En las últimas semanas, el libro había sido su compañero inseparable. Lo leyó con avidez y embeleso, tratando de que ninguna palabra se le escapara de contexto, y que todas ellas quedaran arracimadas, para siempre, en su corazón. Lo hizo su amigo y su confidente, se perdió en sus páginas y vivió sus cuentos, se conmovió hasta las lágrimas y atesoró su sabiduría.
Cada día deseaba que llegara la noche, y con ella el tiempo necesario para dedicárselo al libro, a “su” libro. De modo que cuando terminó de leerlo, la invadió el desconsuelo con su sensación de vacío, y la ausencia, modificó sus noches otrora jalonadas de renglones.
Allí se dio cuenta de que el libro adolecía de un gravísimo error que la angustiaba irremediablemente: su última palabra rezaba “FIN”, y el fin, le coartaba todas las posibilidades de seguir soñando, aún después de haber acabado el libro.
El hombre trató de apartar su pensamiento de la mujer, porque simplemente no soportaba la idea de perderla. La mujer trató de apartar su propio pensamiento del hombre, porque simplemente no soportaba la idea de no conocerlo.
Ambos iban por la vida sembrando caminos y cosechando ilusiones. Hasta que un día sin nombre, dejaron de pensarse y se reunieron para siempre, allí donde nada ni nadie los podría separar nunca, donde aquellos otros que habían sido, hoy eran dos, que serían el proyecto del mañana.
La luna se acurrucó en mi cama y arropada con tu nombre acarició las prominencias de mi alma y los abismos de mis ausencias.
Besó, como un amante eterno, mis párpados entornados que olvidaron los sueños para ser fantasmas de las horas muertas.
Tanteó a ciegas la almohada vacía, ésa que de tu lado dejaba entrever que me hacías falta, y con un destello plateado acomodó su luz entre las sábanas blancas de mis nostalgias que se perdieron para siempre llorando entre las penas.
El ruido de sus pasos se ahogaba en el césped descuidado del jardín, allí donde la maleza comenzaba a crecer lujuriosa, desbocada y salvaje.
Con un súbito presentimiento giró la cabeza hacia el poniente, justo cuando el sol se ocultaba en el horizonte, y la noche traicionera lo esperaba agazapada para robarle los besos de su amada que yacía hechizada en brazos de las sombras.
En las Letras todo es posible. Es posible hilvanar sentimientos, acunarlos, renegar de ellos, atesorarlos en la profundidad del corazón y de la razón, pero también es posible jugar con las palabras, acercarse a ellas poniendo lo mejor de sí para llegar al lector y atraparlo en ese juego maravilloso donde la realidad, disfrazada de fantasía, echa a volar abriéndose camino entre la atención y el asombro. Salvador Robles posee una habilidad extraordinaria para transmitir esas vivencias cotidianas, que convertidas en relatos, se erigen en el hilo conductor de este nuevo libro. Para muestra, sólo basta un botón...
LA GATA ESPERANZATodas las mañanas, la primera tarea que la maestra Adela ordenaba a sus alumnos era que dibujasen lo que les sugería la palabra que previamente había escrito en la pizarra. Aquel día el vocablo elegido fue la esperanza.
Un sol, una flor, una boca sonriente, el ojo de Dios dentro de un triángulo, la cumbre de una montaña, una puerta entreabierta... un gato con botas. ¿Un gato con botas? Qué curioso. Y se le había ocurrido a Dolores, la niña más triste de la clase.
—¿Por qué un gato, Dolores?
—No es un gato, doña Adela, es una gata.
—De nombre Esperanza, ¿no?
—Eso es.
—Y las botas de siete leguas, ¿para qué son?
—Para que no tarde toda una vida en recorrer las miles de leguas que la separan de mí.
Isolda, cubrid vuestra desnudez con el manto de mis labios que han quedado prisioneros en los contornos de vuestro cuerpo. Dejadme una vez más ser el hechicero que os quita el aliento en cada beso amoroso y os lleva sin pensarlo al éxtasis de la gloria.
