Me duele el alba sólo porque la noche se duerme en otra cama privándome de caricias e ilusiones. Y allí te quedas, entre los pliegues de las estrellas y sus luces, esperando como yo, que el día no despunte y quede atrapado entre el velo de su bruma.
Porque tus sábanas son mares de eternos horizontes, y tus manos, barcazas que recorren la plenitud de mis distancias.
Porque tus ojos son espejos que reflejan los destellos de mi alma cuando el infinito se cansa de beber en tu mirada. Y tus besos… tus besos tienen la fragancia húmeda de los bosques donde me pierdo gustosa de pasiones encontradas.
La noche vive en tu lecho, por eso me duele el alba.
Hastiado de la vida que llevaba, el hombre solitario, antes de perder la razón, o quizá después de haberla perdido del todo, decidió ponerse un disfraz distinto cada día de la semana y actuar en consecuencia. Así, el lunes se disfrazó de payaso; el martes, de cura; el miércoles, de vendedor ambulante; el jueves, de titiritero; el viernes, de ejecutivo; el sábado, de torero, y el domingo, de novio. Con este último disfraz, el segundo domingo, en el pórtico de una iglesia, conoció a una novia que acababa de ser abandonada al pie del altar. El hombre y la mujer caminaron mientras se miraban a hurtadillas, conversaron utilizando palabras que nunca antes habían pronunciado, callaron mientras se admiraban, y, entre palabras y silencios elocuentes, las horas pasaron deprisa, ya había anochecido. Se despidieron con un beso largo en la mejilla.
De vuelta a casa, el hombre, cuando se desvistió, colgó el traje de novio en la percha del vestíbulo, y no en el armario donde guardaba los otros disfraces; entretanto, a cuatro manzanas de distancia, en un apartamento, la mujer extendía su vestido de novia en el sofá-cama del salón. El hombre y la mujer presentían que pronto acudirían a una boda.
Vi caer las hojas en otoño y pinté de ocre la tela del horizonte. Un viento traicionero robaba sus mariposas al árbol y elevaba al cielo los secos despojos de un verde perdido para siempre. Todo fue color del tiempo, menos la lírica del verso que se negaba a volar junto a las hojas y se quedaba aquí abajo en el dulce remanso de la tierra parda.
Como una maga de estaciones desiertas elevé mi mirada hacia las alturas póstumas, encontrando entre el cielo y el mar, un canto de faunos olvidados. Aquí y allá morían las hojas como pájaros sin mañanas, pero en la mirada soñadora que mi corazón le obsequiaba al otoño, encontré finalmente el beso de la aurora. Y con el beso desanduve las distancias de macilentos pasados en pos de inciertos inviernos. Me amarré como un marinero a su barco en medio de la tempestad mientras el estruendo de las olas ahogaba el dulce canto del mar.
Hurgué como una niña en un horizonte sin penas entre las hojas de los árboles que se arremolinaban con el viento y regresando de mi viaje toqué suelo dejando para siempre mis pisadas en el lecho mágico de este día de otoño.
Pude sentir, casi sin proponérmelo, la tormenta que se desataba en el interior de su pecho herido. Era como un huracán que no encontraba espacio para remontar su vuelo y arrasaba en su descontrolada marcha, todos los sentimientos que albergaba. La angustia que le oprimía el pecho se canalizaba por la necesidad de hablar exorcizando los demonios que yacían en su altar pagano. Y lo escuché…
Escuché que buscando un amor había encontrado un fantasma, escuché que buscando un futuro, había encontrado hilachas de su pasado y que buscando el amanecer había equivocado el camino, perdiéndose en una noche sin fin y sin estrellas. Fui oídos y corazón al mismo tiempo, por eso pude comprender. Pero ¿Qué hacer desde los límites de su vida, del lado de afuera como yo me encontraba? ¿Cómo llegar sin entrometerme aunque me lo estuviera pidiendo a los gritos? Estas preguntas martillaban en mi razón aferrándose a la inmaterial esencia de mi ser, asumiéndome como el intruso que inesperadamente irrumpe en una casa que no es la suya.
Hasta que me di cuenta que yo no era un espectador, era parte de esa vida, era, o así se me reveló, un afecto dentro de sus desafectos más tenaces, apenas un punto de luz, pero una luz al fin. Fue entonces que me atreví a hablar, quizás hablé más de lo que hubiera querido hablar y dije más de lo que hubiera querido decir, lo cierto es que la noche cegada que cubría su vida, dejó entrever un mínimo rayo de sol. ¿Sería solamente el ojo del huracán?
