoria y aflora al instante ese cúmulo de espectros ya sin cuna, ya sin penas, y a través de los cristales tornasolados del tiempo se deshacen en un prisma alegórico robándole al presente un instante de gloria.
Este halo que te envuelve Buenos Aires, lo añora el poeta y el malandra. Rodando se fueron aquellas reliquias, rodando se fueron y no volverán. Prepara el futuro su propia coartada barrenando los datos del hoy al pasar, porque a pesar de todo no se irán estos recuerdos como no se fueron los otros, y en la celada del tiempo, nuevamente todo volverá a comenzar.
¿Cómo podré vivir, cielos, entre la intriga que el castillo encierra? ¿Cómo huir del Infante y su lujuria que se pierde tras mis pasos sin que mi alma ceje en el empeño de rechazar su arrojo? ¡Válgame Dios! En mala hora me habéis dado el don del que yo reniego, que por ser hermosa sufro y peno, que sólo por ser doncella de noble estirpe los caballeros de Castilla osan mancillar mi nombre por no poder mancillar mi cuerpo. ¿Dónde estáis don Alfonso, dueño de mi corazón y de mi vida? ¿Dónde vuestra espada cuyo filo corta el aire que respiro y la rosa que una vez me ofrecisteis como prenda? ¿No escucháis acaso el palpitar de mi corazón desbocado que pugna por vuestra presencia y vuestro honor? No pisaréis las barbacanas sino por arte de saetero que el castillo defiende, más soy yo quien debe ser defendida por vos y por los cielos que cubren mi desdicha… ¡Ay de mí! Noche traicionera que develáis mis sueños ante los ojos del mundo. Más los sueños de esta doncella jamás serán abandonados porque de los sueños vivo, a los sueños me debo y sin sueños soy una sombra sobre el muro. Yo os lo digo noche amarga, como que Isolda es mi nombre aunque mi Señor no lo pronuncie más que entre el eco de su pecho…
Empujé con fuerza la pesada puerta de entrada. De madera, robusta y vieja, crujió de impotencia mientras me abría paso hacia el recibidor, fiel estampa del siglo pasado. Una atmósfera enrarecida por el paso del tiempo me envolvió como un presagio de penas. Edith respiró profundamente, esbozó una sonrisa deslucida y me tendió una mano delgada y fría que apenas rozó mis dedos. Era un gesto evidente de protocolo, nada más. Podía percibir el disgusto que le producía mi presencia. No puedo negar que a mí la mujer me desagradaba de igual modo, haciendo recíproco un sentimiento primigenio pero a la vez difícil de ocultar.
Después de tantos años de ausencia yo volvía a la casa para quedarme definitivamente en ella. Se habían apolillado los recuerdos entre vestidos brillantes y pomposas fiestas de sociedad que atenazaban mi infancia a un rito banal. Cuando tuve suficiente edad para manejar mi vida pude, al fin, poner distancia entre la frivolidad cotidiana que allí se manifestaba y los últimos resabios de mi adolescencia ávidos de sentimientos verdaderos.
Hasta que el destino, o yo misma, quién sabe, me empujó nuevamente hacia mi hogar primero justo cuando éste no albergaba más que fantasmas y aquella mujer, Edith, que otrora fuera la mano derecha de mi madre y que ahora paseaba su apergaminada figura por el recinto como si fuera suyo. A pesar de todo me apesadumbraba resquebrajar los sueños de la anciana y palpitaba con desasosiego su reacción cuando llegara el momento de decirle que tenía que abandonar “mi” casa. Si bien había quedado soltera, tenía una familia bastante numerosa compuesta por hermanos y sobrinos que en reiteradas oportunidades quisieron llevarla vivir con ellos. Edith siempre se había negado. Atrapada en su propio mundo de celofán veía pasar la vida, que se perdía a lo lejos, sin que siquiera intentara un gesto de entusiasmo por alcanzarla.
Y ahora llegaba yo, tontamente a destiempo, sin un centavo en el bolsillo como para poder mantenerla a mi servicio. Ella debía marcharse y así se lo hice saber. Aquél rostro enjuto apenas dejó entrever una ceja alzada a modo de perplejidad y con un ademán de disculpa subió a su habitación para preparar, según yo creía, su equipaje. Al cabo de un breve tiempo, demasiado breve, la vi descender las escaleras con su único vestido de calle, tratando de mantener la dignidad de su figura desgarbada. Entre sus manos apenas sostenía una carterita negra ajada y fuera de moda. Hubiera querido decirle algo, pero no pude. Se inclinó levemente ante mí a modo de despedida y girando rápidamente traspuso el umbral de la casa.