Dejadme acariciaros hasta que mis dedos pierdan el tacto de tanto repasar vuestros contornos que me ofrecéis sin reparos, que soy caballero mi bienamada, pero sobre todo soy un hombre sediento del amor que me profesáis y del cual hago un culto donde ofrezco el sacrificio de mi libertad.
Vuestros jadeos de placer son como el estruendo de las olas al romper contra la roca, son el canto embriagador de la sirena que me atrae hacia los abismos negros de sensaciones inimaginables, son el grito mártir de esta noche que va muriendo en la insensata cabalgata que los hados no postergan…
¡Sois mía, Señora! ¡Sois mi musa y mi vida!
¡Cielos, no dejéis al ingrato sol asomar en el alba! ¡Que esta noche sea eterna, como eterno es mi amor por Isolda!
¡Cielos, perpetuad la noche, no descolguéis la luna!
Grité a los cuatro vientos y el silencio me devolvió sólo un eco de estrellas. Con el infinito a cuestas quise recostarme en el olvido, pero mis recuerdos abrieron una brecha de sangre entre las venas desiertas de los días y las esperas.
Y allí me di cuenta que no existía ni el silencio, ni el olvido. Que el silencio habita las palabras y el olvido apenas es un borrón de la vida. Que los ecos trascienden las estrellas y que el infinito me trae la magia de las distancias sin barreras.
Porque mis versos son como el agua cayendo desde el cielo, besan la tierra, recorren senderos, riegan el alma y te dejan abrevar en sus riberas.
¡Por ti escribo, para ti son mis poemas!
Para él, la Navidad no era más que una utopía lejana que lo arrastraba como un torbellino sin control hacia los límites inimaginables de su soledad. Apenas se permitía soñar, apenas se permitía el placer de acunar ilusiones más allá del vano de su puerta, esa que siempre llevaba el cerrojo echado como si del otro lado no viviera nada más que el desconsuelo.
A diez minutos de la Nochebuena, el silencio señoreaba entre las paredes alumbradas por el fuego de la chimenea, la misma que podía calentar su cuerpo pero la que no podía entibiar siquiera los rincones de su alma… Sus propios fantasmas comenzaron a acosarlo como quien acosa la sombra furtiva de los deseos inconclusos. El reloj se había convertido en el hacha vengadora del tiempo, que sin piedad agitaba su péndulo para segar la mínima esperanza que aún albergaba en lo más recóndito de su corazón herido de muerte.
A cinco minutos de la medianoche, sentado frente al solitario árbol de Navidad que no albergaba ni un regalo a sus plantas, se sintió tan miserable, tan pequeño y tan endiabladamente solo, que se dispuso a morir con la última campanada, como tristemente mueren los pájaros bajo el yugo de la tormenta.
Ding dong… ding dong… ding dong… Cerró los ojos dispuesto a irse con sus penas al hombro como un Santa Claus de papel maché deshecho por la nevada de la vida… ding dong... ding dong...
Y en el último segundo, como obedeciendo a un espíritu invisible, se detuvieron péndulo y hacha, tiempo y soledad, para devolverle la vida a través de las lágrimas que corrieron por sus mejillas cuando escuchó que alguien llamaba a la puerta, esa que siempre llevaba cerrojo, pero que esta vez se abriría para siempre a un mundo de amor.
Queridos amigos, los dejo por unos días, pues debo viajar muy al sur de mi país, muy al sur del mundo… Les traeré los vientos fríos y puros de Río Gallegos, provincia de Santa Cruz, Argentina… ¡Hasta pronto!
El alba me esperaba para contarme tus penas, ésas que lloraban rocío sobre los rosales de tu alma. Entonces, porque te amo, quise ser sueño para meterme en tu cama y quise ser brisa para acariciarte a escondidas entre el resplandor del sol y las sombras de tus sábanas.
Quise ser paloma para comer de tu mano, y sólo labios para besar tus ojos cerrados de despertares y de esperanzas.