También me di cuenta que no hacía falta que desmenuzara cada actitud, mía o suya, sólo hacía falta que quien me necesitaba me abriera el corazón y yo, que escuchaba, abriera el mío. Fue cuando pude ver con toda claridad que sólo de la mano del otro podemos seguir avanzando, no importa de qué parte estemos, no importa que seamos boca u oreja, sólo importa estar acompañados.
¡Oh, qué dulce saben vuestros húmedos labios! ¡La levedad de vuestro cuerpo se hace música en mi boca! Sois, mi señora, la magia que en mi corazón anida estallando en gozos y alboradas.
Vuestra piel es terciopelo acariciando mis manos y mis manos son mariposas aleteando entre la calidez de un campo poblado con las flores de mi pasión arrebatada que ya se hace hoguera sólo con tocaros...
¡Oh, bienaventurados sean los cielos que me han colmado con la dádiva de teneros entre mis brazos! Perpetuad este momento de gloria que atesoraré hasta el día de mi eterno descanso. Haced que el jadear de mi señora junto a este pecho palpitante se inmortalice para siempre en el reino sublime de nuestro amor y de él emerjan los frutos almibarados que nos alimenten en el desierto de las intrigas que se urden a nuestras espaldas.
¡Cielos, atended mi súplica!
¡Cielos, no abandonéis a este servidor! Os prometo que haré honor a este momento y defenderé a Isolda con la fuerza de cien leones, que no habrá Infante don Juan Miguel ni esbirros que le sigan y que se interpongan entre ambos, que no pagaren con su sangre la afrenta de traicionarnos. Desde hoy esta torre donde yace Isolda junto a mí, entre finos mantos de lino, será el altar que veneraré en silencio…
¡Cielos, os lo juro! ¡Mi espada pongo por testigo y mi alma por honor!
Tanta distancia los separaba que cambiaron el océano por estrellas, y se acercaron sin saberlo hasta que se acariciaron el alma como ángeles sin alas o vientos de quimeras.
Ni siquiera se dieron cuenta cuando finalmente se encontraron y no se reconocieron. Sin embargo algo les decía a cada uno, que el otro estaba tan cerca, que con sólo estirar la mano se reunirían en el mágico mundo de la espera, un mundo que muy pocos conocían porque en él se había plasmado el nacimiento de una amistad absolutamente incondicional donde los kilómetros eran versos jalonando caminos de poemas.
Y entre el oleaje de emociones desatadas, acampó la vida sin darles tregua, el viento les trajo las palabras y las palabras les trajeron mares que no eran de agua, ni de penas. Eran de personajes plasmados en una excelsa novela, eran mares de ilusiones donde se dormían los renglones entre guitarras criollas y españolas castañuelas.
Salió de trabajar molido de cansancio.
Estaba transpirado, con la corbata en la mano y el saco desabotonado.
Ni bien transpuso el umbral del edificio, una marea humana lo arrastró como una hoja recién caída del árbol, una ilusión sin sustento, un pájaro herido de muerte. Y era justamente así como él se sentía.
Navegando en ese mar de piernas y brazos, de caras serias y rictus amargados, llegó casi sin saber cómo hasta las escaleras del subte, Estación Bolívar de la línea E. Era la hora pico, la peor hora, la hora de los robots de carbono.
Tenía hambre, pero sabía que al llegar a su casa, las ausencias no le habían preparado la cena ni el baño caliente, ni las pantuflas cerca de la cama, ni la ropa limpia alineada en una pila perfecta. ¿Cuánto hacía? Se dio cuenta que medir el tiempo le hacía daño y evitó pensar en ello. Un letrero luminoso anunciaba: “Hacia Plaza de los Virreyes”, su destino, aunque él no sólo no se sentía un virrey sino que ni siquiera se sentía un hombre.
La muchedumbre se agolpaba, compacta, hasta el borde mismo del andén, por lo que tuvo que abrirse paso para llegar hasta la primera fila y abrigar la posibilidad de subir al tren. ¿Subir…? Ya delante del abismo de rieles se quedó mirando fijamente el vacío acerado que le devolvía la ironía de su futuro. No pensaba. No sentía. Ni siquiera escuchaba su respiración. Vio venir el tren en su arrollador transitar subterráneo y al mismo tiempo dio un paso hacia delante tratando de aunarse con el frío de las vías o el calor de las ruedas. Cerró los ojos.
Un instante, sólo un instante en que una mano lo tomó del brazo cambiando su destino. Cuando abrió los ojos, otros, del color de la avellana, le estaban confiando una historia nueva, una historia que todavía estaba por escribirse y donde el infinito sólo era una utopía...
Acercaos don Alfonso, tomad mi mano y con ella mi alma, que no hay bien más preciado sobre la tierra que vuestro amor. Haced vuestros mis labios y mi cuerpo todo que ya clama a gritos por vos, incapaz de resistirse un ápice a tan gentil caballero.