Caminé tras ella para cerrar la puerta y alcancé a ver cuando corría desesperadamente hacia aquel tren de la vida que hacía su última parada en el andén de mi casa. Con un postrer esfuerzo trepó al estribo de las ilusiones, levantando su mano derecha para saludarme con una sonrisa entre sus labios que jamás le habría adivinado, mientras el tren se ponía en marcha devorando los fantasmas del pasado y acortando las distancias del olvido.
Espero… Y mientras espero veo pasar la vida como quien ve pasar el tren de la mañana, todo ilusión, que se va diluyendo a lo largo del día para morir por fin en brazos de la noche.
Gente que va y que viene con sus historias a cuestas, algunas cargando su cruz, otras caminando sin que la levedad de sus pies le permitan tocar el frío asfalto de este invierno porteño. Amalgama imposible de definir en sus rostros multifacéticos, en sus ojos tornasolados por el crisol de las razas y el tiempo.
Es bueno esperar. Es bueno mirar y ver… Detener la marcha es un privilegio en una ciudad devoradora de hombres y de esperanzas. Aprovechar ese privilegio es caminar agotando la inmovilidad de un momento único y esquivo, tratando de que se quede prendido como un abrojo a la memoria de las Letras.
Hasta que la espera termina, como todas las cosas a las que estamos acostumbrados. El tren está próximo a mancillar la estación del ocaso con su avasallante transitar de penas. Y yo aquí, olvidando la espera que se me ha escapado de las manos con la nostalgia de las cosas perdidas, que mañana serán sólo el recuerdo de este día en que me pude detener e igualmente seguí viviendo.
Miré hacia el horizonte, allí donde el alambrado de púas le arrancaba un ramillete de sangre al magistral ocaso. El viento húmedo me azotaba el rostro tratando de desprender esos recuerdos que dolían pero que me negaba a abandonar porque eran parte de mi historia.
Sin volver la vista seguí mi camino hacia el Este. No sé si porque allí me esperaba la vastedad del mar o la grandeza del amanecer. Simplemente aposté a la vida, y casi sin quererlo, encontré un destino de sueños.
El mar encrespó sus olas como decenas de gigantescas manos y atrapó al hombre en la profundidad de su silencio.
No supo qué ocurría ni qué estaba haciendo allí. Aquel lecho prolijamente preparado con sábanas de algas, le devolvió un brillo verde fosforescente al tiempo que un ejército de peces marchaba convencido hacia la nada, más allá de los colores, donde las sombras tenían sus fantasmas y los ecos apenas eran recuerdos de las alturas.
Sintió frío. Era como un rayo helado que le recorría el cuerpo y que no terminaba sino en los confines delirantes de aquel tormento húmedo. Y entre el borboteo enloquecido de las burbujas que escapaban de su boca, apenas pudo ver los contornos del último instante de su vida, mientras ésta se apagaba en la desesperación de los tiempos.
El hombre trató de aferrarse al madero invisible de las ilusiones pero ya ni siquiera tenía fuerzas para aferrarse a algún amor lejano, y se dio cuenta, con los ojos desorbitados ante la visión de la muerte, los brazos extendidos como una cruz humana y el gesto delirante del impotente, que debía rendirse ante el espanto.
Y de improviso, un golpe. Pensó que era el último. Cerró los ojos y se dejó arrastrar mansamente sin sospechar siquiera que allá arriba, donde aún soplaba el viento, estaban preparando la maquinaria de los milagros y lo habían obligado a cancelar su cita con la muerte.
La carta que había escrito jamás llegó a destino. Cada palabra se había quedado dormida en su lecho de renglones sin poder contarle cuánto la amaba. Cada sentimiento se había ahogado en la tinta de sus lágrimas sin saber si algún día ella lo atesoraría en lo profundo de su alma. Ahora la noche había apagado las estrellas y los días, opacado el sol en su ventana. Señoreaban en las sombras mil fantasmas ahuyentando los besos que como alondras se le habían escapado. No podía siquiera alimentarse de añoranzas, simplemente porque nunca la había besado. La melancolía tamizaba sus sueños cuando encontraba en su memoria aquellos ojos pardos que sólo lo miraban desde el recuerdo como él miraba en el espejo la desdibujada imagen de sí mismo. Todo le parecía triste. Y era triste porque nunca había enviado la carta que guardaba amarillenta entre las hojas de un libro de poemas.