Quise ser mariposa para rozarte con la suavidad de mis alas, y risa para alegrarte con el sonido de mil campanas.
Quise ser tantas cosas para que no dejaras de amarme, que al final fui sólo una: sólo mujer, sólo tuya…
Era casi la medianoche, Cristina estaba tras el escritorio verde, delante tenía dos teléfonos negros, y uno blanco a su izquierda. La lámpara alumbraba solamente su entorno, un poco más allá las sombras de la noche y el silencio de la nada eran fantasmas que ya no la asustaban. Mientras no sonara el teléfono llenaba fichas y planillas, de vez en cuando se tomaba un descanso para ir hasta la cocina a prepararse un té. La guardia nocturna era dura, pero en su corazón resultaba querible, acogedora y cómplice. A decir verdad eran pocos los que tomaban esta franja horaria, ella era consciente que sus compañeros la trataban de evitar, y justamente por eso, se sentía complacida de haberla aceptado.
El sonido del teléfono blanco la sobresaltó. Levantó el tubo con celeridad:
-Buenas noches, en qué puedo ayudarle. –Dijo con vos suave y tranquila. Del otro lado sólo se escuchaba un llanto desesperado, visceral, incontenible. Cristina esperó unos segundos pacientemente-. Todo mi tiempo es tuyo, tratá de tranquilizarte para que me puedas contar qué es lo que te pasa. –No sabía si era una persona mayor, o joven, tampoco interesaba, el tuteo tendía a acercar a la persona, a contenerla.
-No estás sola, estoy con vos, acompañándote en tu dolor… -Continuó. Del otro lado, el sollozo había cedido y en su lugar se escuchaba un suspiro lánguido y penoso.
-No aguanto más, quiero terminar con todo, -dijo con un hilo de voz aquella mujer desconocida-, mi vida es un desastre…
-¿Cómo te llamás? –Preguntó Cristina.
-Alejandra… pero eso no importa, ya no me importa nada… estoy decidida a matarme, tengo un revólver en la mano. –Cristina estaba esperando esta frase, la de siempre, la de la persona en crisis, la frase que la convocaba a ella como a una diosa pagana.
-Si ya estás decidida a hacerlo, te pido que charlemos un rato, no tenés nada que perder ¿te parece? –Del otro lado de la línea presintió el desconcierto, ¿no debían decirle acaso que era una locura, que no hiciera ese disparate? Cristina captó la duda de su interlocutora y aprovechó la circunstancia-. Te propongo lo siguiente, guardá el arma mientras charlamos, de otro modo te voy a tener que cortar… Te puedo acompañar en tu dolor, pero no te puedo acompañar en tu muerte…
Hubo un acceso de llanto primero, silencio después y enseguida un casi inaudible –Está bien, ya voy, pero por favor, no me cortés-.
Allí se presentó el segundo round que Cristina debía ganar, el decisivo, el que salvaría una vida o el que la dejaría escapar sin remedio. No tenía miedo, ni angustia, tenía la serenidad de saber que hacía todo lo que podía, no sabía si era suficiente, pero era todo lo que podía. Alejandra escuchó en silencio el monólogo que Cristina le ofrecía con el énfasis del amor, de la entrega… Allí tocaba las fibras más íntimas de ese ser desesperado como quien arranca una melodía majestuosa a un piano imaginario, más acá, hacía silbar el viento de la esperanza donde pronunciar esta palabra era casi una utopía. La atmósfera se perfumó con el aroma de la Vida cuando Alejandra comenzó a asentir, primero tímidamente, luego con el ánimo confortado.
Al colgar el teléfono, una hora después, Cristina no supo nunca qué había hecho Alejandra, sólo lo presentía. Alejandra no supo nunca que Cristina llevaba ese nombre y que le había salvado la vida a cambio de la inmensa satisfacción del deber cumplido… y que eso era lo único que iba a recibir, lo único y más valioso que alguien puede recibir…
Gracias a vos, sigo viva. Cristina era voluntaria en un centro de ayuda a personas en crisis, ésa era su paga, fabulosa.