Más no os olvidéis que nuestro amor está sellado por el secreto a causa de este reino infame, que de sólo descubrirse, seremos dos en una tumba.
Mil intrigas se urden en castillo, mi señor, que no se quedará el infante don Juan Miguel sin su presa.
Más ¡Ay de mí! Que el destino del reino me empuja sin remedio a sus brazos viles y lujuriosos sin que mi corazón se atreva siquiera a imaginarme entre ellos. No seré yo, mi bienamado don Alfonso, quien alimente los fantasmas de tan ruin cortesano. No lo seré ni aún si me fuera la vida en ello, que muerta prefiero estar que sucumbir a sus apetitos.
Sólo vuestro amor me alienta y tensa mi lira con las dulces melodías de la vida. Esta vida que es vuestra porque yo os la he ofrecido, esta vida que ya no me pertenece y que pongo en vuestras manos y en vuestro corazón.
Mi señor, ¡Os pertenezco! ¡Tomadme! ¡Pues ardo en vuestra hoguera!
No recuerdo cuándo comenzó a brillar. Quizás su esencia siempre estuvo mucho más allá del tiempo y del espacio y sólo una circunstancia entre miles hizo que se adhiriera a mi vida. Llamaba la atención, no lo niego. La gente se admiraba cuando me escuchaba hablar, cuando recitaba mis poemas, cuando escribía un cuento…, en todos y cada uno de mis movimientos la chispa fulguraba con el ímpetu de un caballo desbocado y maravilloso.
Tuve que acostumbrarme a ella de a poco. En un principio, confieso que me asustaba en un grado considerable ya que se había manifestado exigente hasta el límite, de manera tal que por las noches no me dejaba dormir y me obligaba a escribir sin descanso hasta que el alba me encontraba exhausta y muchas veces perdida en mis propias cavilaciones. Hasta que aprendí a dominarla. Descendí voluntariamente del pedestal que ella me había construido y pude seguir caminando entre la gente llevándola oculta bajo el digno manto de la humildad.
Supe por intuición que ella y yo conformábamos una unidad indivisible y que así continuaríamos para siempre en una comunión fantástica. En algunos momentos la chispa quedaba reducida a una simple imagen mental y parecía que iba a desaparecer en cualquier instante. Era entonces cuando yo, que la había adoptado, me desesperaba hasta el límite tratando de avivar aquel pequeño punto, y justo en el momento en que mis plegarias llegaban al cielo, un chisporroteo de vida la ponía nuevamente en movimiento y juntas continuábamos trazando destinos de Letras. Otras veces sus destellos me encandilaban peligrosamente y perdía el control de mis actos. Era entonces cuando debía cerrar muy fuerte los ojos, hasta interponer mi corazón como pantalla, para que atenuara su luz y yo pudiera volver a sopesar mis intenciones en el equilibrio tenue y sutil de aquella partícula inesperada.
Hasta que un día me desperté y no la vi. La busqué en cada rincón de mi habitación, en cada resquicio de la casa, en cada macetero del patio e incluso, entre los pliegues maravillosos de mis sueños. Pero no la encontré. Era absurdo, ella no podía abandonarme ni yo a ella, así que supuse erróneamente que se había escondido para jugarme una mala pasada, pero ante la inutilidad de mis razonamientos di por sentado que la había perdido y comencé la verdadera búsqueda, aquélla que me elevó hasta el éter y la que me sumergió hasta los infiernos, y aún así no la encontré.
¿Qué iba a ser de mi vida sin la chispa?
¿Mi vida? ¡Qué absurdo!
Mi vida era la verdadera chispa que siempre habitó mi interior, allí en el mágico laberinto de las musas que ofrecen a las almas el regalo de la creación…
Mi Señora, no digáis tal cosa que mi corazón se escuece a los rayos del sol que destilan vuestros ojos. No he de beber vuestras lágrimas porque no permitiré que afloren desde el manantial cristalino que se esconde entre vuestras pupilas.
Más sí he de beber vuestros besos, ambrosía que ni los dioses conocen. Dulces brevas del alma vuestra que en mi boca se hacen miel y canto.
¡Sí, Isolda! ¡Os amo, mi Señora y mi Vida! No debéis suplicar por lo que mi corazón grita a los cuatro vientos, no dejéis que vuestro amor por este humilde caballero os nuble la razón. Pues antes moriría ahogado en el caudaloso mar de la incertidumbre que veros presa de la súplica traicionera.
A vos os digo mi amada Isolda que no existen los avernos estando a vuestro lado, los huracanes cambian de rumbo y las marejadas me elevan hacia lo eterno. ¡Os amo con la pasión de un volcán!
Vuestras son las estrellas y mis labios que os besan perdiéndose en el tierno remanso de vuestra boca.