Qué maldición esto de trabajar en el primer subsuelo. Encima un subsuelo de hospital, tan cerca de la morgue que no me animo ni a levantar la voz porque el silencio que la rodea es casi exquisito, algo que no se debe romper con la sonoridad de una palabra o el entrechocar de algún objeto.
Para colmo tengo la guardia nocturna. Atender el teléfono en esta soledad infinita, porque trabajo sola, absolutamente sola y aislada de todo y de todos, es un sacrilegio a la inconmensurable quietud de los muertos.
Siento que este silencio me aplasta, que trata de arrancarme el frágil juicio que me queda para tirárselo a los gatos que pululan como fantasmas en los jardines del hospital. Carajo, con tantos laburos y yo departiendo en este hueco rebosante del llanto mudo de los que se fueron, ahí nomás, del otro lado de la pared.
No puedo dejar de pensar que las noches en este sitio están plagadas de cuentos de terror, donde la realidad pelea a capa y espada con la incongruencia lastimosa de los despojos que una vez fueron gente como yo.
¿Vagarán sus espíritus a través de los amplios corredores que circundan este primer subsuelo? ¿Estarán respirándome en la nuca mientras escribo? Gran paradoja, hilachas de utopías que trato de abarajar en el aire estancado de este recinto podrido que lucha por desquiciarme sin éxito.
Má sí, che. Cada uno trabaja donde puede. Gracias que tengo trabajo. Las utopías son parte de la vida, así que es mejor convivir con ellas y no pensar que mañana, puedo ser un cuerpo más del otro lado de la pared, allí en esa cámara refrigerada.
Viajaba yo hacia Santa Fe, en la octava fila del autobús y en el asiento del lado de la ventanilla. Minutos antes de la partida este asiento, que debía compartir con algún otro pasajero, aún estaba vacío. Hasta que a último momento y cuando ya se cerraba la puerta, un hombre agitado y sudoroso había saltado al interior del coche con el poco aliento que aparentemente le quedaba. Instalándose a mi lado, recostó su cabeza hacia atrás y con los ojos cerrados suspiró fuertemente mientras sostenía, apretado entre sus manos, un bolso gris de tela de avión muy voluminoso. Un rato después, ya más apaciguado, comenzó a hablarme de las trivialidades comunes a un inicio de conversación entre dos personas que no se conocen. -Casi pierdo el autobús -dijo con una sonrisa culpable. -Bueno, todos podemos tener un apurón de estos alguna vez -contesté a sabiendas que sonaba tonto. Pero el hombre me impactó certeramente: -Es que no todos los días uno puede llenar su bolso con tanta felicidad que el cierre a duras penas llega a cerrar… Me limité a mirarlo sin saber si me estaba tomando el pelo o si hablaba seriamente. -Mire -me dijo-, viajo hasta Rosario donde vive mi madre. El año pasado lo único que pude llevarle fue un puñado de angustia y otro de soledad. Claro que ella ya tenía bastante de ambos y no le dio mucha importancia a la nueva ración. La vejez sabe… -Pero este año -continuó-se llevará una gran sorpresa. Toque, toque el bolso y podrá darse cuenta. Con recelo y para no quedar grosera, tanteé el bolso gris y sentí su volumen desbordante. -¿Vio? -siguió el hombre- Y todavía dejé algo en casa. Asentí en silencio. Se había hecho de noche y casi todos los pasajeros dormíamos. Después de unas cuantas horas, me desperté sobresaltada cuando mi compañero de asiento me sacudió el brazo: -Ya casi estamos llegando a Rosario -me dijo-, y metiendo su mano en uno de los compartimientos de su bolso, sacó el puño cerrado como si contuviera algo. -Tome, yo ya tengo suficiente y mi madre también, con la cantidad que le traigo le alcanzará para el resto de su vida. –Con un rápido movimiento, depositó el aparente contenido de su mano en el bolsillo de mi abrigo. Habíamos llegado a destino, al suyo. Desde abajo del autobús, agitó su mano abierta saludándome. Yo hice lo mismo. Mi bolsillo estaba vacío, pero tenía el corazón henchido del aquél puñado de felicidad ajena.
Se llamaba Elcira o Alcira, para el caso era lo mismo ya que en el barrio le decían la hija de Marga. Era como si el nombre se le hubiera borrado a fuerza de no usarlo ni siquiera para hacer algún trámite. Lo cierto es que ni trámites hacía. Los más jóvenes la recordaban desde que tenían uso de razón y los más viejos, desde que ella había nacido. Los padres habían llegado desde Europa durante la Segunda Guerra y se instalaron en nuestro bendito país que los acogió con los brazos abiertos, tal es así que a los pocos años y no sin esfuerzo pudieron comprar un terreno yermo en la mitad de la cuadra del pasaje que apenas comenzaba a crecer. A los cinco años de haberse afincado nació Elcira o Alcira.
La casa era de madera con techos de chapa, las paredes del patio que la rodeaban a duras penas alcanzaban el rango de tapial, bastaba con ponerse en punta de pie para atisbar hacia adentro. Marga, la madre, era pequeña, enjuta, con la gran nariz desfigurada por un moretón permanente que, según se decía, era producto de la coz de un caballo en su pueblo natal de allende los mares. Tenía la voz aguda, tanto que dolían los oídos de sólo escucharla. Era una persona limitada hasta en las nimiedades, pero tenía un corazón de princesa aunque dudo de que supiera que existía ese abolengo. El padre, Heriberto, era un poco más despierto si se quiere, y sólo si se quiere. No presentaba señas física particularmente destacables ni un carácter que lo identificara de alguna manera u otra. Dicen las malas lenguas, las de los viejos del barrio claro, que el marido solía correr a su mujer desnuda alrededor de la casa de madera como parte de un juego erótico e infantil. Eso antes de que naciera su hija. Cuando tuvo su primer embarazo la mujer ni siquiera lo sabía, tal es así que cuando llegó el momento de parir se agachó en medio de los yuyos del patio y dio a luz un niño muerto. Quién sabe si se hubiera salvado de no ser por tanta ignorancia. El segundo embarazo ya la tomó más prevenida aunque jamás se hizo ver por un médico. Por lo menos sabía que llevaba dentro de sí una nueva vida. Aquella noche de 1950, el esposo desesperado llamó a la puerta de la vecina de al lado diciendo que su mujer sangraba de “allí abajo”. Cuando la vecina corrió para ayudar, encontró a Marga tendida sobre la mesa de madera de la cocina tomándose el bajo vientre y gritando como loca porque ya había roto bolsa y comenzado el trabajo de parto. A duras penas lograron entre ambos, Heriberto y la vecina, poner a la parturienta en pie al tiempo que la llevaban hasta la puerta y hacían desesperadas señas al carro del basurero que pasaba por la cuadra, para que ayudara en ese momento crítico. De este modo la subieron como pudieron sobre la tabla pelada al lado del basurero que guiaba a los caballos y así llegaron en tropel hasta el hospital del barrio donde nació Elcira o Alcira que nunca se habría de enterar de tan ingrato momento. La niña se crió prácticamente sola. La pobre Marga no tenía ni siquiera instinto materno. El padre trabajaba en lo que podía y en lo que iba aprendiendo a fuerza de voluntad y necesidad como albañilería, plomería y esas cosas. Los vecinos resultaron de gran ayuda para que la beba no siguiera el infortunado camino de su hermano.
Más adelante hizo la escuela primaria y allí quedó estancada su cultura fluctuando entre dos mundos que poco tenían en común, es decir, su casa por dentro y el resto del mundo del otro lado de la puerta. Para la época y el entorno no estaba nada mal a decir verdad. Resultó gauchita y buena persona, tal vez porque veía que la gente la ayudaba, así que ella también comenzó a ocuparse de ellos con total desinterés, con la naturalidad de devolver lo que recibía. El tiempo se llevó a sus padres cuando ella peinaba los cuarenta y pico, sin que supiera nunca lo que era el amor de un hombre. Era corpulenta, de estatura mediana. La cara regordeta estaba enmarcada por un cabello lacio, mal cortado y casi siempre desprolijo. Hacía tareas domésticas. También cuidaba enfermos y en el vecindario no le faltaba trabajo ni un bocado para comer.
En el otoño del ’95 don Juan, el viejito de la otra cuadra, cayó con neumonía. Una vez más los vecinos intervinieron y entre todos pagaron a Elcira o Alcira para que lo cuidara, ya que el hombre era soltero y no se le conocía ningún pariente. Don Juan, igual que Elcira o Alcira, tenía su historia o por lo menos la que le había inventado la gente a fuerza de aguantarse la discreción del viejo. Se comentaba que don Juan Alberto María del Carril Oviedo y Castañeda oriundo de la Madre Patria, no era tan pobretón como aparentaba en su austeridad cotidiana, austeridad rayana en la miseria, sino que merced a su particular visión de la vida había acumulado año tras año una considerable fortuna en pesos, y alhajas que habían pertenecido a la madre, abuela y demás ascendientes mujeres de su familia. En algún momento dejó deslizar en sus comentarios que provenía de la flor y nata de la sociedad andaluz. Sus modales eran cuidados y se dirigía a sus interlocutores con una afectación propia de un señor, aunque saliera a la puerta de su casa con pantalón pijama, camiseta y pantuflas gastadas. Vivía en la esquina mejor ubicada del pasaje San Agustín. Si bien la casa constaba de una sola planta, las muchas habitaciones y la amplitud de las mismas hacían que ésta se viera como el señorial aposento de un amo feudal. Creíase, no sin razón, que había mantenido su soltería solamente para preservar su patrimonio puesto que de joven se le conocieron varias aventuras amorosas que no pasaron a mayores. Nadie podía corroborar estos rumores que se mantuvieron incólumes a lo largo de los cincuenta años que llevaba en el barrio.
Ahora que le habían dado de alta en el hospital, el mismo donde naciera Elcira o Alcira, esperaba desde su lecho de convaleciente que su destino se cruzara una vez más con el de esa mujer que lo atendería de aquí en adelante. Don Juan bien podría haber sido el padre de Elcira o Alcira aunque más no fuera por la diferencia de edad. Por otra parte era evidentemente notoria la diferencia socio cultural que había entre ambos, lo cual no le preocupaba a nadie salvo a una que otra vieja envidiosa y sagaz que estaba dispuesta a limpiar las heces del anciano solamente por ver si podía sonsacarle el dato de su supuesta fortuna. La hija de Marga golpeó la puerta de don Juan que se cerró tras de ella dejando en el umbral los comentarios insidiosos de aquellos que justamente la habían empujado a la ingrata tarea con el único objetivo de mantener tranquila la conciencia. Sólo la primera semana le pagaron los vecinos a Elcira o Alcira la magra paga por su dedicación al viejo. Parecía que ellos se hubieron arrepentido, que se dieron cuenta que don Juan podía costearse el trabajo de la muchacha y que la hija de Marga podía beneficiarse a su costa.
Lo cierto es que la mujer salía nada más que a realizar las compras. Se veía desde la vereda la ropa colgada en la terraza: muchas sábanas, toallas y ropa interior de don Juan. Era evidente que la salud del viejo se deterioraba día tras día. Los vecinos notaron en varias oportunidades la ambulancia en la puerta del hombre. Todo eran conjeturas en el barrio. Elcira o Alcira casi no iba a su propia casa más que cada tanto para abrir las desvencijadas ventanas y orear los húmedos ambientes. Promediaba el invierno. Las calles estaban casi vacías, los corrillos callejeros finalmente se habían acallado y la gente se ocupaba cada una de sus propios asuntos. Ya casi no se hablaba de don Juan.
Un día, el menos esperado, volvió la ambulancia a la casa del viejo. Detrás de las persianas entornadas la chusma pispeaba descaradamente, ávida de noticias después de tanto tiempo de aletargado silencio. Al cabo de casi una hora la ambulancia se retiró sin llevarse al paciente. Esa misma noche la atribulada pero impecable señora Alcira Sanz de Del Carril Oviedo y Castañeda, participaba a sus vecinos el fallecimiento de su esposo don Juan invitándolos a la misa In Memoriam que se realizaría al día siguiente antes del sepelio en Cementerio privado. La flamante esposa-viuda sepultó junto al esposo su propio pasado y abandonando su casa de madera con techos de chapa, se afincó en la casona de la esquina que remodeló coquetamente. Y cada tarde cuando henchida de afeites salía a casa de sus nuevas amistades para jugar a la canasta, los vecinos del barrio ésos que antes no sabían si se llamaba Elcira o Alcira y era la hija de Marga, la saludaban con un gesto obligado y resentido porque se habían dado cuenta que ellos le habían ofrecido gato y finalmente ella había cocinado liebre.
(En Argentina, “hacer pasar gato por liebre”, significa dar una cosa por otra, engañar)